Música

The Flaming Lips y la cara oculta de la luna americana

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En esencia, todos somos niños. No importa la edad que muestre nuestro DNI. Y no nos importa que nos cuenten la misma película una y otra vez siempre que su estética y su espíritu formen parte del ADN cultural que fuimos solidificando – porque con eso no se nace: se hace – desde que empezamos a tener algo parecido al uso de razón. Los Flaming Lips lo saben, no hay más que ver la pinta que se gasta su líder Wayne Coyne a sus 59 años. Es más, no ha sido padre hasta hace poco más de un año. Y ya saben lo que dicen de los niños grandes, que nunca dejan de serlo hasta que ellos mismo son padres. Y a veces, ni eso. El caso es que su banda, que son algo así como los Pink Floyd del siglo XXI (nadie puede reclamar ese trono con más derecho), acaban de publicar un nuevo disco – el 16 de su carrera, siempre que exceptuemos los directos y colecciones de versiones – que certifica esa realidad, más irrebatible que nunca en tiempos de pandemia: todos desearíamos vivir para siempre en una fantasía de Disney, o en su defecto quedarnos atrapados en el bucle nostálgico que generan esos sonidos con los que crecimos y nos convertimos en adultos. Es el hormigueo que nos recorre el estómago cada vez que escuchamos los primeros segundos de “Race For The Prize”, una de las mejores y más populares canciones de los Flaming Lips, que es como el sonido de la infancia eterna: no se pierdan (está en youtube) el videoclip que grabaron para el show de Stephen Colbert hace unos meses con cada miembro del público sumido en su propia burbuja de plástico, al igual que ellos desde el mismo escenario. La solución definitiva a los contagios. ¿Hay algún otro grupo en el mundo capaz de hacer eso sin inspirar ridículo?

La psicodelia también va de eso, y la música de la banda de Oklahoma lleva tantos años enredada en esas texturas lisérgicas y en esas letras que versan sobre galaxias, universos paralelos, castillos inexpugnables, robots traviesos, unicornios, ranas con ojos diabólicos, asesinos de la juventud (así se llama una de sus nuevas canciones) y la recomendable tentación de traspasar los umbrales de la percepción racional que parece mentira que a estas alturas, casi cuatro décadas después de formarse como banda, aún puedan expedir trabajos tan fascinantes como el reciente American Head (Bella, Union/PIAS, 2020), uno de los artefactos sonoros más magnéticos de lo que llevamos de este funesto año.

Los Flaming Lips son a la música pop lo que Steven Spielberg al cine: una marca fiable y espectacular, instantáneamente reconocible, hacedores de viajes imaginarios que retienen la capacidad de combinar producciones abiertamente comerciales con desvíos del guion algo menos asequibles para el gran público, surcados por una firma de autor. Creadores de obras con vocación de blockbuster y de otras que denotan mayor complejidad y por ello demandan la complicidad de un público iniciado en sus claves. Pero casi siempre transportándonos a mundos menos prosaicos y rutinarios que este en el que vivimos. Siempre necesarios. Aún.

Hablamos de un disco que combina (desde su título) la relación de amor-odio que todo norteamericano debe sentir en estos tiempos de derrumbe del imperio por mor de la estupidez de su actual presidente – los últimos de Drive-By Truckers también conjuran estupendamente esa comezón en sus últimos trabajos – con el retorno a los recuerdos de infancia de su líder en la Oklahoma de los años sesenta y primeros setenta. Con la familia como crisol de voluntades y única religión en la que vale la pena creer.

Si esto fuera Spotify, les diría que esto les gustará si son ustedes asiduos de los discos de Neil Young, David Bowie o cualquier maestro de la psicodelia de los sesenta y setenta. También les puedo decir que es el disco de los Flaming Lips mejor enfocado en mucho tiempo, el menos disperso, el que más hechuras tiene de clásico, el que más números tiene para ser recordado durante los próximos años y descansar junto al grandísimo The Soft Bulletin (1999) y el notable Yoshimi Battles The Pink Robots (2002). Échenle el guante si quieren escuchar alguna novedad discográfica proteica y no saben por dónde empezar, si buscan un disco en el que sumergirse y no simplemente utilizar como música de fondo mientras hacen cualquier otra cosa. Háganse el favor.

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