EL RIPIO DE FRANCISCO CAMPS

JUSTO SERNA: Francisco Camps fue presidente de la Generalitat. Valenciana, ni menos, ni más. Lo digo por si en la sala aún queda algún despistado mortal. Ya se sabe cómo somos los seres humanos: no soportamos el horror, el ridículo o la realidad. Para aliviarnos, la memoria excluye o tapa el bochorno y el mal. Pero no. En este caso, eso no sucederá, pues al Sr. Camps jamás se le olvidará. Su gesta es increíble y demasiado real, así como su ejecutoria prometedora tan pronto abortada y ya está. Aspiraba a lo más: en algún momento fue incluso un joven político postulante a la mayor jefatura de España, de su Gobierno central. Y no me refiero a la Generalitat, sino a la Presidencia de allá, ni menos ni más. Camps fue grande entre los grandes: logró desbancar a don Eduardo Zaplana, de Cartagena natural, quien había sido su remoto padrino y último aval. Francisco Camps puso entre las cuerdas al Gabinete rojo, a José Luis Rodríguez Zapatero y al PSOE, ni menos ni más: o eso es lo que el presidente quiso proclamar. Francisco Camps renunció, dimitió. Fue un gesto de gran boato, de mucho teatro: reconocido entre sus iguales y a la vez condenado como un proscrito vulgar. Fue representante de la colectividad y finalmente portavoz o vocero de sí mismo y ya está.En las fotografías de los últimos años se le ve contrito, con los ojos entornados o completamente abiertos, con enojo apenas contenido. Se le ve con unas melenas que no le conocíamos: parecen compensar la alopecia o alguna otra carencia corporal. Se le ve con gesto adusto y a la vez sonriente, con mueca o mohín acerbo, nada más.
Los rivales dicen que el ex presidente no tiene quien le escriba, mientras él espera la redención o el Juicio Final. Dicen que aguarda a Dios. Dicen que se resigna a la extremaunción, un milagro que le lleve al cielo abandonando el cascajo, el pellejo, el cuerpo mortal. Sus declaraciones recientes le han sacado del retiro, su trono particular. Se doctoró, fue nombrado profesor y algo cavila mientras acumula una experiencia irrepetible y capital. Yo sé, por Dios, que Francisco Camps estuvo a la diestra del Padre y que, una vez allí, respondió al Creador. No se trataba de contestar a un Juez o a una Comisión, agentes del mundo sublunar, sino de parlamentar con una Providencia mayor. “Paco, dime, ¿cuánto gastaste en tus fastos?” Es pregunta divina que tiene bemoles, su cosa molar. Francisco replicó: “Nada, Dios mío, sigo viviendo con pobreza de espíritu y con estrecheces, sin apetitos materiales y sin apenas recompensas terrenales”. Al parecer convenció. Sí, resultó convincente y Dios lo dejó marchar. Paco bajó y se hizo presente. Como alma en pena, como espectro fantasmal. “Manifiéstate”, le dijeron. Fue en Les Corts. Allí se vio y se vivió el momento. ¿Cómo explicar a esos pecadores la Verdad? ¿Cómo contestar

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