JAVIER VALENZUELA, AUTOR DE LIMONES NEGROS: Me gusta la actitud de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil

JOSE MANUEL RAMBLA: Javier Valenzuela ha sido prácticamente de todo en el periodismo: cronista de sucesos, corresponsal en Rabat, París, Beirut, Washington del diario El País, fundador de Tintalibre. También es colaborador de la Cartelera Turia. Ahora, alejado de la primera línea del periodismo, acaba de presentar su segunda novela negra, Limones negros, una historia con Tánger como fondo y la corrupción española como trasfondo.

¿Cómo te surge este embrujo por Tánger?

Cuando era corresponsal de El País en Rabat en los 80. Tenía que viajar a Tánger y veía que era la ciudad más liberal, abierta y golfa de Marruecos, cosas todas ellas que me gustaban. Su condición de ciudad entre Europa y África, entre el Atlántico y el Mediterráneo, su tradición internacional. Así que cuando podía me escapaba a Tánger a respirar. Y desde entonces no he dejado de hacerlo. Luego, cuando ya dejé el periodismo como primer actividad y quise escribir novelas, pensé que también era un sitio estupendo porque a pesar de que está a 17 kilómetros de Tarifa ya es Oriente. Es el Oriente más próximo que pueda tener un español, lo que te permite la sensación de estar en otro mundo, en otro tiempo.

¿Escribir sobre la corrupción española no es arriesgarse a quedarse corto?

Totalmente. Cuando estaba escribiendo Limones negros, lo que yo contaba no llegaba ni de lejos a la realidad que veía en las informaciones periodísticas. Una novela tiene que ser verosímil, pero la realidad no lo necesita. Y la corrupción en España es inverosímil desde el punto de vista literario: un cuñado del rey, un vicepresidente económico y director del FMI, directivos de instituciones financieras, presidentes autonómicos, alcaldes…

Hasta un yonki del dinero se cuela en la novela.

¡A quién se le va a ocurrir un personaje tan increíblemente literario como el yonki del dinero! O que un corrupto con un millón de euros en un altillo le diga a la Guardia Civil que se lo había dejado un fontanero. Eso lo pones en una novela, se lo llevas a un editor y te dice que no se lo cree nadie. La realidad de la corrupción española supera la imaginación más fértil. La novela negra está de moda, pero en tus libros siguen pesando más los clásicos del género. Empecé a leer novela negra en Valencia en los años 70, a Dashiell Hammett y Raymond Chandler. En aquella época dominaba otra literatura supuestamente más serie y la gente veía mi amor por la novela negra como una pasión viciosa. Luego, ya en este siglo, el género se puso de moda. Pero a mí me interesan e influyen más los clásicos norteamericanos que los escritores de moda escandinavos.

En cierto modo, ¿esta novela negra no es una fusión de literatura y crónica periodística?
La novela negra clásica es la novela realista contemporánea y tiene un contenido de crónica periodística que siempre me ha gustado de ella. Aquello que en periodismo no puedes contar porque, aunque sabes que es verdad no tienes pruebas, lo puedes contar en la novela. Es lo que ha hecho la gran novela clásica para denunciar la corrupción de los poderosos, de los políticos, de los empresarios y de los banqueros. A mí no me interesa la novela que le mete el dedo en el ojo a un pequeño traficante de Benimaclet, sino aquella que le mete el dedo en el ojo a un poderoso banquero corrupto. Además de la corrupción, la novela también deja entrever la situación política española.

¿Tu protagonista está muy desencantado, no?

Sí, Sepúlveda es muy escéptico, no cree que la política pueda cambiar una realidad que le asquea. Además, como transcurre en el tiempo actual, también expresa en cierto modo el sentimiento de 2015, un año políticamente funesto para los progresistas. Pero Sepúlveda es más escéptico que yo. Yo todavía creo que es posible una alternativa progresista en España si el PSOE, Podemos y otras formaciones, como en Valencia Compromís, se dejan de querellas y empiezan a poner en común las cosas que comparten.

Tus investigadores son un ácrata desencantado y una guardia civil, ¿eso es transversalidad?

También un descubrimiento: me gusta la actitud de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil contra la corrupción, es uno de los pilares de la limpieza de esta sentina en que han convertido la vida española. Para documentarme estuve con dos oficiales, hombre y mujer, y me sorprendió lo serios que eran en este tema, lo que les indignaba y su firmeza ante las presiones. Y pensé que debía reivindicar un poco a la Guardia Civil. La veíamos como perseguidores de robagallinas, jornaleros andaluces y rojos. Pero olvidamos que en muchos sitios estuvo del lado de la República por respeto a la legalidad. Me está gustando mucho porque no aceptan presiones. Sabes, yo les preguntaba cuál sería el mayor castigo que podían aplicarles por investigar la corrupción y me decían que ni ellos ni sus oficiales aceptaban presiones. Pero al final me decían: “enviarnos a patrullar la valla de Melilla”. Es curioso, antes era Euskadi y ahora es la valla de Melilla. En tu recreación de Tánger es importante el paisaje, pero no menos su paisanaje. Es una base árabe, bereber y musulmana, pero en la que ha habido secularmente una fuerte presencia de judíos, españoles, italianos, franceses, anglosajones. Eso ha calado y en Tánger se hablan varios idiomas. Yo podía empezar hablando en dariya, el árabe marroquí, luego pasarme al castellano, después al inglés, al francés y hasta decir tres palabras en italiano. Este tipo de conversaciones donde se mezclan lenguas es muy normal allí.

La literatura también está muy presente en tu novela.
Es que si te pones a pensar lo que se ha escrito allí en los últimos cincuenta años. Allí estuvo Paul Bowles, Tennessee Williams, Truman Capote, William Burroughs, Jack Kerouac, Jean Genet; en el lado castellano, Ángel Vázquez con su Juanita Narboni, la gran novela maldita del siglo XX español. Y luego los marroquíes Chukri o Mohamed Mrabet. Cuando escribes una novela en una ciudad así, con toda esta tradición de escritores, es muy estimulante. Por eso intento en mis dos novelas sobre Tánger, Tangerina y Limones negros, hacer también una guía literaria de la ciudad. Y por eso mi protagonista es un profesor del Instituto Cervantes, que puede hablar de literatura sin ser pedante.

En la novela le rindes homenaje a Goytisolo, ¿qué ha supuesto para ti su desaparición?

Goytisolo ha sido el último gran intelectual español del siglo XX, entendiendo por intelectual ese escritor que no se limita su obra sino que, en la tradición de Zola y su J’Accuse, participa activamenteen la vida ciudadana.Goytisolo tenía su obra, pero estaba constantemente implicado en la lucha por la libertad, la justicia y la igualdad. Era el último gran intelectual y perdemos mucho con él. Hoy me pongo a mirar y me pregunto: con todo el paro, la corrupción ¿dónde están las voces de los intelectuales? El único era Chirbes. Los demás están escondidos denunciando el integrismo en Arabia Saudí o el desastre en Venezuela. Vale, todo eso está muy bien. Pero, oiga, hablen de que en España la gente está sufriendo, su obligación como intelectual es hablar de ello.

 

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