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¿QUÉ ES LA VIDA SIN UNA PIZCA DE SAL?

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ANDREA GABRIELLI: Los cascos antiguos de las ciudades son un hervidero de atracciones turísticas y, si bien por un lado es algo muy positivo, ya que podemos disfrutar de sus patrimonios históricos y culturales, cuya oferta está bien estructurada y distribuida en museos y rutas urbanas que nos permiten admirar los monumentos y obras de arte que se han ido acumulando a lo largo de muchos siglos, también hay sin duda un lado negativo, la famosa “trampa para turistas”, es decir, la restauración.

Soy de Roma, posiblemente la ciudad más turística del mundo, y se muy bien de lo que estoy hablando. Miles de locales concebidos para acoger a un cliente “one shot“, que vendrá una vez sola en su vida y que, por lo tanto, no merece ningún esfuerzo o inversión en calidad, ya sea que hablemos de producto o de servicio. Lo único que se vende es la location: cuanto más cerca de un hito emblemático mejor, porqué ahí se vende el lugar o las vistas con encanto por encima de una gastronomía que esté a la altura de esa privilegiada ubicación. Comer bien en el corazón histórico de nuestras ciudades más turísticas es algo bastante complicado, sobre todo si no queremos caer en estas trampas. De hecho, los mejores establecimientos suelen ser los menos vistosos y muchos, están casi escondidos, apartados de las miradas de hambrientos visitantes llenos de expectativas generadas por los cientos de video-tutoriales en YouTube y donde improvisados guías nos recomiendan lugares para ir a comer y gastar nuestro dinero. Ya, porqué esto de consultar internet muchas veces se convierte en un auténtico boomerang. Basta con pensar en el Tripadvisor y sus comentarios muchas veces fuera de lugar, a menudo dictados por una rabieta momentánea y que, en ocasiones, no son nada fiables. Nos movemos en verdaderos campos de minas y seguramente casi todos hemos sufrido en alguna ocasión  un “robo a mano armada” o “sablazo” en nuestras vacaciones, aunque nos hubiéramos preparado a conciencia para evitarlo.

Es por esta razón que, cuando encontramos un restaurante en el centro histórico, es más, incluso justo delante de un monumento famoso, con una encantadora terraza y donde se come bien y se paga lo correcto, nos hace muchísima ilusión. Es el caso de La Pizca de Sal (Pl. Santa Úrsula n.3) que se encuentra exactamente delante de las Torres de Quart en el barrio del Carmen. Multitud de veces he pasado por delante y nunca me había fijado en él (grave error), por mis prejuicios hacia los restaurantes en estos enclaves tan turísticos. Este local está ahí desde hace muchos años y para mi era como si no existiese. Hace muy poco, fui a comer con mis compañeros de la Cartelera Turia y me di cuenta de como esos prejuicios pueden ser a veces muy injustos y dañinos. La terraza, en la plaza peatonal de Santa Úrsula y que está justo bajo la sombra de las imponentes torres, es preciosa. La cocina tiene una oferta pensada para el turista, por supuesto, pero también para el valenciano, ya que propone tapas tradicionales, con un toque moderno, y unos arroces muy bien hechos, respetuosos con las tradiciones de la ciudad. Lo más práctico es pedir el “menú La Pizca de Sal” que prevé tres entrantes para compartir: nosotros tomamos una ensalada con queso de cabra crujiente, brotes verdes, nueces, pasas y confitura de tomate, unos mini canelones con rabo de toro muy sabrosos y calamares a la romana súper tiernos. Continuamos con un plato principal a elegir entre bacalao gratinado, solomillo ibérico, muslo de pato, arroz a banda o paella valenciana (estos últimos mínimo dos personas) y, para finalizar, un postre a elegir (recomiendo la tarta tatín, exquisita) . Todo por 19,50€. Como plato principal elegí una paella valenciana, porqué creo que si tenemos que medir la bondad de un restaurante valenciano es el plato clave. Un poco como cuando voy a una pizzería y pido una margherita, la más sencilla en teoría, pero que nos revela si el sitio vale la pena.

Y bueno, pues sí, la paella fue un acierto, nos encantó su sabor y punto de cocción . Repito, una verdadera sorpresa que me ha hecho replantear mi idea de restaurante turístico. En definitiva, además de esa inmejorable ubicación, una excelente relación calidad-precio y muy buen servicio. De hecho, tiene también su gracia sentirnos un poco turistas en nuestra ciudad pero claro, sin tener miedo a que nos vayan a clavar por comer mal o ser mal atendidos. Nos veremos en la magnífica terraza de La Pizca de Sal, porqué yo seguro que volveré con la familia.

 

 

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