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LA DELGADA LÍNEA ROJA: LA CIUDAD QUE SE ESFUMA

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Es curioso, a medida que se moderniza la ciudad de Valencia, gracias a los planes municipales y los intereses inmobiliarios y turísticos, mas ciudad auténtica desaparece. Como en China, donde los barrios protohistóricos de Pekin o Shangai, donde habitaba la población más humilde, desaparecen bajo la piqueta de la famosa y letal modernidad. En USA no hay ciudad que se precie que no ofrezca su skyline de grandes torres de acero y cristal, pero América es el nuevo mundo y en realidad tienen todo el derecho en hacerlo. Aquí es muy diferente. El viejo mundo y sus ambientes, la historia de sus ciudades sufren la ofensiva de su desnaturalización por el cada vez mas cancerígeno turismo de masas. Hace uno meses el paseante que quiere visitar la parte de donde nació la ciudad, la Almoina, quedó yerto ante una cola inmensa de adolescentes que, a  cuatro suspiros del gran palacio gótico renacentista de la Generalitat, esperaban su ración de helado de polla.

Me explico, se ha instalado un negociete llamado la Pollería cuya mayor gracia y donosura consiste en vender una tarrina rectangular de cartón en la que descansa, cual muerto en su ataúd, un helado con forma de falo  y que incluye sus dos pelotitas en el extremo. Su éxito ha sido espectacular y fue tal el tumulto que se tuvieron que apostar guardias de seguridad. Y eso conviviendo con las pías tiendas de objetos religiosos, niños Jesús, virgencitas, iconos, peinetas, etc que siempre han lucido por esos andurriales de la ciudad antigua. El turismo maltrata una urbe y el turismo de masas tiende a destruirla, a hacerla desparecer para, una vez chupada su esencia y gracia, convertirla en algo exactamente igual que las otras miles de ciudades pintorescas de otras zonas de Europa. Por eso, una mueca de desagrado y estupefacción se dibuja en la jeta al ciudadano que ama la historia de su urbe, cuando comprueba la pompa y circunstancia con que se celebra el día de la Comunidad Valenciana. Este glorioso 9 de octubre y su legendaria procesión cívica que recorre las calles más emblemáticas que han perdido su esencia. Es berlanguiano el hecho de observar los graves semblantes de alcaldes y regidores, de maceros, soldados y altos mandos militares, desfilando tras el pendón de la Conquista que pasea su vetustez histórica frente a unos escaparates y tiendas de gusto dudoso, que no son más que reclamos para turistas, con sus jamones colgando y sus muñecos baratos.

La calle San Vicente, la calle la Paz…, lugares emblemáticos de esta pequeña pero cosmopolita ciudad que en su tiempo fue la meca de las librerías y los bares románticos, de las tiendas de antigüedades y los salones de baile. Y no parece importarles mucho a los valencianos el hecho de que las franquicias y la especulación se estén cargando los negocios donde acudían sus padres. Políticas urbanísticas en manos privadas se estén cargando barrios enteros. Literalmente. Natzaret es uno de ellos y acaso el más sangrante. Un líder vecinal denunciaba hace poco que su playa está despareciendo por completo y no digamos si la barbaridad de la ampliación del puerto logra sus objetivos. Destruyeron a palos, piquetas y desalojos el pueblo de La Punta y no pasó nada. Se gentrifica sin piedad el barrio del Cabanyal y tampoco. Tanto aquí como en nuestra prima hermana Barcelona, los alcaldes de izquierdas suplican a bancos y fondos buitre que habiliten sus casas vacías para poder hacer vivienda social. Suplican y no mandan. Porque los gobiernos municipales de izquierda mandan poco. Mandan los empresarios y sus intereses. Hace nada un periodista comparaba los años 20 en Italia, en plena escalada del fascismo mussoliniano con lo que pasa aquí con el famoso blanqueo del renovado fascismo-franquismo español. La izquierda ha sido incapaz de imponer su famoso cordón sanitario al fascismo de Vox y la complicidad del PP. Eso puede tener consecuencias funestas para la continuidad del menos malo de los tripartitos, el que tenemos ahora, que si pierde, Dios nos pille confesados. Y no deja de ser gracioso que, Noruega,  el gran libro de Rafael Lahuerta, que defiende la ciudad ancestral, antigua y cálida, sea el más leído del año, al tiempo que contemplamos indiferentes como se esfuma la ciudad histórica ante nuestros propios ojos.

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