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EL MUR: LAS VÍCTIMAS SECUNDARIAS

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CARLOS LÓPEZ OLANO: El 4 de diciembre de 1997, una mujer fue a un plató de televisión. Quería hablar. No era nada extraño, en una época en la que todos los canales, públicos y privados, nacionales y autonómicos, daban día y noche voz a los espectadores. Día y noche, literalmente. Los redactores de esos programas, lo sé bien, vagaban por cualquier rincón de cualquier ciudad en busca y captura de alguien que quisiera contar que había sido infiel o le habían engañado, que había cometido un delito o había sido víctima de él, que había vivido una situación imposiblemente ridícula o que había sido testigo de ella. La voz de la calle, le llamaban. Programas de testimonios que llenaban las parrillas y que reducían a la anécdota caricaturesca el leitmotiv de la vida de un ser humano.

Ese no fue el caso de aquella mujer que se llamaba Ana Orantes. Lo que le pasó, ya lo saben. Resumió con soltura, y para espanto de los responsables del programa que la habían llevado sin ni siquiera saber lo que iba a contar, cuarenta años de maltrato y tortura. Incluso su familia, testigo de su calvario, supo en esos minutos de televisión detalles de las atrocidades a las que la había sometido su marido. También saben que trece días después de su aparición en televisión, la arrastró hasta el patio de su casa, la golpeó, la ató a una silla y la quemó viva delante de uno de los once hijos que habían tenido juntos, que con catorce años vio a su padre matar a su madre y fue quien dio aviso del suceso. El marido de Ana Orantes se llamaba José Parejo, y murió en una cama. Ya saben como quién.

Tal vez el nombre de Ana Orantes les quiere sonar, o efectivamente les suena, como la persona  que marcó un hito en la visibilización de la violencia machista e hizo que se remodelara el Código Penal. Hasta ese momento, no había un régimen especial que las protegiera ni que castigara a sus agresores, ni existía en la sociedad la sensación de que ese problema no fuera un problema de todos. Pero desde ese momento, todo cambió.  Cuarenta años después, la sensibilidad social con respecto a la violencia de género es unánime. El consenso para rechazar y condenar la violencia contra las mujeres, la postura social asumiendo el asunto como propio, fue una realidad desde ese instante. Aunque por desgracia, las leyes aún no han desplegado suficiente; en los últimos tiempos vivimos enredados en polémicas absurdas sobre el modo con el que deben denominarse estos crímenes machistas. Violencia intrafamiliar, quieren llamarla algunos. Como si no se ejerciera contra las mujeres por el mero hecho de serlo. Saben, también, que este no es mi tema. Aunque a estas alturas de nuestra relación, saben también que como dice el proverbio latino, nada de lo humano me es ajeno.

Recordar estos días a Ana Orantes me ha hecho reflexionar sobre el peligro que corren derechos que creíamos conquistados. Corre peligro la protección de las mujeres, no se engañen. Si en las próximas elecciones la ultraderecha llega al poder, puede ocurrir con este tema lo mismo que ocurrió con la Ley de Memoria impulsada por Zapatero: no pudieron eliminarla, no son tan torpes, pero redujeron a cero la mayoría de las partidas presupuestarias con las que se hubieran implementado todas las acciones que no pudieron llevarse a cabo. Años de espera para las familias que sólo querían recuperar los restos de sus seres queridos, su memoria y su dignidad.

Cuando a Ana Orantes la mató su marido, ni siquiera existía un registro oficial de mujeres asesinadas víctimas de la violencia de género, aunque se sabe que ella fue la número cincuenta y nueve de ese año. Hoy, mientras escribo estas líneas son ya cuarenta y uno los feminicidios de este que está a punto de terminar.

Por eso también, El Mur: por eso escribo. Con tinta normal, en un papel normal, como dice la Premio Nobel Wislawa Szymborska. Porque la historia redondea los esqueletos por decenas y mil y uno siguen siendo mil y ese uno es como si no existiera. Pero no es justo. Porque ese uno existió. Por eso les pido que no lo olviden. Ni ahora, ni cuando tengamos que elegir quién, quiénes, contarán las víctimas que deja nuestra historia.

 

 

 

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