L´ESTAT DE LA CULTURA: LA MÚSICA POP ROCK, SUMIDA EN LA INCERTIDUMBRE

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA: Conciertos cancelados hasta bien entrado mayo, como mínimo. Festivales en la cuerda floja. Discos cuya edición se retrasa. Y mientras, decenas de bienintencionados conciertos en streaming que sirven para pasar el rato, para dotar de diversidad las opciones de ocio de todos los que estamos en casa, pero que no van a redundar en que un sector ya de por sí tan perjudicado por la coyuntura de esta última década (crisis económica, formato físico reducido a la insignificancia) como es el musical, vaya a levantar la cabeza fácilmente. El concepto de gratuidad ligado a estas iniciativas, que viene a sumarse al de muchas citas urbanas, puede ser perjudicial a largo plazo. Loable en un primer momento, claro que sí, pero recordemos lo complicado que es acostumbrar a alguien a pagar algo (aunque sean dos euros) por aquello que durante un tiempo se le ha dado sin pedir nada a cambio.

La industria de la música genera 3.000 millones de euros al año en la Comunidad Valenciana, y que estima que se enfrenta a unas posibles pérdidas de más de ocho millones en los próximos dos meses, si es que – con suerte – el parón no se prolonga más allá. De momento, el Primavera Sound, festival de referencia en todo el estado, que se iba a celebrar en Barcelona el primer fin de semana de junio, ya ha anunciado su cambio de fechas: pasa al último de agosto. Está por ver si eso genera un efecto dominó en el resto de grandes citas, entre ellas las que pueblan nuestra geografía, y ocasiona que ya no solo el actual mes de abril y el de mayo se den por irremediablemente amortizados (o amortajados, más bien), sino que la tendencia se extienda también a la totalidad del mes de junio. En tiempos en los que el directo es el principal sostén de músicos y de todos los perfiles profesionales en torno a ellos, el asunto es especialmente peliagudo.

Artistas, promotores, managers, técnicos, empleos auxiliares… todos penden de un hilo en este momento. También quienes nos dedicamos al periodismo musical, ya que, con la actividad reducida a su mínima expresión, sin medios de una mediana solvencia económica por falta de anunciantes e incluso de ventas físicas de prensa en los kioscos (abiertos, sí, pero con algunas tiradas en la cuerda floja), aún más difícil podemos empezar a tenerlo en los próximos meses. De momento, el volumen de conciertos y festivales pospuestos para los últimos cuatro meses del año es tan ingente que no va a haber tiempo humano de poder asistir a todo. Y habrá que ver también cómo están para entonces nuestros bolsillos: posiblemente quien tuviera ya su entrada o su abono comprado con anterioridad para cualquiera de esas citas lo vaya a aprovechar, pero ahora mismo la venta de entradas ha debido frenar tan en seco que es muy aventurado vislumbrar cuál va a ser la asistencia real a cualquiera de ellos. Y también en qué condiciones se producirá, ya que la salida a este pozo vendrá marcada por lo gradual: ¿estamos ahora mismo en condiciones de asegurar que en julio, agosto o septiembre podremos disfrutar junto a decenas de miles de personas más, en un espacio acotado, de la música en directo, tal y como lo hemos venido haciendo hasta ahora? ¿Habrá controles de temperatura a la entrada? ¿Tendremos nuestros teléfonos móviles funcionando como medida de trazabilidad por parte de nuestras autoridades sanitarias? ¿Nos veremos obligados a mantener distancia de seguridad?

Desde aquí, solo podemos animar a que nadie devuelva las entradas ya adquiridas, si es posible. A que se siga apostando por la música en los festivales y en los locales grandes, pero también especialmente en las pequeñas salas de conciertos de nuestras ciudades, para no redundar en esa aceleración de la concentración empresarial que esta crisis va a acentuar (ya sabemos quiénes están siendo los principales beneficiados: Netflix, Amazon, las empresas de telefonía y las grandes cadenas de supermercados). A consumir música pop y rock no ya solo como necesario elemento de evasión o como parte insustituible de nuestro ocio, sino también como herramienta para entender unos tiempos tan complicadamente endemoniados como se nos vienen encima. Ojalá seamos capaces de extraer alguna provechosa moraleja al final de todo esto: hay muchas lecciones que aprender sobre el valor de lo público, de los valores colectivos compartidos, de la necesidad de que Europa no firme su certificado definitivo de defunción como organismo transnacional, de la obligación de tomar conciencia de una vez de que la especie humana se va al carajo por primar el cortoplacismo y el egoísta sálvese quien pueda. Cuesta atisbar algo de luz al final de este túnel, pero la habrá. Tiene que haberla. Y siempre habrá canciones y discos que nos lo iluminen.

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