Crítica Turiaportada

NOMADLAND, de Chloé Zhao. Último domicilio conocido.

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Esta joven cineasta norteamericana, toda una realidad con apenas tres largometrajes en su haber, ya nos había sorprendido con una excelente simbiosis entre realidad y ficción en The rider (2018), llevando a la pantalla una historia real en la que las personas se convertían en personajes, una propuesta muy novedosa en una industria más que centenaria cuyo margen para las sorpresas es cada vez más estrecho.

Ahora lo vuelve a ensayar con gran fortuna en Nomadland, la gran triunfadora de la última edición de los Globos de Oro y una de las favoritas en la próxima edición de los Oscars, creando una historia de ficción —aunque sin mucho argumento, todo sea dicho— con solo dos actores profesionales, los inmensos Frances McDormand (omnipresente) y David Strathairn (en un papel mucho más secundario), y el resto con personas reales interpretando sus propias vidas. Una simbiosis nada sencilla que la película resuelve con sobresaliente y que constituye uno de sus grandes atractivos.

Otro de sus activos es la mirada que dirige sobre un universo tradicionalmente excluido de la pantalla, el de los expulsados del sueño norteamericano, personas que viven en caravanas, sin domicilio conocido, vagando por los Estados Unidos al albur de unos trabajos en el límite de la esclavitud y en la apoteosis de la precariedad —con el gigante Amazon citado y descrito explícitamente en la película—, un espacio físico y humano que la película reconstruye con precisión y sensibilidad, con unos seres perdidos en unos paisajes tan bellos como desolados. Un espejo que, inevitable y conscientemente, nos devuelve una imagen de fondo nada desdeñable, la auténtica cara del capitalismo del siglo XXI.

El problema que le encuentro a esta, en cualquier caso, estimable película es la uniformidad en la bondad y la solidaridad en todos sus personajes —una circunstancia puede que «forzada» por la proliferación de personajes reales en la película, a nadie le gusta airear sus pequeñas o grandes miserias, aunque el motivo carece de importancia, lo que cuenta es lo que queda en la pantalla—, sin asomo de las debilidades asociadas a la condición humana y de su inevitable incremento exponencial en situaciones de extrema necesidad. Como comenta un buen amigo cinéfilo en una web que comparto, «todos estos nómadas son iguales, todos son buenísimos, no existe la maldad entre ellos, los cotidianos problemas se resuelven con buena voluntad y generosas sonrisas». El cine social militante de cineastas como Guédiguian, Loach o los hermanos Dardenne siempre deja abiertas las ventanas de estas contradicciones humanas y de clase, sin perder por ello un ápice de su aliento combativo, antes al contrario, ganándolo ya que sus personajes, sus personas, son más cercanos y reconocibles. Son como nosotros.

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