LOS FRANCO, S.A: UNA EMPRESA DE ÉXITO

ALFONS CERVERA: El palacio del Paseo de la Isla, en Burgos, propiedad del Conde de Murguiro, fue la residencia oficial de Franco desde 1937 hasta que acabó la guerra. Allí recibía a sus conmilitones y firmaba sentencias de muerte sin que en ningún momento le temblara el pulso de oficial mayor en una Patria fanáticamente carnicera. Con esas sentencias “se inaugura el franquismo de la cartilla de racionamiento”. Lo cuenta en Los Franco, S. A. mi amigo y excelente escritor Mariano Sánchez Soler. Hace ya muchos años de esa publicación. Nada menos que de 2003. Ha seguido los pasos, Sánchez Soler, de todas las barrabasadas de la dictadura franquista, con sus falangismos, con sus fortunas que luego se verían recicladas a la alta en democracia, con sus sotanas que pasaron a vestir en esa misma democracia los cuerpos corruptos del PP, con sus negocios sucios que heredarían los de ese partido y sus familiares y amigos para arruinar este país incapaz de quitarse de encima la sombra tan alargada de aquella dictadura. En la página 29 de ese libro sale lo siguiente: “La larga
década 1940-1953 fue quizá su período más mágico y doloroso. En su seno, junto a la gran picaresca, nació una nueva aristocracia financiera que, aupada en la victoria de la guerra civil, obtuvo muy pronto grandes dividendos y una alta honorabilidad, con apellidos tan ilustres como los Gómez-Acebo, Barrié de la Maza, Aguirre Gonzalo, Garnica, Arteche, Coca, Banús, Fierro, March, Oriol y Urquijo…”. Apellidos ilustres que llegan hasta ahora mismo. La Patria sigue siendo la de esos apellidos. El dinero también. Las martingalas financieras se las saben al dedillo. Son, todavía hoy, los putos amos. Entre esos apellidos saco de la lista a Barrié de la Maza. Fue premiado por Franco con el título nobiliario de conde de Fenosa. Ya saben: Fenosa. El negocio borracho con el gas y la electricidad. Lo hizo conde el dictador y el conde le regaló a Carmen Polo la magnífica Casa Cornide, monumento señorial del siglo XVIII ubicado en la Rua das Damas, en el centro histórico de A Coruña. Ese edificio era de propiedad municipal. Salió a pública subasta en 1962. Se presentaron dos pujas y la ganó de calle Barrié de la Maza. Al día siguiente, la escrituró el nuevo propietario a nombre de la señora Polo de Franco. Un regalo espléndido. Ahí, en ese noble lugar de recreo, escribe Sánchez Soler, “pasó Carmen Polo sus últimos veranos, en una soledad discreta y con misa diaria”. Hay por lo tanto otro Pazo de Meirás, menos conocido pero con una historia lo mismo de podrida que la del Pazo que gestiona la Fundación Francisco Franco en la población coruñesa de Sada. Y luego dicen algunos que al franquismo lo liquidó la Transición. La familia Franco sigue siendo la dueña de esos bienes públicos. Las palabras de agradecimiento del dictador al recibir en 1938 el Pazo de Meirás de manos de los falangistas que habían exigido al vecindario, a punta de pistola (o algo parecido), los dineros para sufragar su compra: “Acepto gustoso, especialmente porque se trata de un obsequio de mis queridos paisanos”. Ese cinismo que tan aplicadamente ha heredado todo el árbol genealógico del PP muchos años después. El gobierno gallego de Núñez Feijóo hace oídos sordos a la exigencia ciudadana y de la oposición política de devolver esos regalos a propiedad pública. Así que Los Franco, S. A. es una empresa que sigue en activo, liberada de las condiciones tributarias que a las demás se les exige. Además, la utilizan los suyos para seguir adiestrando a sus cachorros en la antidemocracia, en los turbios manejos para desestabilizar lo que haga falta, en la increíble duración de la dictadura franquista en esta democracia más floja que los chistes fascistas de Rafael Hernando. El verano va ya cabeza abajo. Se acaba el tiempo de los dormidos, como diría Caballero Bonald de la afición familiar a vivir en una feliz y persistente duermevela. El facherío franquista sigue gozando de esos estupendos lugares de recreo para siestear a gusto. Sin alquiler y sin nada. Los Franco, S. A., sí: los putos amos. Y no pasa nada. Absolutamente nada. ¡Menuda democracia!

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