RELATO “90 DÍAS DESPUÉS”: APARTAMENTO EN VENTA

DOLORS LÓPEZ: Volví a llamar al número telefónico de contacto  que un tal Aurelio había dejado en el portal de compra-venta donde está publicado mi apartamento. Otro más, pensé. Preguntan, marean, molestan, y luego nada.

Al día siguiente seguía sin contestar mis llamadas y opté por dejarle un mensaje en el correo electrónico que adjuntaba.

Dos o tres días después ya me había olvidado del contacto, del mensaje y de Aurelio, por eso me sorprendió una llamada del número que había grabado con su nombre.

-¿Sí?

-Dígame, llamo usted.

-¿Es usted Aurelio?  Le contestaba por su interés en la compra del apartamento que tengo en venta.

-Ah, bueno. No me interesa.

Sentí estupor.

– Y entonces, ¿por qué se puso en contacto conmigo?

-Mire, estoy en otra cosa. Gracias, buenos días.

-¡Pero, oiga!

Clic.

-¡Habrase visto! En fin. Volví a mi trabajo.

Habían pasado unas semanas cuando el desagradable sonido del móvil, en medio de la lectura de una novela apasionante, me sacó de escena violentamente. Olvidé apagarlo, y por lo que me mostraba la pantalla, también había olvidado borrar el nombre de Aurelio en la agenda.

Ignoré la llamada y sentí como la rabia ascendía hasta mi cabeza. Solté un bufido de ira y cerré el libro.

Incapaz de volver a introducirme en el relato, me di por vencida y decidí cambiar de planes. Acudiría al almuerzo que mi grupo del gimnasio había organizado. Querían celebrar el final del confinamiento.

Cerca del restaurante, de nuevo, una llamada del móvil.

En posición de ataque, fulminé con la mirada el número que volvía a aparecer como una maldición. Estaba segura que era él de nuevo.

-¡Qué!

-Aló ¿vous ets qui?

-Escuche, ¿se puede saber a qué está jugando, Aurelio? Está  pasando el límite que  la cortesía soporta, y usted lo sabe.

-Tengo una llamada suya…

-¡No, no tiene ninguna llamada mía! Le ruego que no vuelva a molestarme, y se lo digo seriamente.

Mis compañeros se sorprendieron al verme aparecer y me recibieron con tal alegría, que borraron mi gesto contrariado por el absurdo incidente del teléfono.

Nunca antes  me había integrado así en un gimnasio. Unas horas de ejercicio semanal juntos nos transformaron en un grupo agradable y cálido de personas que comparten lo que quieren, entre risas y gemidos de queja por el esfuerzo. Todos tenemos nuestro lugar y nadie sobra. Notamos la ausencia de quien no ha venido, y celebramos su vuelta como la de un hijo pródigo.

La comida se prolongó con las confidencias de lo vivido en la experiencia del aislamiento. Hablábamos ya por grupitos, y conté, en el mío, la situación absurda con el tal Aurelio.

-Ese tío quiere algo, dijo David. -No me gusta ni un pelo el jueguecito. Ve con cuidado, Gemma, no se te ocurra quedar con él para nada.

David cuida de nosotros además de cuidar del gimnasio. Más que el dueño, parece nuestro hermano protector y cómplice. Me inquietó su observación. Ciertamente era un comportamiento desconcertante, pero no quería darle más importancia.

Esa noche dormí mal, a trompicones. No recuerdo que estaba soñando cuando la señal de un mensaje entrando en el móvil vibró sobre la mesilla de noche.

-“¿Puede mostrarme el apartamento mañana por la mañana?”

Sentí un vacío lleno de miedo en el estómago.  Creí ver el peligro agazapado tras la pantalla. De alguna forma, el insidioso Aurelio, había conseguido hacerme sentir perseguida.

La noche terminó para mí y desayuné una ensaimada seca del día anterior. Sentí el impulso de ir al apartamento, en un intento por retomar el control de la situación. Traspasé la puerta del garaje cuando las luces de las farolas se apagaban.

Inquieta y asustada, abrí la puerta con precaución. Una nota escrita a mano disparó desde el suelo toda la adrenalina de mi cuerpo.

“HE VUELTO DEL PASADO Y ME VOY A QUEDAR EN TU PRESENTE”

AURELIO.

-No he tenido relación con ningún Aurelio, le dije al comisario. Aquí tiene la nota y todos los detalles.

-Le pondremos una vigilancia discreta. Avísenos si vuelve a contactar con usted de alguna forma.

Salí de la comisaría un poco más tranquila, pero en alerta.

Aguanté el merecido “ya te lo dije” de David. No debí acudir al apartamento.

Al cabo de unas semanas había olvidado el suceso.

Nos habíamos ganado unas cervezas sudando en la clase del día, y al aproximarnos a nuestro “bar de referencia”, quejándonos por anticipado de las agujetas que tendríamos al día siguiente, vimos como dos coches de la policía con varios agentes detenían  a un hombre.

La escena congeló toda la sangre de mi cuerpo cuando el detenido volvió la cara hacia mí. Era Enrique, un turista que conocí años atrás en un viaje organizado por los países bálticos. Le recordaba taciturno, extraño, y siempre pegado a mí. Más de una vez tuve que recurrir a la guía para que me dejara tranquila, y en una ocasión me dijo, ante varias personas, que no me libraría tan fácilmente de él.

Y lo cumplió.

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