UN PLAN MARSHALL PARA LA CULTURA

PAU VERGARA: La cultura es el reflejo de un país. En los grandes países la cultura es un tema de Estado. Nuestros vecinos del norte siempre lo han tenido claro, la cultura es la savia que recorre el alma de los franceses. La protegen, la miman e invierten en cine y teatro cantidades ingentes de dinero para mantenerla. Nadie lo discute porque la cultura es identidad y también es industria. Es alma y es pan, nos define y nos da de comer. En España ninguna de estas cosas han estado claras. Hace varios años un grupo de productores fueron a reunirse con el recién nombrado secretario de Estado de Cultura, José María Lasalle, para hablar del apoyo a la cinematografía. “Hombre ya vienen a pedir los del No a la Guerra”, les espetó, mirándoles a través de sus pretenciosas gafas. La cultura en España nunca se ha entendido como una prioridad de Estado, a pesar de que aporta el 3,2% del PIB español y genera 690.00 empleos, según datos anteriores a la crisis del Covid19. Desde la derecha y sus medios se ha transmitido la imagen del “titiritero” pedigüeño que vive de las subvenciones, una imagen que ha calado en una parte de la opinión pública y que no hemos podido, sabido o querido combatir. Desde la izquierda tampoco se ha creído en la cultura como prioridad de Estado. Al final, la cultura es pensamiento, es crítica, es

inconformismo y ya se sabe que eso al poder no le gusta. Desde aquí quiero recordar a la ministra Carmen Alborch que se ganó el respeto de buena parte de la profesión, simplemente porque se creía la importancia del proyecto cultural. Ya lo he escrito en algún otro artículo, acudía a cualquier evento de música o de teatro, de danza de cine o de libros , demostrando su apoyo y compromiso con las personas que conseguían ofrecer públicamente el resultado de sus trabajos. Siempre recordaré el día que estrenamos en Madrid el modesto largometraje documental Más allá de la Alambrada y apareció Carmen a última hora tocando el vidrio de los cines para que la dejaran entrar. “Disculpa, pero es que termino de llegar en AVE”. Los gestos valen más que mil palabras y Carmen personificaba ese compromiso. Pero además de los gestos, la cultura, las industrias culturales necesitan dinero. ¿Se acuerdan de la imagen de Alemania Año cero, de Rossellini? Un Berlín desolado tras la Segunda Guerra Mundial, un niño que sobrevive a duras penas entre escombros y destrucción. Así está el sector cultural en España.

En ruinas. Y no quiere decir que no haya gente imaginando otros mundos, otros personajes, otras realidades que ayuden a entender la vida, desde el humor o desde el drama y la tragedia. La creación artística nunca muere. Ni en los peores momentos de la historia se ha dejado de crear. La creación es algo innato al ser humano y es lo que nos hace únicos como especie. Pero la cultura necesita que desde los organismos públicos se dote a los creadores de esas estructuras y de esa financiación para hacer de la creación una profesión, un oficio, una forma de vida. La cultura necesita un plan Marshall, una inyección de dinero público que permita sobrevivir con dignidad a los creadores y hacer que lleguen sus propuestas a la sociedad. Si se me permite la metáfora, la cultura no quiere comer los restos de otros. Es lo que sugiere la película El Hoyo, una de las sorpresas cinematográficas del año que recomiendo vivamente. Queremos estar en los primeros puestos porque somos industria, somos creación, somos cultura y somos la identidad de un país. Entretenemos, hacemos pensar, escuchar y sentir. España no es nada sin sus creadores, sin sus cineastas, sus pintores, sus actores, escritores, músicos, bailarines, teatros, librerías, museos, payasos y titiriteros. No nos dejen atrás. Aprovechemos el shock para generar una primavera cultural que perdure y sea recordada. Aún estamos a tiempo.

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