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GALERÍA DE PERSONAJES I LUSTRES MacDiego

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La Wikipedia no recoge que, años atrás, cuando la ciencia quiso desentrañar el misterio del caso psiquiátrico de Diego Ruiz de la Torre Gómez de Barreda, tras intensas jornadas de análisis y exámenes que casi acaban con la propia salud mental de los galenos, llegó el momento de comunicar al interesado el difícil diagnóstico del exhausto equipo médico pluridisciplinar:

  • Mucho nos tememos que tiene Ud. el síndrome de MacDiego
  • Y, ¿eso es grave, Doctor?
  • Aún no lo sabemos, Sr. MacDiego.

MacDiego no resolvió las dudas de la ciencia y la ciencia no pudo aclararle la causa de su, cuando menos, desconcertante comportamiento, pero, la verdad, como a Clark Gable en Lo que el viento se llevó, le importaba un comino, querida, pero decidió quedarse con el sobrenombre de MacDiego, feliz confusión del médico, sin duda fruto del agotamiento resultante de tratar con semejante fuerza de la naturaleza durante más tiempo del aconsejable.

El resto de los detalles biográficos aburridos -por prolijos- sobre su febril actividad como diseñador, publicista, editor y galerista pueden ser consultados a voluntad del consumidor en las numerosas fuentes bibliográficas disponibles.

Uno de los grandes misterios de la civilización occidental es si el Martini de James Bond debe ser mezclado o agitado. MacDiego, sin embargo, tiene claro que lo suyo es la agitación, cuanto más browniana mejor, aun cuando el hombre no precisa esforzarse gran cosa para generar un efecto que se produce de manera espontánea -como la ignición paranormal- con una probabilidad que se encuentra en proporción exponencial directa en relación con la distancia a su centro de gravedad, situado bien en alguna parte de su generosa anatomía, bien en todas y cada una de sus obras, diseminadas estas hasta en los más inopinados rincones de las ciudades, galerías, librerías y cuartos de baño, sobre todo en estos últimos.

Cuando Diego decidió hacer suyo aquel sobrenombre fruto de la confusión galénica, MacDiego se invistió del mismo como una capa invisible que le confiere poderes sobrenaturales. De hecho, uno puede imaginar esa capa galantemente lucida en sus famosas power poses. Esa capa, digo, Diego la ha ido enriqueciendo con añadidos sucesivos de nuevos tejidos invisibles con poderes aún más sorprendentes los unos que los otros: ora la de gamberro provocador, ora la de seductor, ora la desinhibidora de mojo, ora la de oso amoroso. Suele llevarlas todas a la vez y ni siquiera él sabe cuál de sus poderes va a manifestarse en cada ocasión.

Imagino a Diego Ruiz de la Torre Gómez de Barreda intentando asomar por entre esa inmensa capa del personaje que MacDiego ha creado por encima de su yo primigenio, alguien a quien seguramente querría dejar salir de vez en cuando para descansar un poco. Ser MacDiego no debe ser fácil, una tarea hercúlea propia de voluntades titánicas como la suya disfrazada de displicente bon vivant y paquidérmico destrozón de la tienda de porcelana en que vivimos. Bajo esta estridente e iconoclasta multicapa de invisibilidad, MacDiego protege al diseñador y publicista profesional y disciplinado, padre de familia, el mejor de los amigos, mecenas generoso, creador chispeante e iconógeno capaz al mismo tiempo de destilar un Picasso esencial como eructar “La vida es corta: desperdíciala”. MacDiego la desperdicia a manos llenas hasta mostrase desnudo como un emperador de fábula ante su pueblo, pero solo los niños saben cuán ricas sus prendas son.

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