CRÍTICAS MEJOR PELÍCULA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA 2016 PARA CARTELERA TURIA

TURIA: El equipo de críticos cinematográficos de Turia ha escogido  La muerte de Luis XIV, de  y EL HIJO DE SAÚL, de Laszlo Kovacs como mejor película española y extranjera. A continuación os dejamos las críticas que fueron publicadas en su momento por Pau Vergara y Daniel Gascó.

SI ESTO ES UN HOMBRE

(4) EL HIJO DE SAÚL, de  László Nemes

PAU VERGARA: Funde a negro y suena un triste violín que nos hace despertar de un terrible viaje. Es la primera música que suena en toda la película y hace que el corazón se te encoja por momentos. Premiada en los pasados Globos de Oro y nominada al Oscar a la Mejor película Extranjera por Hungría (P.D: ganó finalmente), El Hijo de Saúl, del joven director László Nemes es una película atrevida, tanto por el tema que plantea, como por su arriesgada propuesta visual.

El exterminio de los campos nazis ha sido tratado en diversas ocasiones en el cine con distintos puntos de vista. Ya en 1955 Alain Resnais dirigió su famoso documental Noche y Niebla que ponía el acento en la responsabilidad colectiva del exterminio, pasando por el imprescindible documental Shoah, de Claude Lanzmann.  En La lista de Schindler Spielberg resaltaba la labor de Oscar Schindler, un héroe que salvó a cientos de judíos y en la perversa personalidad del director de Auschwitz, Rudolf Höss . En La vida es bella, Roberto Begnini trataba de contarle un cuento a su hijo para ocultarle la realidad del campo. Otras como Amen, de Costa Gavras tocaban el tema de la complicidad de la Iglesia Católica de Pio XII con el nazismo.

El Hijo de Saúl sitúa el tema del Holocausto en un interesante debate que ha estado latente durante décadas en la comunidad judía y diversos debates historiográficos. La rebelión “del pueblo elegido” frente a su aparente destino. O dicho de otra forma: el dilema entre Fe vs. Resistencia. Este es el telón de fondo filosófico de esta dura, atrevida y colosal película de László Nemes. El director húngaro traza un relato entrecortado, sin apenas diálogos, contado desde el punto de vista de Saúl, un judío húngaro que ha acabado trabajando en un sonderkommando organizando la liquidación y la limpieza de las cámaras de gas por donde pasan diariamente decenas de miles de judíos. Su obsesión es dar un entierro digno a un supuesto hijo que es asesinado doblemente por los médicos nazis (terrible escena). Y es que El Hijo de Saul es seguramente la película más cruda, directa y poco compasiva de todas las que se han hecho hasta ahora sobre el Holocausto. Lo hace sin mostrar nada. La limitación de la profundidad de campo (complicadísima la labor del foquista) impide ver lo que sucede en el fondo. Cuerpos apilados, disecciones médicas y toda la perversa maquinaria montada alrededor de las ejecuciones masivas donde se aprovechaba desde el oro de los dientes hasta las maletas, pasando por los enseres personales. El espectador asiste a una mirada parcial. Nos obliga a completar y a imaginar lo que no vemos, El “fuera de cámara” es digno de estudio en esta película.

Mientras el resto de judíos de distintas nacionalidades ( “ese rabino es escoria polaca”, dice uno de los personajes) hacen labores de inteligencia (secuencia de la cámara de fotos) o preparan una insurrección armada, a Saúl solo le preocupa enterrar a su hijo por el rito judío. La fe antes que la rebelión. El destino en las manos de Dios. László Nemes lo cuenta como si lo estuviéramos viviendo en primera persona, sin juicios morales, ni debates maniqueos. En el proceso de deshumanización del engranaje nazi, la fe aparece como el único elemento humanizador, lo que separa a Saúl de convertirse en una bestia. “La fe ciega en Dios o en el Partido salvó muchas vidas, como me comentó en una ocasión un republicano español superviviente de Mauthausen.

La película aborda también con toda naturalidad algo que hasta hace bien poco era un tabú: la colaboración de judíos en el propio proceso de liquidación. La supervivencia a cambio de trabajar en el engranaje industrial que también fueron los campos nazis. Ese que Primo Levy contó en “Si esto es un hombre” poco antes de suicidarse.

Los títulos de crédito son el único bálsamo para el espectador. El triste violín nos hace repensar lo que acabamos de ver. Una gran película.

Por tanto, el Hijo de Saul es un retrato introspectivo de la barbarie del Holocausto que nos ofrece un dilema filosófico hasta ahora poco tratado en el cine. Una película que estoy seguro que va a dar mucho que hablar y que hace imprescindible su visionado.

 

EL MOMENTO SUPREMO

(4) LA MUERTE DE LUIS XIV, de Albert Serra

DANIEL GASCÓ:

Desde que compitió en el Festival de Cannes, el último film de Albert Serra se ha considerado la oda testamentaria de un determinado cine, muy comprometido con el arte. Una muerte que ya venía inscrita en los labios del actor protagonista, Jean Pierre Léaud, quien lacónicamente en uno de esos monólogos maravillosos de La maman et la putain (1973), decía: “Puede que alguien muy viejo, un anciano, recordará aún y les explicara a los jóvenes que había cines, que se trataba de imágenes que se movían, que hablaban. Y no lo comprenderían”. O Roberto Rossellini, quien daba un giro a su carrera afirmando aquello de “El cine ha muerto. ¡Viva la televisión!”, justo en el momento en que presentaba La toma de poder de Luis XIV (1966). Pero más allá de ese eco cinéfilo, Albert Serra da una lección magistral de cine que sucede sin apenas movimiento, que se alimenta de la pintura y, sobre todo, que bebe de las fuentes de la Historia,  rompiendo eso sí con una de las lacras que arrastra de siempre el arte cinematográfico: su tratamiento banalizado de la muerte. Algunas excepciones, como Gritos y susurros (1972) de Ingmar Bergman, Hunger (2008) de Steve McQueen y Oktober, November (2013) de Götz Spielmann han mostrado el largo recorrido que antecede al instante supremo en que se apaga la última llama. Sin perder su potencial expresivo, La muerte de Luis XIV sucede casi toda ella en planos cerrados en torno al monarca, asistido por un séquito fiel de El momento supremo rostros poco lozanos que le miran con preocupación.

Acorde con el minimalismo que aplica su director, Jean-Pierre Léaud, inmóvil, es capaz de transmitir con el rostro, los ojos, pero también con la voz. Sus gritos agónicos calan pero vienen acompañados de unas notas de humor: el monarca que clama por un vaso de agua, que luego sólo bebería en copa de cristal. La agonía del rey se confunde con el rostro ajado del actor, que muestra un notorio tic en la mejilla izquierda. Llenar casi dos horas de metraje con la agonía y la decrepitud no parece de antemano una propuesta fácil. Sin embargo, la trama mínima se sublima, adquiere otra dimensión, gracias a su tratamiento del sonido: pájaros, una mosca que revolotea en torno a la pierna enferma, una fiesta…, y la luz, que viaja del crepúsculo a la aurora. Detalles nimios que adquieren protagonismo, que se imponen a los asuntos de la época: la política, los permisos de construcción, las asambleas… La muerte trabaja más deprisa que la medicina. Serra aborda esa batalla perdida con una curiosidad muy bien documentada, mostrando los artilugios y tratamientos de la época: la clásica sangría, un brebaje sospechoso o esas maravillosas lentes oculares que les sirven para adelantar un diagnóstico.

 

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