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PLAZA REDONDA: Demócratas

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“¡Parad el robo!”, ese era el nombre del grupo de Facebook que tuvo que suprimir la red de Mark Zuckerberg por hacer llamamientos a la violencia. El título hacía referencia a la deslegitimación que desde la Casa Blanca estaba haciendo su aún inquilino. Encabezando el grupo figuraba Steve Banon, eco de Trump en las redes, su sombra, la mano que meció su cuna en 2016. Lo nunca visto. Trump y su báculo, un antisistema y su cortesano, dispuestos a cargarse, desde su epicentro, el sistema del que viven y medran para salvar sus egos. A la esperpéntica deriva de Trump no le ha faltado detalle. Hasta hizo un llamamiento para que dejaran de contar los votos. ¡Parad la máquina de la democracia!, me bajo. Dicen que dijo desde debajo de la mesa del despacho oval de la Casa Blanca. Trump ha demostrado ser un niño maleducado que no tolera que le lleven la contraria, ni dejar el poder si no es por la fuerza. Poca sangre de demócrata corre por sus venas.

FAKE

Hasta el 20 de enero Trump será el “pato cojo” que corretee por la Casa Blanca. Una semana después de que Joe Biden recibiera la mayoría de los votos electorales, Trump seguía sin reconocer al vencedor de los comicios. Cuesta encontrar precedentes. La amenaza de una segunda legislatura de Trump movilizó como nunca al electorado estadounidense. Si Biden rompió todos los registros de voto popular, Trump logró mejorar sus resultados anteriores sumando casi cinco millones más de nuevos votantes. Lo cual indica la polarización social que Trump ha provocado con sus políticas populistas, amplificadas por el eco, no sólo mediático, que tienen más allá de sus fronteras. Su vida y su mandato han sido como un show de televisión. No desaprovechó ninguna oportunidad para lanzar un guiño a su entregada audiencia. Incapaz de gestionar la crisis sanitaria causada por la Covid-19, se lanzó por la pendiente de convertir en un fake news su infección por SARS-Cov-2. La mentira como programa electoral. Hizo del uso de mascarillas otro motivo de división. Nada ni nadie frenó su delirio, ni su pulsión tuitera rayando la psicosis. Ahora sus viudas lloran desconsoladas -los Bolsonaro, los Johnson, los Abascal y los Casado- la pérdida de su padrino. Algunos disimulan la pena aplicando la máxima de “a rey muerto, rey puesto”, top ten en el gremio de los cínicos.

Si algo nos está enseñando el auge de las derechas populistas y neofascistas es el poder movilizador que tienen las redes sociales. Hasta ahora nadie ponía límites a las mentiras que circulaban por ellas. Son autopistas por las que cualquier barbaridad corre a la velocidad de la luz. Los medios de comunicación clásicos ya no son referentes. Ahora, gran parte de la población confirma sus creencias mirando las redes. No hay código deontológico que valga, ni censura que limite la libertad de expresar cualquier salvajada.

Bien está que Twitter o Facebook vayan tomando cartas en el asunto. Y que los grandes medios dejen de ser condescendientes. El domingo 8, varios canales de televisión en EEUU cortaron el discurso en directo de Trump cuando, sin tener pruebas, puso en cuestión el escrutinio electoral. Otros prefirieron no cortar, poner un rótulo advirtiendo de las falsedades que se estaban diciendo y una vez terminado el discurso, explicar los motivos de discrepancia. El debate sobre las redes sociales está abierto. Una comisión de la Unión Europea lleva tiempo trabajando el tema. En nuestro país, el Congreso ha aprobado una propuesta de Unidas Podemos para regular el uso de las redes y eliminar con rapidez los mensajes de odio que circulen por ellas. PP y los neofascistas votaron en contra. Ellos sabrán por qué.

DISONANCIAS

Ser demócrata es admitir la discrepancia. La democracia se lleva mal con el discurso único y el cierre de filas. ¿Se puede gobernar en coalición y discrepar de algunas decisiones del gobierno? Parece difícil de entender, pero ocurre. La crisis sanitaria está poniendo a prueba nuestros límites de tolerancia. La segunda ola de la pandemia está siendo más dura porque llueve sobre mojado. Y nos pilla más agotados. Volver a recluirnos no es plato de gusto para nadie. Tampoco es decretar cierres ni toques de queda. Hace unos días, la vicepresidenta Mónica Oltra propuso ampliar las medidas para cortar de raíz el crecimiento exponencial de los contagios. Otros socios de gobierno prefieren esperar, y no tensar más, por ahora, la cuerda económica. Salud o economía, ese sigue siendo el dilema. Pero es que sin salud no hay economía que valga.

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