FAM DE FEM – ¡NINA, NINA, NINA!

CASTO ESCÓPICO: Como las personas mayores vivimos de los recuerdos y de conseguir recordar las pastillas que debemos tomar antes o después de cada comida, me permitirán ustedes que rinda sentido homenaje nostálgico a Marie Louise Hartman, más conocida por el nombre artístico  de Nina Hartley en el siempre turbulento mundo del porno.

Nacida en 1959 en Berkeley (California), en el seno de una familia judía de ideas progresistas, la señora Hartley es actualmente la actriz más veterana  del circuito X norteamericano, no sólo porque  lleva en activo desde 1984, con más de 650 películas y 1200 escenas acreditadas, sino también porque podrá soplar sin esfuerzo las 59 velitas de su tarta de cumpleaños el próximo 11 de marzo. Protagonista, directora y productora de centenares de videos de BDSM  y de didáctica sexual; actriz de reparto en Boogie Nights (1997) de Paul Thomas Anderson, y autora del instructivo  libro “Guía del  sexo total” (Melusina, 2016), doña Nina fue pionera en  la reivindicación de los controles sanitarios obligatorios y del uso de preservativo en su oficio, pero también ha sido una de las más firmes defensoras del derecho a existir de la industria X en Estados Unidos. Asimismo, es una activa militante del sex positive feminist o movimiento feminista sexual, como lo ha demostrado en centenares de debates y entrevistas para televisión, libros, revistas y documentales de cine.

En su filmografía de la última década, destaca su afilada interpretación cómica de Hillary Clinton en varias parodias X, desde Who’s Nailin’ Paylin? (2008) hasta la más reciente serie episódica sobre Donald Trump para la web porningtonpost.com. Conviene señalar que en las catastróficas elecciones norteamericanas de 2016, Hartley apoyó a la señora Clinton, pero sólo después de que su candidato preferido, el radical Bernie Sanders, fuese derrotado en las primarias demócratas. Este singular perfil ideológico y humano podría explicarse por los orígenes de la actriz. Nina nació y se crió en Berkeley, una ciudad en la bahía de San Francisco conocida fundamentalmente por su universidad, que fue campo de batalla de incendiarias protestas estudiantiles y paraíso del amor libre en los sesenta. Nina también era hija de militantes comunistas reconvertidos luego al budismo que vivieron el estallido lisérgico y orgiástico de la cultura hippie californiana. De hecho, empezó como stripper en el mítico teatro O’Farrell de los hermanos Jim y Artie Mitchell, los desnortados directores del clásico de la contracultura Detrás de la puerta verde (1972). Como detalle significativo de su vida privada,  Nina formó parte de un trío sentimental estable durante casi veinte años (1981-2000).

Con el consentimiento de los otros dos lados de su triángulo amoroso, debutó en el  porno en 1984 en Educating Nina, dirigida por la también actriz Juliet Anderson. Cuando el triángulo dejó de ser equilátero para convertirse en isósceles, abandonó la relación para luego casarse con el productor y director judío Ira Levine, más conocido en el X como Ernst Green. Con su insólito y duradero ménage à trois, Nina  puede considerarse como precursora de ese fenómeno conocido ahora como “poliamor”, cuya más señalada predicadora en nuestro país parece ser la sin par Lucía Etxebarria, iluminada copista y escritora todoterreno 4×4. Como la rabiosa actualidad colapsa el funcionamiento de mis envejecidas conexiones neuronales, permítanme que retorne al pasado vaporoso y recuerde cómo conocí a la señora Hartley la noche del miércoles 15 de mayo de 1996 en la muy hortera discoteca del Hotel Royal Casino de la localidad francesa de Mandelieu, durante la celebración de los premios Hot d’Or, que organizaba la ya desaparecida revista francesa “Hot Video”, como un evento paralelo a la celebración del Festival de Cannes.  A decir verdad, en vez de mantener un diálogo sosegado sobre su fascinante trayectoria profesional y su peculiar forma de entender el feminismo, me abalancé como un joven chimpancé sobre Nina nada más verle en la pista de baile. Mi intención era pedirle que alguien nos hiciera la tradicional foto de recuerdo que solían exigir los siempre erectos fundamentalistas de Onán a las estrellas y los meteoritos del cine X, mucho antes de la invención del irritante selfie. Con alegría chispeante, Nina no sólo se dejó hacer fotos con una cámara desechable de flash cegador; también soportó con entereza cinco minutos de mis desvaríos discursivos en inglés etílico, no le importó demasiado que le derramara parte de mi cerveza sobre su traje de noche e incluso intentó seguir mis erráticos pasos de baile al son tropical de “María” de Ricky Martin. Y luego me fui a darle la tabarra a la neumática Carolyn Monroe.

Ahora que ya no soy un joven chimpancé, sino un orangután viejo y desdentado que se alimenta de sopas y papillas, no puedo más que recordar los luminosos ojos azules y la sonrisa irónica de la que sigue siendo una de las grandes intérpretes del cine porno: la inteligente, combativa y siempre juvenil Nina Hartley. ¡Brindemos por ella con una taza bien caliente de caldo de pollo!

 

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