Cartelera Turia

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LARGO Y CÁLIDO VERANO: UNA MENTIRA PIADOSA

ANNA ENGUIX: El otro día una buena amiga a la que conozco desde hace prácticamente veintitrés años me contó una historia que me dejó perpleja. Siempre ha sido bastante excéntrica y de vez en cuando tiende a acaparar todas las conversaciones, lo que a veces me resulta un poco pesado. No me queda otra, tras tanto tiempo, que apreciarla y cuidarla como si fuese de la familia. Tras unos cuantos vermuts en uno de los bares protagonistas de las fiestas de Lavapiés, sentadas en dos viejos y mugrientos sillones y pegadas a la mesa de billar, empezó a contarme que, hace unas pocas noches, mintió descaradamente haciéndole creer al Petus que era una jugadora de póker profesional. Al principio no entendí nada, pero de repente, para ella, me convertí en una suerte de confesora. Pensé, para mis adentros, que su actitud había llegado demasiado lejos; su constante necesidad de recrearse rozaba la mentira patológica, pero me dispuse a escucharla atentamente; quizás una versión más extendida me haría cambiar de parecer o incluso acabaría entendiéndola.

Después de varios vinos y de intercambiar unas palabras con los clientes habituales del Chulo Bar, algo me poseyó. Pidió otro vermut blanco, se encendió un cigarro largo y le dio una gran calada. Ante un enorme bostezo, el Petus -un cliente que de forma recurrente ahoga sus penas en la barra de ese mismo bar y cuyo apodo alude a su actividad comercial: es habitual vendedor ambulante de pines en un pequeño corcho- me preguntó que si estaba cansada. Podría haber contestado que sí, que tras varios días trasnochando en las fiestas de Madrid había ido acumulando horas de sueño y que estaba agotada. Sin embargo, sentí la imperante necesidad de relatar mi experiencia como jugadora de póker profesional.

Le pregunté que si había jugado alguna vez al póker y admitió que tan sólo un par de veces, pero que le había encantado, y que fantaseó con el juego varias semanas. También admitió que, por un momento, se sintió respetada; aunque la mentira era cada vez más gorda, su objetivo nunca había sido engañar, sino performar. Hablamos de cómo un personaje del escritor Alejandro Zambra, en su obra Bonsái, relataba cómo había mentido a una pareja haciéndole creer que había leído a Proust con tal de parecerle más interesante. Y, de la misma manera, discutimos sobre si alguna vez la mentira tenía cabida en algún sitio de este mundo. Reconozco que me reí. Me imaginaba cómo había podido tener a un vendedor de pines tan sumamente intrigado durante varias horas y supe, con lo que me planteaba, que todos, alguna vez, deseosos de asemejarnos más a otra persona que a nosotros mismos, hemos buscado adornar hiperbólicamente nuestros logros y aptitudes, con tal de ser distintos, con tal de ser un poco mejores. Admití que no me había leído el Ulises; ella, que nunca pudo acabarse los Hermanos Karamazov; confesé que París me había parecido fría y distante a pesar de mis constante halagos; ella dijo que siempre disfrutó mucho más del cine de Spielberg que del de Rohmer. Ambas nos llevamos las manos a la boca y, al unísono, con un último vermut en la mano, chillamos: ¡Los Goonies!

Nos despedimos poco después, abrazándonos y entendiendo lo poliédricas que podemos llegar a ser las personas. Entendí que, en menor o en mayor escala, la mentira forma parte de nuestra esencia como personas, de nuestras ambiciones fallidas, de nuestra absurda inteligencia. Todavía no sé exactamente qué le hizo desear convertirse, en concreto, en una respetada jugadora de póker; sí que entendí que a todos, al menos una vez en la vida, nos gustaría ser otra cosa, otra persona, aunque sólo sea un ratito, para poder descansar de nosotros mismos.

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