ME QUITO EL SOMBRERO: EDGAR ALLAN POE

JUSTO SERNA: Me leyeron por primera vez a Edgar Allan Poe cuando tenía catorce años. Y digo bien: me leyeron. Estaba en una casa de montaña sin electricidad, un chamizo abandonado en las faldas del Montcabrer. Y estaba con unos amigos y con un adulto. A falta de televisión, éste nos propuso leer en voz alta algunos relatos traducidos por Julio Cortázar. Había sombras. Reunidos en torno a una chimenea humilde, asistíamos sin saberlo a una experiencia iniciática: la lectura de los cuentos de Poe. Junto a la luz espectral del hogar y atento a todos los ruidos y murmullos de la montaña, me recuerdo sobrecogido, con pánico. Enterramientos prematuros; corazones delatores de catalépticos; casas malditas que se hunden y con ellas linajes milenarios; mesmerismo y tratos inconscientes; muertas bellísimas que hechizan y espantan; tintineo de huesos que son algo más que fantasmas; cadáveres que parecen vivos; gatos negros que son augurio; tempestades sublimes; dobles que espían y vigilan en la oscuridad; cámaras de tortura de la Inquisición con péndulos que siegan la vida. “Desde muy niño”, confiesa Julio Cortázar en una de sus páginas, “tuve que aceptar mi soledad en ese terreno ambiguo donde el miedo y la atracción morbosa componían mi mundo de la noche. Puedo fijar hoy un hito seguro: componían mi mundo de la noche. Puedo fijar hoy un hito seguro: la lectura clandestina, a los ocho o nueve años, de los cuentos de Edgar Allan Poe. Allí lo real y lo fantástico”, añade, “se fundieron en un horror, unívoco, que literalmente me enfermó durante meses y del que no me he curado jamás del todo”. Envidio a Cortázar: me leyeron a Poe a
una edad muy avanzada, esos catorce años. En cambio, él pudo estremecerse personalmente cuando todavía era muy impresionable, cuando los temores infantiles podían derribarlo: el miedo al abandono, a la hostilidad y al hostigamiento, a la soledad. Pero, si lo pienso bien, envidio a quien aún no lo haya leído. Conjeturemos con el improbable caso de un joven actual que todavía no haya disfrutado del mundo mórbido de Poe. Es improbable, porque las ensoñaciones del escritor americano forman parte del aire que respiramos desde hace décadas, de las fantasías que han servido para imaginar los horrores de H. P. Lovecraft o Stephen King. De todos modos, quizá aún pueda haber un joven así, expectante, deseoso de leer los cuentos de Poe, de leerlos en la admirable traducción de Julio Cortázar, deseoso de averiguar cómo funciona lo fantástico, lo extraño o lo maravilloso. Digámoslo con Tzvetan Todorov: “En un mundo que es el nuestro”, señala, “se produce
un acontecimiento imposible de explicar“. Sólo hay dos opciones: “o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de la imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos”. ¿Entonces?

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