Crítica Turia

Hope, de Maria Sødahl Un drama vital sobre la muerte.

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La muerte es algo seguro para todos y todas. Es una carrera de fondo que ya hemos perdido, y cuya única incógnita es dónde está la meta. Lo bello de esta carrera es eso mismo; es no saber cuándo termina y despreocuparse por ello. Correr y correr disfrutando del paisaje sin dedicarle ni un solo instante al final. Anja (Andrea Brӕin Hovig) es una corredora más, una que disfruta de su momento más en forma, y a la que le comunican que el inevitable final está cerca. Anja tuvo cáncer de pulmón, se recuperó de la operación, y ahora disfrutaba de su mejor momento laboral como coreógrafa. Algún que otro dolor de cabeza, y algo de pérdida de visión, le hicieron visitar al médico para descubrir que ese cáncer de pulmón no solo no se había marchado, si no que ahora había decidido aposentarse en el cerebro, junto con la metástasis. “No se puede hacer nada, no sabemos cuándo, lo único que sabemos es que es mortal.”, le dicen los médicos, y Anja guarda silencio, mientras escucha los llantos de su pareja.

Es víspera de Nochebuena así que tendrán que esperar un poco para poder realizarse más pruebas. La película transcurre dividida, como una especie de diario, entre el 23 de diciembre y el 2 de enero. Nueve días de tensión y miedo, dónde Anja y su pareja Tomas (Stellan Skarsgård) tendrán que decidir cómo contarle esta noticia a sus seis hijos y a sus amigos; y aprender a disimular esa felicidad tan necesaria y obligatoria en esas fechas.

Y entre noticias y náuseas ocurre todo. Maria Sødahl, directora de esta película, se centra en la inestabilidad del momento; en las grietas de la relación entre los dos, que ahora aparecen con mayor vigor. En asumir lo que viene con coraje, para educar y dejar una huella imborrable en los hijos. Y en disfrutar de los momentos que quedan. Sødahl lo hace con clase, sin centrarse únicamente en el drama de la situación. Tiene el pulso necesario para ahondar en los silencios y no en los llantos. Para quedarse con los gestos que denotan que andas perdido pero sigues buscando una salida. Y para ello cuenta con unas interpretaciones muy buenas. Anja es cambiante, por momentos el miedo toma el control, en otros el instinto materno le hace solamente pensar en sus hijos y, algunas veces, se permite ser egoísta. Por su parte, Tomas asume el rol secundario y parte desde un lugar más neutro, de apoyo. Con un gesto que prácticamente nunca se turba, y dispuesto a ganar una pelea que no es suya. Comprende que esto pertenece a su pareja, y que debe hacerse a un lado, sin llegar a irse.

En definitiva, un drama familiar y vital muchas veces visto, pero contado con una honestidad y un realismo mucho más novedoso. Un drama que huye de lo húmedo y se posiciona en el silencio. En ese espacio tan incómodo del no saber qué va a ocurrir pero hay que seguir avanzando. Porque, como la muerte es inevitable solo nos queda disfrutar del resto.

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