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PERDIDOS EN LA GRAN CIUDAD: 3004, UNA ODISEA EDITORIAL

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La elipsis más genial de la historia del cine, la escena del simio que lanza el hueso al espacio y éste, dando volteretas, muda en…¡una nave espacial!, obra del Kubrick, viene al pelo como metáfora afortunada de la historia sideral y metafísica de esta publicación única en la crónica de la prensa del entertainment ibérico. La TURIA. Nacida un año antes de que comenzara la guerra de Vietnam y cuatro de que se abriera el mítico pub Capsa 13, la cartelera forma parte indisociable de la intelligentsia indígena. En una elipsis histórica apareció cuando en California era solo una idea internet y cumple más de medio siglo a la llegada de la tecnología 5G. La TURIA como Frascuelo, ha toreado muchos morlacos. Para los futuros historiadores de la prensa de papel, – cuando hayan triunfado los sicópatas del metaverso, palabro siniestro y amenazante, la virtualidad de la inteligencia artificial, el temible poshumanismo, que tendrá que recular, sin duda,  como lo ha hecho el fin de la historia,- la revista será algo parecido a la piedra de Rosetta.

Al principio la publicación se formó como un núcleo de resistencia ideológica y cultural frente al fascismo imperante. De las cenizas de la ciudad republicana, laminada por el franquismo y convertida y un poblet sin identidad, unos intelectuales orgánicos  lanzan la publicación, nada menos que a principios de los sesenta, con una imagen tradicional de la vieja ciudad, las Torres de Quart. Y es de considerar que eligieran esas torres de resistencia al invasor (agujereada de bombas por los franceses) y no el gótico militar de las de Serrans. La primera fase de la publicación rescata para el público local la formula que ya existía en la Europa democrática. Un servicio de eventos y sobre todo, una mirada inteligente sobre el cine. Y son esos escritores de cine, llamados críticos, los que utilizan sus artículos como arma arrojadiza  contra el Régimen Franquista. Vulgarote, miserable, zafio y beato. La ortodoxia de la lucha antifascista de los años 60 y 70 hizo a la Turia intransigente con todo lo que fuera el pasotismo. Era casi un órgano político pero con la característica de su independencia. No escribían académicos, ni siquiera marxistas notorios, los chicos de la Turia eran gente normal y corriente, ni siquiera periodistas, pero si muy leídos y con las antenas siempre puestas más allá de los Pirineos. Mas afrancesada que anglófila, tardó mucho tiempo en aceptar el rock´n roll como animal de compañía. Su dogmatismo musical se ceñía al jazz. El éxito fulminante que tuvo la revista generó envidias en la pequeña sociedad provinciana que fue Valencia en los viejos tiempos. Algunos listos de izquierdas comenzaron a llamarla la turbia. Lo divertido del asunto es que fueron los mismos que luego se pegaban de bofetadas por firmar en sus páginas. Hoy en día, poseer el halcón maltés de la Turia figura en lugar importante del currículum de los premiados, desde escritores, políticos a cineastas. Muchos criticaban su dictadura crítica y su concepción del buen cine. Tenía mucho que ver con su militancia y su espíritu gramsciano. El compromiso, actitud sagrada en los tiempos de la clandestinidad. Escritores ilustrados como el ya hoy legendario Pepe Vanaclocha, Pedro Uris, Antonio Llorens, Antonio Vergara, Pau Esteve, JM. Company, Pepe Aibar, Vicente Vergara, Casimiro Gandía, Rafa Ferrando o Miguel Ángel Pastor, entre otros, convirtieron la cartelera en una publicación más popular que la paella. La política de puntuación de estrenos triunfó. “La Turia le pone un tres. Hay que verla”. Frases como esta se hicieron virales entre los lectores. Y así, con el paso de los lustros y el baile de los siglos la cartelera se dotó de lo que los sociólogos denominan un público cautivo. Seguidores incondicionales de un medio que ha acompañado sus vidas. La revista simboliza la dignidad y fuerza que fundamentan la independencia. Su autonomía cultural para ir acoplándose a los tiempos y las nuevas formas de ver cine. Y siempre a contra corriente, viviendo de la publicidad y de las ventas, que es como debe funcionar la prensa libre y libertina. De la Guerra de Vietnam a la Pandemia, tres mil y tres números que ahora redactan, contra viento y marea, un maridaje entre veteranos y sangre nueva, periodistas jóvenes, con un buen diseño, que siguen luchando a brazo partido por la información y contra el poshumanismo cibernético con aroma a carne podrida. Y la Turia, como el hueso de 2001, dando volteretas en el espacio de la cultura, surcando las procelosas aguas de la política, como Jasón y los Argonautas, sigue saliendo todos los viernes del año, cuelga de los quioscos con sus portadas coloristas, para recordarnos que seguimos vivos y atentos.

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