Crítica Turia

Los Europeos, de Víctor García León

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Hace unos días, cuando salí del cine de ver Los europeos, de Víctor García León, inspirada en la novela homónima de Rafael Azcona, estrenada en la pasada edición del Festival de Málaga, volví a pensar en la secuencia de Los ilusos, de Jonás Trueba, en la que uno de los personajes dice así: “El cine es como la vida, una mezcla de cosas tristes y alegres”. Es una secuencia que suelo recordar cuando leo o veo trasladado a la pantalla un texto de Azcona (o inspirado en él, como en este caso), porque eso es lo que reflejan de manera extraordinaria sus textos: lo bello y lo triste de la vida, sus múltiples caras.

A partir del viaje de Miguel y Antonio (interpretados por Raúl Arévalo y Juan Diego Botto), dos solteros treintañeros que un verano viajan a la Ibiza de finales de los 50, atraídos por el mito sexual de las turistas europeas y el deseo de una vida reposada y libre, la película aborda las historias íntimas de estos personajes, la historia de amor de Miguel y Odette, una hermosa francesa que éste conoce una noche festiva en la isla. Tanto por la parte y pasajes de la novela en los que se centra como por el modo como está filmada, se trata de una versión libre del texto de Azcona, lo cual no me desagrada, al fin y al cabo, son obras distintas, con lenguajes distintos. Precisamente, a mi modo de ver, uno de sus aciertos es el de no pretender imitar la lucidez narrativa que tenía Azcona para crear obras complejas, delicadas y a su vez mordaces, emotivas y con sentido del humor, sino centrarse en su parte emocional, en las relaciones personales de los personajes, pues así consigue recrear parte de su esencia.

El mundo interior y las vicisitudes sentimentales de sus protagonistas ganan terreno a la chanza y la sátira siempre brillantes en los textos de Azcona, pero parte de los rasgos y motivos de sus obras siguen presentes en esta película. García León filma los lugares en los que transcurre la acción, los comportamientos de esos personajes, sus conversaciones, discusiones, lo que comen, lo que beben, los momentos en los que disfrutan, ríen o lloran, y así, bajo la forma de una obra amable, narra con ligereza y profundidad sus penas y alegrías. A fuerza de minuciosidad en el detalle, una cuidada puesta en escena y un guion e interpretaciones cuya gran virtud es la sugestión y el sentido del ritmo, narra una etapa de las vidas de esos personajes, y con ello, un lugar y un tiempo. A través de sus actos, decisiones, gestos, miradas, expresiones y silencios, de lo que dicen y las más de las veces lo que no dicen, refleja sus sueños, aspiraciones, frustraciones, derrotas, dudas, fatalidades, deseos y debilidades, sus actitudes frente a la vida, sus matices y contrariedades, la mezcla de placer y dolor que hay en toda existencia.

Como el mismo Azcona decía de su idea de la literatura, Los europeos es una película divertida sobre cosas tristes. Retrata con gracia y elegancia los sentimientos ambivalentes de sus protagonistas, su carácter iluso y a su vez conforme, su deseo de obtener de la vida más de lo que ésta puede dar, y al tiempo, su conformidad (que no es lo mismo que conformismo o resignación) con el devenir de los hechos. Salí de la sala con la sensación de haber visto una película agradable de ver, disfruté de la proyección, y, como ya escribió hace un tiempo Aloma Rodríguez en una de sus columnas y a mí también me suele suceder con ciertas películas, durante el paseo de regreso a casa, pensé y dudé sobre lo que me había parecido, recordé parte de sus secuencias, imágenes, asuntos y conflictos de los personajes, me imaginé y vi a través de ellos. Todavía sigo haciéndolo.

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