Cartelera Turia

FRONT PAGE: ALTAS TONTERÍAS

PAU VERGARA: Todos los que tenemos hijos en edad escolar hemos escuchado a algunos padres o madres comentar: “Es que mi hijo tiene altas capacidades”. Al final, como persona interesada en la educación e incansable observador de la conducta humana, uno se da cuenta de que se ha creado todo un negocio alrededor de las supuestas dotes especiales de nuestros hijos. Hay gurús, academias, informes milagro y una industria entera que convierte cualquier rasgo en una etiqueta vendible. Y los padres lo cuentan orgullosos, como si hubieran descubierto una nueva especie humana en el salón de su casa. Luego lees estudios de pedagogía y te encuentras con otra realidad: chavales con desequilibrios, presión excesiva, dificultades para encajar. Pero siempre queda el comodín: “es que mi hijo tiene altas capacidades”. No, lo que tienes es un niño al que no estás entendiendo. Y unos padres, en muchos casos, más perdidos que él.

Y luego está el otro gran campo de batalla: lo público y lo privado. La educación como trinchera ideológica y, sobre todo, como marcador social. Cuando escolaricé a mis hijas en un conocido colegio público del centro de Valencia, un vecino —con esa seguridad que da la ignorancia— nos soltó a mi mujer y a mí que “ahí iban los hijos de las putas y los emigrantes”. Más tarde supimos que era votante de Vox, aunque tampoco hacía falta ser Sherlock Holmes para intuirlo. Aquella frase, más que un exabrupto, era una radiografía perfecta de un país que sigue midiendo a los niños por el código postal del colegio al que van.

Con todo ese caldo de cultivo —ansiedad, clasismo, miedo disfrazado de ambición— se construye Altas capacidades, la nueva película de Víctor García León. Y lo hace con una lucidez que incomoda tanto como divierte.Lejos de acomodarse en el chiste fácil, García León recupera la mirada afilada que ya apuntaba en Selfie, aquella comedia que con los años ha ganado peso hasta convertirse en una especie de documento sociológico adelantado a su tiempo. Si entonces el foco estaba en el privilegio y la impostura de una generación, ahora lo traslada a uno de los espacios más delicados: la crianza.

Junto a Borja Cobeaga, construye un guion que entiende perfectamente el delirio contemporáneo: padres de clase media intentando tomar decisiones educativas como si estuvieran gestionando una inversión de alto riesgo. Todo se mide, todo se compara, todo se vive con la sensación de que un paso en falso puede condenar el futuro de tus hijos.La historia de la pareja interpretada por Marián Álvarez y Israel Elejalde funciona precisamente porque no tiene nada de extraordinaria. Un niño con problemas en el colegio público. Una posible plaza en un centro privado de prestigio. Un entorno que presiona. Y, poco a poco, una decisión que deja de ser educativa para convertirse en una cuestión de identidad, de estatus, de miedo.

Porque Altas capacidades no habla de niños. Habla de adultos desbordados.De padres que proyectan sus frustraciones.De madres que confunden protección con control.De parejas que ya no saben si están decidiendo por sus hijos… o por ellos mismos.La película acierta al retratar cómo el discurso del “quiero lo mejor para mi hijo” es, muchas veces, una forma elegante de esconder inseguridades propias. El colegio privado aparece como una promesa de salvación, pero también como una trampa: una estructura que no solo educa, sino que clasifica, separa y, en muchos casos, excluye.

Formalmente, García León se aleja de la comedia televisiva para apostar por una puesta en escena seca, incómoda, casi quirúrgica. Los espacios pesan. Los silencios hablan. Y cada escena parece diseñada para que el espectador se ría… hasta que deja de hacerlo.Ahí reside una de las grandes virtudes de la película: su capacidad para generar incomodidad sin perder el humor. No hay chistes fáciles, sino situaciones que empiezan siendo absurdas y terminan revelando verdades incómodas sobre la hipocresía social, el clasismo o la incapacidad de los adultos para comunicarse sin máscaras.

En el fondo, Altas capacidades es una película sobre la impostura. Sobre una sociedad que necesita que todo el mundo sea especial, brillante, excepcional… aunque eso implique forzar etiquetas, exagerar diagnósticos o convertir la normalidad en un problema.Y ahí lanza su dardo más certero: quizá el problema no es si los niños tienen o no altas capacidades. Quizá el problema es que los adultos no sabemos aceptar que nuestros hijos —y nosotros mismos— somos, en esencia, bastante normales.Sin discursos grandilocuentes, pero con una precisión incómoda, la película deja entrever un alegato a favor de lo público, de lo imperfecto, de lo común. Y lo hace sin moralinas, sin pancartas, simplemente mostrando.Puede que no sea una comedia cómoda. Puede que remueva. Pero precisamente por eso, Altas capacidades se coloca como una de las películas más inteligentes y necesarias del año.Porque pocas cosas hay más peligrosas —y más honestas— que una película que se atreve a decir lo que muchos piensan… pero casi nadie se atreve a reconocer.

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