JUAN SINCOCHES: En los libros de historia, cuando se recuerde la DANA que arrasó la Comunitat Valenciana en octubre de 2023, probablemente no se hablará solo del agua, del lodo ni de las casas devastadas. Quizá ni siquiera se hable ya de las víctimas. Lo que permanecerá, si aún quedan periodistas con coraje o ciudadanos con memoria, será el escándalo de los silencios.
Silencios administrativos. Silencios institucionales. Silencios condecorados.
Porque lo que ha hecho el gobierno de Carlos Mazón no es solo un despropósito. Es una operación de blindaje político con honores. Una ceremonia del silencio. Una medalla por callar, otra por mirar hacia otro lado y una tercera por saber desaparecer con elegancia.
El gobierno valenciano ha decidido otorgar la medalla al mérito policial a los escoltas que acompañaron a Mazón durante el día de la DANA y los posteriores. El mismo día en que miles de valencianos veían sus casas inundadas, su ganado flotando entre barro, sus vidas colapsando, el president de la Generalitat desaparecía de la escena pública para reaparecer horas después, tras una comida en El Ventorro. Y ahora, sus escoltas serán premiados. ¿Por qué exactamente? ¿Por protegerle de la lluvia? ¿Por no decir dónde estuvo? ¿Por no dejar constancia de sus pasos?
No hay ironía en esto. Hay indignación. Sobre todo cuando sabemos que las grabaciones del Palau de la Generalitat de ese día han sido borradas. El Consell asegura que fue por protocolo legal. Que el sistema sobreescribe automáticamente pasados 15 días. Pero nadie pidió copia. Nadie preservó nada. Nadie encendió la alarma cuando la oposición exigió revisar esas imágenes clave que podrían haber esclarecido el paradero del president durante las horas cruciales de la emergencia.
Y aún más insultante: entre los premiados podría estar la responsable de seguridad del Palau, precisamente quien debía custodiar esas imágenes. Es decir, se borra la prueba y se premia a quien debió protegerla. Se blanquea el archivo con una medalla blanca. En lugar de una investigación, un galardón. En lugar de transparencia, una ceremonia.
El otro silencio viene con nómina. La exconsellera Salomé Pradas, la principal imputada en el caso de la DANA, ha sido fichada por la Universidad Internacional de Valencia (VIU), aquella que fue pública hasta que el PP decidió venderla a precio de saldo. Ahora Pradas vuelve como colaboradora externa, en un contrato de esos tan cómodos como opacos, sin relación laboral fija, pero con acceso a correo institucional, funciones docentes y, por supuesto, un sueldo.
La contratación, que se gestó antes de su imputación, se ha realizado con tal discreción que ni la universidad ni los responsables quieren dar explicaciones. Mientras tanto, Pradas alega que vuelve a su “vocación” académica, como si no fuera una de las responsables políticas de la desastrosa gestión de la emergencia climática que dejó zonas devastadas y barrios desatendidos. Como si la política pudiera abandonarse como quien se quita una chaqueta manchada para ponerse la bata blanca de profesora.
Todo esto se parece demasiado a una estrategia. El escándalo se sofoca con un título académico. La falta de responsabilidad se disfraza de premio al servicio. La pérdida de memoria institucional se justifica con normas técnicas. Y la opinión pública, esa que debería alzar la voz, es sepultada bajo una montaña de cifras, de tuits triunfalistas y de actos solemnes.
Pero el problema de los silencios es que son frágiles. Tarde o temprano alguien los rompe. Porque no todo puede taparse con galardones y contratos. Porque las víctimas de la DANA siguen esperando respuestas. Porque la verdad sigue enterrada, sí, pero no muerta. Porque hay preguntas que siguen abiertas:
—¿Dónde estaba el president Carlos Mazón durante las horas clave de la emergencia?
—¿Quién decidió no preservar las imágenes del Palau?
—¿Por qué se premia a quienes custodiaron ese silencio?
—¿Con qué criterio se ficha a la principal imputada del caso en una universidad?
—¿Por qué se castiga a quienes denuncian y se condecora a quienes callan?
No es solo una cuestión de ética. Es una cuestión de democracia. Porque cuando se institucionaliza el silencio, cuando se premia la opacidad y se castiga la verdad, lo que se pone en peligro no es solo la memoria, sino la confianza.
Y sin confianza, no hay futuro posible para ningún pueblo. Solo silencio. Silencio como niebla. Silencio como barro. Silencio como lápida.

