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NOSTALGIA DE LOS FESTIVALES DE VERDAD

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Bailar sentados no es bailar, y menos cuando ya son dos los veranos consecutivos sin grandes citas al modo en que siempre las conocimos

El reencuentro con amigos. El compartir unas cervezas y unas risas. El trasiego entre escenarios. La capacidad de sorpresa que no se agota, por muchos años que pasen. La libertad de movimientos. El atracón indiscriminado, en definitiva, de buena música. Bien, a veces no tan buena, pero es que también de la búsqueda de pepitas de oro entre la maleza se extrae cierto placer.

Todo eso es lo que hemos perdido, hasta nuevo aviso, con el parón de los festivales. Sí, algunos han vuelto como buenamente han podido, y lo han hecho en Catalunya, que para estas cuestiones – y tantas otras – suele ir por delante del resto: ahí han estado el Vida, el Cruïlla o el Canet Rock. Con sus lógicos rigores impuestos. Con sus test de antígenos, sus PCR y sus mascarillas, vocablos prosaicos, asépticamente sanitarios, que han irrumpido en nuestras vidas a chorro y que ni siquiera querría escribir. Pero no es lo mismo. No puede ser lo mismo. Un festival no deja de ser otra cosa. Decididamente.

Y un concierto de rock, también: resulta entre cómico y patético ver cómo gran parte del público jugaba este verano como el gato y el ratón, en un tira y afloja irremediablemente infantil, a ponerse en pie para poder bailar durante unos segundos (sin alejarse un centímetro de sus asientos, a veces unidos por bridas de plástico) mientras el personal de seguridad, generalmente desbordado por la situación, les perdía el ojo. Es una situación que ha ocurrido en varios de los conciertos a los que hemos podido asistir este verano. Porque no es lo mismo un concierto de rock, con su hervor eléctrico, con su invitación a mover las caderas, o uno de música electrónica o tecno rumba, por decir algo, que uno de jazz o música clásica. Bailar sentados no es bailar. Definitivamente. Y un ciclo de conciertos sueltos, diseminados durante días sucesivos, y más en estas condiciones, es todo menos un festival. Por mucho que algunos se hayan celebrado en los recintos donde aquellos solían. Respeto máximo para los promotores que se han jugado los cuartos y han reinventado sus propuestas echándole imaginación y multiplicando su trabajo por dos (a veces por tres) para acabar recaudando la mitad. En el mejor de los casos. Bastante están haciendo ya.

Llevamos ya dos veranos sin motivos de peso para acercarnos a Benicàssim, a Benidorm, al Fórum de Barcelona, a Murcia, a Vilanova i la Geltrú o a Borriana. Salvo momentos puntualísimos. No es el fin del mundo. Desde luego que no. Hay cosas mucho más importantes. Sin duda. Y es de suponer que, dentro de un año, ya en la primavera y el verano de 2022, la añorada vieja normalidad se haya restablecido. Casi por completo. Pero se hace extraño pasar dos veranos sin una clase de evento que no solo se había normalizado en nuestras vidas, sino que se había convertido en parte esencial de nuestra rutina estival. En mi caso, por trabajo. Bendito trabajo cuando se hace a gusto. En el de cientos de miles de personas, por pasión. Por mero disfrute. La festivalización de nuestra escena musical era más que un hecho. Riéndose del anunciado pinchazo de su burbuja, desde hace más de una década.

Soy también consciente de la cantidad de melómanos que no soportan, que nunca han soportado en realidad los festivales. Las aglomeraciones, las largas colas, las multitudes, el bochorno que marca el termómetro, las distancias a veces siderales que les separan del escenario, posibles desajustes de sonido e incluso la coincidencia horaria entre propuestas que les resultan interesantes, como si el exceso de oferta (buena) fuera un hándicap. También del olvido que a veces pesa sobre las salas que programan durante todo el año, las más perjudicadas en este darwinista sistema en el que vivimos: sin ellas, directamente no habrían existido los festivales, estos se nutren de músicos que se curten en ellas. Son el eslabón más débil de una cadena en la que, como ocurre en casi todo, los beneficios van concentrándose cada vez en menos manos.

Pero sigue habiendo algo en la esencia del festival de música que aún me atrapa: la suspensión del tiempo, la pulverización de las cuadrículas en las que distribuimos nuestras rutinarias obligaciones diarias, el subidón de compartir colectivamente una pasión con miles de personas a quienes ni conoces y con quienes posiblemente no tengas mucho en común (o sí), la algarabía gremial, el muchas veces imprevisible feedback entre músicos y público, retroalimentándose en una espiral desbocada, el compartir buenos momentos con gente a la que (desgraciadamente) ves muy poco en los conciertos a los que asistes el resto del año, incluso el peterpanismo plenamente asumido que confieren esos tres o cuatro días que son como un bendito paréntesis, una breve arcadia de felicidad, en unos tiempos en los que los 50 son los nuevos 40, los 40 son los nuevos 30 y los viejóvenes (sí, odioso palabro) son un target de mercado más que suculento. Es muy fácil rendirse a todo eso. Resulta tan pavloviano que a veces paso junto a una pinada con chicharras atronando y me viene Benicàssim a la cabeza. Y sin olvidarme, por supuesto, de que algunos de los mejores conciertos que he visto en mi vida, cerca de la mitad de los que estarían en mi Top 10 particular, los he visto en un gran festival.

Todo eso es lo que echo de menos. Y creo que también lo que echan de menos miles de personas que los siguen necesitando.

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