ENTREVISTA CON FERNANDO DELGADO, AUTOR DE “EL HUIDO QUE LEYÓ SU ESQUELA”

JOSÉ MANUEL RAMBLA: Hace años que Fernando Delgado se trasladó a vivir e Faura, un pequeño pueblo del Camp de Morvedre. Aquella decisión terminó convirtiéndole en diputado del grupo socialista en Les Corts. Ahora acaba de presentar su última novela El huido que leyó su esquela. Con ella cierra su Trilogía del Ahogado. Juan Cruz ha dicho que esta es tu novela más arriesgada, ¿estás de acuerdo?
Seguramente piensa que es la más íntima, cuyo origen puede formar parte de cierto territorio secreto familiar. Y desde ese punto de vista humano, de una persona que me conoce mucho, entiende que es la más arriesgada. Pero tengo novelas más arriesgadas literariamente, como Exterminio en Lastenia. En cualquier caso, la literatura está para arriesgarse, aunque no sé hasta qué punto nos arriesgamos poco o mucho.
Aunque el franquismo aparece en un muy segundo plano, la huida del protagonista es más existencial, ¿no? Algún lector ha entendido que era la novela de un huido del franquismo y no lo es. Es más, quien le incita a marcharse es el comandante de la guardia civil, que no puede ver al cacique. Pero el protagonista no es un hombre politizado, aunque como hombre interesado por la cultura su sensibilidad no tiene nada que ver con la del franquismo.
Es posible huir del espacio, pero ¿se puede escapar del tiempo, de la vida?
El protagonista es un hombre con una especial sensibilidad y la huida está en él desde el primer momento. No encuentra su lugar en el mundo, entre otras cosas porque su madre muere cuando nace y su verdadera madre ya es una tía. Busca su identidad, trata de construirla y se descoloca en esa construcción. Hay una inestabilidad construida por las emociones.

¿Cuánto hay del Tenerife vital de Fernando Delgado en esta novela?
Está en la isla y en algunos aspectos autobiográficos que tienen que ver con mi padre. Esta trilogía me la motivó una anécdota personal: en la playa del pueblo de mis abuelos había un chico que se empeñaba en contarme que mi padre se había ahogado allí, o había huido por allí
como me decía otras veces. A mí, la verdad, me preocupaba poco no tener padre porque con mi madre me entendía muy bien, éramos como una sola persona. Pero a pesar de ello siempre pensaba en que él había desaparecido allí. Y algunas veces, ya de mayor, paseando por aquella
playa, me parecía sentir su presencia en el rumor del mar. Esta novela culmina a tu Trilogía del Ahogado. Cuando escribí No estabas en el cielo, la primera novela de la trilogía, quise empezar por mi padre, aunque él no era el personaje. Luego pensé en una novela de la madre e incluso tengo fragmentos de una que no tengo interés en continuar. En ella no estaban el mar ni el ahogado, era tan autobiográfica que no quería ahogados de ningún tipo. Esos temas sí están en Isla sin mar, la otra novela de la trilogía, donde aparece una abuela muy literaria, como la mía. Pero la trilogía solo comparte el ámbito. No son novelas con continuidad, aunque quizá ésta última y la primera tengan más relación.

¿Hay algo de huida en tu decisión de trasladarte a vivir a un pequeño pueblo valenciano?
No. Para mí las patrias se organizan en mi corazón, en mi mente. La isla también es un territorio emocional. Creo en un mundo abierto. En todo lugar me puedo encontrar a gusto, con toda la gente del mundo puedo compartir ideas y emociones. Puedo ir de un lado para otro
sin sentirme ajeno. Por eso no soy nada nacionalista, ni voy con banderías. No es nada de carácter ideológico o político. Es sencillamente mi condición humana.

Tu protagonista debe convivir con varias identidades. Tú has sido periodista, locutor, escritor, ¿cómo llevas esa pluralidad vital?
Fui periodista porque quise ser escritor y quise ser escritor porque había leído periódicos desde pequeño. Después mi abuela me regaló unos cuentos de Dickens y aquello forjó mi relación con la literatura. A los 13 años fui a la Hoja del Lunes de Tenerife con un poema. Como era tan insistente y les hice gracia, no solo me lo publicaron sino que acabé yendo por aquella redacción como Pedro por su casa. Y me fui quedando. Luego, al cambiar la voz de niño, al ir a hacer un programa de radio en el colegio descubrieron que tenía buena voz. Les gustó tanto que quisieron que me quedara. Todo fue fluyendo. El periodista, el escritor, el locutor siempre han estado juntos, conviviendo, ayudándose. Ahora también político. Cuando me ofrecieron ser diputado me acordé de Galdós y me dije: si él lo fue y tuvo tiempo para escribir… Mi familia y mis grandes amigos eran socialistas, así que siempre pertenecí a la familia socialista. Estuve implicado políticamente durante el franquismo, sobre todo haciendo de mi casa un falso nido de delincuentes. Pero nunca milité. Ahora, con esta situación de los socialistas, noto que ser militante debe de ser útil. Y a lo mejor está bien hacerse militante de viejo, cuando ya no aspiras a cargos, ni a pertenecer a ninguna cofradía interna. Aunque, la verdad, no conozco a nadie que se haya hecho militante a los 70 años.

¿Qué tal tu experiencia en Les Corts?
Son muy buena gente conmigo, me tienen cariño y yo a ellos, a gente de todos los partidos. Pero hay cosas que resultan muy limitativas. Yo, por ejemplo, que llevo temas culturales, entiendo que desde un partido de gobierno hay cosas que no puedes proponer porque no puedes generar dificultades a los que vienes a apoyar. Y para los del otro lado, la cultura es a menudo postureo puro.

Has dicho que algunos confunden un verso con un tuit, ¿cómo ves este boom de la poesía que dicen que vivimos?
De repente es como si hubieran descubierto una nueva poética. Ahora resulta que la poesía no era aquello tan complicado. Como si no hubiera nacido en el pueblo, no hubiera estado en calle, no estuviera en la canción; como si fuera una cosa de intelectuales. Y de repente descubren que la poesía es la literatura de la brevedad. La brevedad de la gilipollez. Es insultante que sometan a la poesía a esa comparación. Para su bien, la poesía no necesita ser más moderna después de San Juan de la Cruz.

Tu próximo libro vuelve a tratar de exilios, aunque en este caso literarios.

El libro se llama Mirador de Velintonia. De un exilio a otro y se articula en torno a Vicente Aleixandre. En el año 70, Neruda pasó por Tenerife y dijo una cosa que me llamó la atención: que le gustaría volver a la casa de Velintonia de Aleixandre. Para mí eso se constituyó en una obsesión. Más tarde, gracias a José Luis Cano y Carlos Bousoño, entré en la casa de Aleixandre. Era un espacio de intercomunicación para la vida literaria del exilio interior. Allí conocí a mucha gente, a Max Aub, Aranguren, Rosa Chacel, Gil Albert… El libro habla de aquella gente y de los alrededores de Velintonia, como las veladas en el Café Oliver, para terminar con materiales de una entrevista a Aleixandre.

Foto: García Poveda

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