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LA VIDA ESTÁ BIEN SI LEES TEBEOS – Huele a espíritu adolescente “Tonta”, de Jaime Hernández

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ÁLEX SERRANO: Cuarenta años después de la aparición del primer número de Love & Rockets, título imprescindible del cómic de la edad moderna del cómic, la publicación en nuestro país de una nueva obra de los hermanos Hernández sigue siendo una noticia importante. Para quienes no estén familiarizados con el trabajo de los Bros Hernández, decir que los californianos Gilbert y Jaime (en sus inicios, también Mario) han ido construyendo sendos universos personales poblados por personajes inolvidables. El primero con Palomar, un imaginario pueblo de América Latina deudor de Gabriel García Márquez en el que el Gilbert, más conocido como Beto,  ha ido enlazando varias generaciones de pasión, tragedia, sexo y realismo mágico. El segundo con Hoppers, un barrio imaginario y mayoritariamente chicano en las afueras de la ciudad de Los Ángeles, donde Jaime muestra cómo unas jóvenes inmersas en la escena punk y la gente que les rodea avanzan transitan como pueden por la vida adulta.

“Tonta”, de Jaime Hernández, pertenece a este último, más concretamente a sus periferias, ya que Maggie y Hopey, las protagonistas principales de esta saga, no hacen acto de presencia. Ni falta que hace, ya que una de las muchas virtudes de los Hernández es su capacidad para crear una tupida red de personajes secundarios dispuestos a subirse al escenario con total solvencia. Ello también permite disfrutar de este cómic aunque no hayas leído nada de Jaime Hernández (aunque, muy probablemente, querrás hacerlo). Algo que, por cierto, ocurre con la práctica totalidad de cómics de los Bros. La protagonista, que pone título a la obra, irrumpe sin pedir permiso para acompañarnos en un fascinante recorrido por lugares y personas con el lento devenir del verano en los suburbios como telón de fondo. Jaime Hernández es un maestro del enredo, un especialista en enlazar personajes y tramas que acaban formando una trenza de emociones, humor y momentos.

Hernández, uno de los dibujantes más talentosos que ha dado el cómic norteamericano, hace que su trazo pulcro y pluscuamperfecto, su dominio total de la gestualidad, la expresión y la composición nos lleven de la mano en un tiovivo en el que no faltan pandilleros, bandas de punk, jóvenes desorientados y estrellas de la lucha libre. Su facilidad para encajar el absurdo en lo cotidiano y, a la vez, sublimar las pequeñas aventuras de personas corrientes y molientes, convierten sus cómics en un santuario atemporal, en un refugio al que siempre se puede volver para buscar la calidez de unos personajes con los que no tenemos nada que ver, pero cuyas miserias y despropósitos nos resultan poderosamente familiares.

Jaime Hernández está en ese momento de extraordinaria madurez creativa en el que un autor deja de atormentarse con la necesidad de que cada nueva obra sea más ambiciosa, grandilocuente y definitiva que la anterior. Ese estado de paz  y aceptación le ha llevado a convertirse en el referente que es y a que, independientemente de su envergadura, cada nuevo trabajo sea una auténtica celebración de todo lo bueno que puede ofrecer un cómic.

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