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LIBRÉRAME: CARCOMA,CRIADOS, SEÑORITOS Y SANTUARIOS DEL RENCOR

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ANDREA MOLINER: La rabia, como cualquier otra emoción, clava sus raíces en lo más profundo de la psique humana. Extendiendo su ponzoña por la sangre hasta llegar al mismísimo corazón. Convirtiéndolo en un órgano infecto de oscura podredumbre. Lo mismo sucede con las tripas, las mismas que acompañan al enfermo corazón y que, según el famoso dicho, son indisociables la una de la otra a la hora de “apechugar” con la vida. De ira, cólera y, ¿por qué no? de dolor de clase habla Layla Martínez en Carcoma, su más reciente e inquietante novela, publicada bajo el sello de la joven editorial Amor de Madre.

Tras hacernos reflexionar sobre la posibilidad de construir futuros utópicos en nuestras sociedades actuales en el estimulante ensayo Utopía no es una isla (Episkaia, 2020) y dejarnos claras las principales líneas de su talento narrativo en las antologías Alucinadas (Palabristas, 2017) o Estío (Episkaia, 2018). La cabeza visible de la editorial Levanta Fuego – anteriormente Anónima – nos agarra del cuello con firmeza para meternos la cabeza en el agua sucia del cubo de fregar. Asfixiándonos en las esquinas de ese horrible pueblo, en los suelos relucientes de tanto limpiar y, sobre todo, en esa tenebrosa casa de envenenados cimientos y silencios que parecen apuñalar su viciado interior. En ella, abuela y nieta cuentan al lector su historia desde una oralidad literaria propia, cargada de bilis y mucho resentimiento. Su discurso es rápido, urgente, como el agua de una presa desembalsada, camino del río más cercano. Ejemplo de ello es la casi total ausencia de signos de puntuación en un más que loable ejercicio de aproximación al habla de quienes tienen una historia que contar y el deseo, intrínseco, de hacer justicia.

En la línea de las grandes autoras latinoamericanas actuales como Fernanda Melchor, María Fernanda Ampuero o Mariana Enríquez, Layla Martínez consigue generar inquietud gracias a la conjugación de dos de las tradiciones literarias más fascinantes y revitalizadas en la actualidad: la despiadada crítica a la vida en el campo y el subgénero de las casas encantadas. Para ello, Martínez no duda en abrazar las novelas de la siempre reivindicable Shirley Jackson – muy especialmente La maldición de Hill House – y de la trascendente Daphne Du Maurier – ese Manderley con más polvo y muebles destrozados – para construir un armazón fantasmagórico patrio donde la aplastante cotidianeidad y la historia familiar (sapos y culebras incluidos) se deslizan por cada una de sus páginas.

Del mismo modo que Martínez reivindica el terror clásico, tampoco debemos dejar pasar su particular aproximación a la España rural por la que, a pesar de los cambios, parece no pasar el tiempo. Ni siquiera para esos ricos amos y señores del pueblo a quienes, parafraseando uno de los pasajes más memorables de la novela, “se les llenaba la boca de sangre cada vez que pronunciaban la palabra España”. Leyendo Carcoma es imposible no pensar en lo que Miguel Delibes denunció categóricamente en Los santos inocentes, novela a la que Martínez parece reverenciar. No existe diferencia alguna entre los Jarabo y el señorito Iván, más bien son el perfecto reflejo de la perpetuidad de aquellos privilegiados, de los hijos de quienes ganaron la guerra, de los que creen tener el país en propiedad y que todo el mundo les debe algo. Los mismos que, además, disfrutan vejando a quienes les proporcionan cuidado. Como Paco, Régula, Azarías y ahora las mismas protagonistas de Carcoma. Anónimas voces en un relato común que, por mucho ruido de fondo que haya, jamás debemos olvidar.

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