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VALENCIANOS Y CATALANES, EL ETERNO MALENTENDIDO

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA: Ellos nos parecen prepotentes, soberbios, distantes, imperialistas. Nosotros les parecemos ruidosos, festeros, inconstantes. Así, a lo bruto. ¿Exagero? Claro. ¿Estereotipos? Sin duda. Pero siempre entrañan algo de verdad. Como las odiosas fake news, que pueden ser una apestosa patraña pero cifran en su verosimilitud (que no veracidad) su poder de atracción. Cada vez que escucho a algunos valencianos hablar sobre los catalanes, así al peso, o que paso unos días en Barcelona departiendo con amigos de allí, me apena el profundo desconocimiento que aún impera a ambos lados del Sénia. Al menos en algunos aspectos. Ya sé que de todo hay. Pero durante una de mis últimas visitas escuché a amigos barceloneses decir que Madrid supera de largo a Barcelona en oferta museística y teatral y que su ciudad no deja de ser como una especie de pueblo grande en el que todos – al menos en ciertos ámbitos – ya se conocen. Sienten que se les queda pequeña. No detecté un particular orgullo cívico. Del lejano procés ni se habla. No por tabú, sino por demodé. Se lo tragó la historia. Acabamos, eso sí, escuchando el “Himno de la paella” de Chimo Bayo: a la primera tiene gracia; a la tercera, cansa. Salió el tema y la pusimos. Somos así. Los vecinos revoltosos del sur. Los chisposos bon vivants con quienes pasar el domingo haciéndote unas risas. Tampoco mucho más. Lo sé, generalizo otra vez.

Pienso en todo esto tras leer uno de los capítulos del nuevo libro de Santi Balmes, Un día en mi cabeza (2024): uno llamado “Canciones en catalán. Para coger ganas de montar un imperio y destruir al resto de la humanidad”, que para mí es lo mejor de sus 192 páginas. Una descripción muy gráfica y atinada, rebosante de sentido del humor, de lo que significa ser un músico catalán de cierto éxito en toda España cantando en castellano. Dice: “El día que saque un disco en catalán soy consciente de que muchos no lo escucharán: los mismos a los que no les gusta que se escriba, se hable o se piense, y ahora que lo pienso, teniendo en cuenta la polémica eterna entre catalán, valenciano y mallorquín, un día de estos propondré a los eruditos del país que creen una denominación nueva, algo así como “mediterrani”, en la que todos se sientan a gusto y santas pascuas: a mí me da igual, escuche a Antònia Font o a Zoo, lo entiendo igual y lo siento de la misma manera”. Y es que hay que reírse. No queda otra. Ningún argentino, peruano o mexicano se avergüenza de decir que habla español. Ni siquiera pesan los excesos de la conquista. Ni los miles de kilómetros de distancia. Aquí el PP envía por error a su electorado valenciano una propaganda en catalán oriental, como redactado en Barcelona, y se siente obligado a disculparse.

Aquí aún hay quien piensa que desde arriba pretenden invadirnos (o no lo piensa pero agita ese viejo trampantojo de primero de populismo: el enemigo exterior), cuando allí ni se detienen a pensar en nosotros, que bastante tienen ya con sus problemas. Que no son pocos. El recambio institucional de 2023 ha resucitado el cansino latiguillo: que si hemos acabado con el prusés valenciano que impulsaba la izquierda, que si el nacionalismo es inconstitucional (como si las nacionalidades que integran el estado no estuvieran reconocidas precisamente en la Constitución), que si lo de País es ofensivo (como si no lo consagrase nuestro propio Estatut d’Autonomia), que si no mos fareu catalans y demás zarandajas, algunas directamente acientíficas. La defensa iracunda del valenciano por parte de quienes nunca lo hablan. Un Back to the seventies en toda regla, como esas recopilaciones de éxitos de Queen, Elton John o Village People. Solo falta que resuciten a Paquita Rebentaplenaris. Cuesta creer que hayamos avanzado tan poco. Quiero pensar que es una cuestión solo política, que la gente en la calle está a otras cosas, que ya toca. Tampoco ayudan ciertas declaraciones de políticos catalanes que apenas pisan València más que para hacerse la foto el 9 d’octubre, desconocedores de que en el ranking de comunidades autónomas con mayor sentimiento autonomista, la nuestra está a la cola desde hace años, por debajo incluso de muchas que no tienen lengua propia más allá del castellano. Revelan una profunda inopia.

Durante años me asombró la distancia que separaba las programaciones de Canal 9 y TV3. Eran los años noventa, y si había que hacerse una idea de cómo eran nuestras sociedades a través de sus televisiones públicas, no podían ser más opuestas. Esa brecha ya no es tan visible: nadie está a salvo de repetir determinados vicios. Nadie está para dar lecciones. Pero sus modelos eran entonces tan sideralmente lejanos como los mapas electorales que brotaban de sus urnas. En esencia, es imposible que fuéramos tan distintos. Un vistazo a la disposición radial de las comunicaciones en España – lo de los trenes de alta velocidad es sangrante – bastaría para convencernos de que es mucho más lo que tenemos que reivindicar en común que lo que nos debería alejar. Por no hablar de una lengua compartida, un carácter mediterráneo con sus peculiaridades, un flujo cultural de ida y vuelta que nos debería fortalecer. Pero las molestas interferencias entre norte y sur, a veces muy inocentes y otras muy interesadas – qué bien les viene todo esto en el centro, y lo dice alguien que nació y se crio en Madrid y tiene a media familia allí – siguen estando ahí. Nos queda, que no es poco, la franqueza del diálogo de tú a tú, las verdades del barquero que aún podemos cantarnos entre amigos de aquí y de allí, cerveza o gin tonic en mano. Y si es sin Chimo Bayo sonando de fondo, mejor todavía.

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