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FAM DE FEM: CENA DE NAVIDAD

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Una de las cosas que más me gustan de estas señaladas fiestas es el espíritu navideño. En particular, el ron Angostura de 12 años “1824”, que eso es un espíritu (en la acepción de “vapor sutilísimo que exhalan el vino y los licores”) de aquí te espero. La verdad es que el espíritu del que puedo disponer no pasa del ron Almirante de Mercadona, pero si algo no me falta es imaginación (entendida como “imagen formada por la fantasía”, hay que joderse).

Por lo demás, son fechas en las que el encadenamiento infernal de los rituales de la felicidad me predispone a un estado de melancolía (en cualquiera de sus tres acepciones, incluida la “bilis negra o atrabilis”). Por ello, intento combatirlo continuamente con más espíritu navideño, pero ello, al final, resulta carísimo.

Es por eso que, allá por el 22 de diciembre, visto que ya la imaginación corre riesgo de agotarse, me rindo a la evidencia de que no queda más remedio que echarle redaños al asunto (entendiendo “redaños” como mesenterio o “repliegue del peritoneo, formado principalmente por tejido conjuntivo que contiene numerosos vasos sanguíneos y linfáticos y que une el estómago y el intestino con las paredes abdominales, y en el que se acumula a veces una enorme cantidad de células adiposas” y no como “fuerza, brío, valor”, no vayan ustedes a pensar, que se me ponen cuñaos).

Para el 23, ya he empezado a acumular redaños de manera alarmante, pues la merma del espíritu navideño y la deprimente perspectiva de las fechas señaladas todavía por señalar, me lanzan en brazos de los polvorones de a duro el kilo que me puedo permitir con mi magro peculio, que es como decir “dinero”, pero poco, y es el que me cabe en un ticket de Mercadona.

Pero, decidme: ¿no es hermoso preparar la cena de Nochebuena: diseñar el menú y comprar las viandas; cocinar las preparaciones usando todo tipo de técnicas aprendidas con paciencia infinita en Masterchef (no en vano, dura 3 horas cada programa); vestir la mesa, disponer cubiertos, platos y copas en el orden que establecen los cánones; y esperar -con la ilusión de quien sabe va a sorprender- a los seres queridos a quienes no hemos visto desde hace tanto tiempo?

La verdad, no. Prefiero la cena de empresa, que me sale gratis y no doy un palo al agua. Estoy en el paro, aunque me cuelo en cualquiera de las cenas privadas que organizan en el bar de mi barrio: a partir de las once, ya nadie se entera de nada y ha sobrado de todo, principalmente priva (entendido como “bebida alcohólica”), por algo son cenas privadas.

Con todo, no quiero parecer un desalmado, no vayáis a pensar: debo reconocer que, para mí, cenar en Nochebuena es más bonito que nada. Bonito y poco más, quiero decir (entendido como “Pez teleósteo comestible, parecido al atún, pero más pequeño”); eso sí, del Lidl, que es más barato.

En cuanto a lo de los seres queridos, gracias al coronavirus este, yo ya he pillado el truquillo para nadar y guardar la ropa: con la excusa de un contacto cercano con algún positivo -los hay a “cascoporro”, esto también lo aprendí del chef Jordi Cruz – arguyo que debo mantener la cuarentena y me quedo en casa solito para disfrutar de una noche de espíritu navideño, un festín que es bonito hasta decir basta y echarle tantos redaños como haya que echarle a la vida para afrontar un nuevo año. Esto es “nadar”.

Pero, al mismo tiempo, cantaré un bonito villancico con mis cuñaos más entrañables a través de lo que más nos une estas Navidades: “Veinticinco de diciembre, Zoom, Zoom, Zoom”, aunque, con el encuadre adecuado, no tendré ni que ponerme pantalones ni zapatos de salir. Esto es “guardar la ropa”.

Solo echaré de menos lo de siempre una vez finalizada la cena: disfrutar de una noche de juegos cómplices bajo el edredón con quien siempre ha sabido aceptarme y quererme como soy a pesar de mis múltiples defectos. Pero Tofu, que no sabe apreciar la belleza, hace tiempo que se me escapó de casa, harto de tanto bonito.

Maldito gato (entendido como “persona nacida en Madrid”, no vayan a pensar).

Bromas aparte, querido lector, querida lectora, la Cartelera Turia y quienes la hacemos os deseamos unas felices fiestas y que tengáis la fiesta en paz y alegría con todas las personas que queréis (e incluso con los cuñaos). ¡Feliz Navidad!

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