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Mia y Moi, de Borja de la Vega De silencios y espacios.

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Una vieja villa espera la llegada de Mia y Moi. Ella llega primero y, respetando el silencio que durante años ha sido propietario de esa casa, comienza a abrir las ventanas para que el Sol saque a los muebles de su hibernación. Mia sale fuera y enciende un cigarro. Apura una copa de vino blanco mientras se escucha el motor de un coche. Ha llegado Moi, su hermano. Un afectuoso abrazo, largo y lento, rompe por fin el silencio. “Mia y Moi”, la dependencia y protección de dos hermanos que solamente se tienen a ellos mismos.

La película arranca sin contar demasiado, al menos no directamente. Vemos a Moi (Ricardo Gómez), un joven callado, que está siendo tratado con antidepresivos, a causa de un trauma que no se cuenta pero se intuye. A Mia (Bruna Cusi), una joven que ha asumido el rol de cabeza de familia y que trata de ayudar a su hermano a superar su estado. Y a Biel (Eneko Sagardoy), pareja de Moi, que intentará adaptarse y tener un rol de apoyo en esa situación que le es ajena, pero en la que quiere sentirse protagonista. Se intuye un drama familiar, una madre enferma y ahora fallecida, un padre maltratador y homófobo. Soledad y silencio.

A nivel interpretativo, de nuevo Bruna Cusi brilla en la pantalla. Ganadora del Goya a actriz revelación en 2017 por Estiu 1993, consigue liderar una película con una interpretación más que destacable, brillando con gestos pequeños, miradas y matices que no se escapan y hacen que el guion y el filme gane enteros. Ricardo Gómez, por su parte, destaca por momentos en un papel difícil. Un personaje aletargado y grisáceo que sabe llevar con bastante fluidez; aunque es cierto que la dirección hace que desentone por momentos, llevándolo a sitios demasiado comunes y previsibles. En los roles secundarios, tanto Eneko como Joe Manjón (Mikel, el novio de Mia) están bastante más flojos. Eneko logra solventar la papeleta en gran parte del metraje, pero en los momentos más dramáticos no llega al punto exacto. Joe no llega a conectar en ningún momento, haciendo un personaje algo vacío que le resta potencia al filme.

La música redunda, la película se apoya en el silencio y cuando la banda sonora aparece no hace más que subrayar algo que ya se comprende por sí solo. Eso sí, en una de las secuencias, el uso diegético de esta es fantástico, contando el pasado de los protagonistas solo con su sonrisa y un vinilo. El montaje no es del todo orgánico y acaba rompiendo las secuencias entre sí, aunque consigue cierto carisma y estilo cuando la jugada le sale bien. La fotografía, a cargo de Álvaro Ruiz, destaca por su clase, haciendo bailar a la luz natural con el espacio y dotándolo todo de un empaque que liga maravillosamente con la trama.

En definitiva, una película interesante y con buenas interpretaciones. Algo desigual en su estructura de guion (típico en el cine más independiente) que cuenta las cosas sin nombrarlas directamente. Con giros algo tardíos, pero resultones. Buena fotografía y premisa potente. Una buena opción para las próximas semanas.

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