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EL MUR: LA DERECHITA COBARDE Y LAS PAJAS

CARLOS LÓPEZ OLANO: Esta no es una columna sobre los  políticos que han perdido las elecciones. Es una columna sobre usted, que ha votado a un partido. Sobre su cuñado, que ha votado al contrario. Sobre cómo han reaccionado quienes se saben ganadores y cómo han respondido quienes creen que no merecían perder.

Porque la izquierda, sí, ha perdido las instituciones que ha gobernado durante dos legislaturas. Y más allá de la difícil asunción de responsabilidades que cada partido o coalición ha ejercido con mayor o menor acierto, es momento de recapitular, de afrontar la nueva situación y diseñar estrategias para sobrevivir al futuro inmediato que nos espera. Y por supuesto, de aceptar la situación: es lo que tiene ser demócrata. Si el Partido Popular y Vox han de gobernar, máximo respeto. Hay que aceptar la voluntad del pueblo, coincida con nuestras ideas o no. Algunos actores e intelectuales han pedido la unidad de la izquierda comparando el momento actual al que padeció España en el verano del 36. Lo que reivindican es plenamente legítimo, pero el fin no justifica los medios: promocionar el ambiente de tensión y la bronca política perpetua favorece a los violentos,  y eso es un efecto secundario muy pernicioso.

La llegada de la derecha supondrá, ya lo han anunciado los ganadores de forma tajante y clara, la reversión de medidas civiles y sociales puestas en marcha recientemente. La contrarreforma puede llevarse por delante en esta sociedad cada vez más polarizada los derechos de los distintos, de los pobres, de los olvidados durante tantos años. También la reivindicación de la memoria anda en juego, claro. Ya saben, Mariano Rajoy no derogó la ley de Memoria pero la estranguló eliminando su dotación económica: se jactó especialmente de ello. La política decide la asignación de fondos para hacer exhumaciones, para realizar investigación, para ejercer la difusión. Qué podemos esperar ahora, cuando además el Partido Popular va a sentir en el cogote el aliento de los que niegan ser de ultraderecha, pero lo son.

Los candidatos de Vox tienen un pasado, como lo tienen los de Fratelli d’Italia, que gobiernan en coalición desde hace unos meses con una presidenta Meloni que dice que no es fascista, pero es heredera de un partido que reivindicaba a los amigos de los nazis, y ella misma declaraba su admiración por el “gran estadista” Benito Mussolini. Con un presidente del Senado, Ignazio La Russa, que mostraba a la televisión con orgullo estatuas del Duce que presiden su domicilio familiar. Ahora en cambio, disimulan y niegan.

Aquí los de Vox también, y eso que su líder, Santiago Abascal acuñó el insulto de la “derechita cobarde” referida a los populares con los que van, previsiblemente, a compartir gobierno. Jesucristo dijo eso, seguro que ellos lo conocen, de aquello que ven la paja en el ojo ajeno. Eso sí, no pueden ocultar que son descendientes de capitostes del régimen, y que su origen es franquista.  Como muestra un botón, el del que podría ser en unas semanas vicepresidente de la Generalitat. El cabeza de cartel aquí de los que niegan y disimulan, Carlos Flores Juberías, tiene un pasado más que turbio: fue condenado por un delito de violencia psíquica habitual contra su exmujer. Y en su currículum consta que fue candidato al Congreso por Fuerza Nueva, sin ningún éxito por cierto. Ese partido que impulsaron los nostálgicos de la dictadura como  Blas Piñar, los que empuñaron las pistolas en la matanza de Atocha. Ahora Flores, como Abascal, como Ortega Smith, dice que ya no es fascista. Se queja incluso de que lo llaman así en redes sociales. Y mira por dónde, ahora sí ha tenido éxito. Tanto, que tiene la llave de la Generalitat, la que puede permitir que Mazón sea presidente. Mientras, se permite lanzar bravatas sobre la supresión de la Acadèmia Valenciana de la Llengua, y eso que es una institución protegida por el Estatut. Hace años  Flores era un ultra seguro que orgulloso de serlo, ahora no tanto –¿como era eso de la derechita cobarde?– pero no parece haber evolucionado mucho. Su referente en política europea es el presidente ultraderechista húngaro Viktor Orbán.

Y en breve, ya lo saben, tenemos nueva campaña, nuevas elecciones. Nueva oportunidad de ejercer nuestro poder democrático, porque después, las lamentaciones no sirven. Y de reconocer a los lobos que acusan a otros de cobardes mientras se disfrazan de corderos, a esos que tienen bien clavada la viga en el ojo propio.

Porque para eso sirve  también la memoria: para conocer bien a quien estás votando. Y para no dejar que los que nos mean encima, nos digan que llueve.

 

 

 

 

 

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