PAU VERGARA: Adaptar El extranjero de Camus es enfrentarse a un material que parece resistirse al cine. No por falta de potencia dramática, sino por todo lo contrario: porque su fuerza reside en una sequedad moral, en una opacidad emocional y en una distancia casi hostil con el espectador. Cualquier intento de traducir eso a imágenes corre el riesgo de embellecer lo que, en origen, era incómodo, áspero y deliberadamente antiempático.
La versión de François Ozon asume ese riesgo con una mezcla de respeto, ambición y contradicción. No es una adaptación provocadora ni iconoclasta, pero tampoco una traslación mecánica. Ozon parece confiar en que el cine, por su propia naturaleza, pueda absorber el espíritu del texto sin necesidad de subrayarlo. La película avanza así con una serenidad casi solemne, apoyándose más en la atmósfera que en la narración, más en los cuerpos que en las ideas explicitadas.
Hay en El extranjero una voluntad clara de contención formal. La puesta en escena es medida, elegante, cuidadosamente compuesta. Todo parece estar en su sitio, como si cada plano buscara una forma de orden frente al vacío existencial que atraviesa la historia. Y ahí surge una de las tensiones más interesantes del filme: la belleza visual como posible traición al absurdo original.
Ozon, cineasta profundamente sensible a lo estético, no puede —ni quiere— renunciar a la imagen como espacio de atracción. El resultado es una película que a menudo fascina por su composición, por la precisión del encuadre, por la presencia física del protagonista. Pero esa misma fascinación introduce una duda legítima: ¿hasta qué punto el cine puede permitirse seducir cuando el material de partida se construye sobre la indiferencia?
La interpretación central sostiene gran parte del proyecto. El personaje aparece como una figura enigmática, de gestos mínimos, difícil de descifrar. No se trata tanto de comprenderlo como de observarlo. La cámara se aproxima, insiste, lo acompaña sin explicarlo. Esa cercanía genera una ambigüedad poderosa: el espectador se siente atraído por alguien que, en teoría, debería mantenerse distante.
Es en esa ambigüedad donde la película encuentra tanto su fuerza como sus límites. El extranjero no es fría, ni neutra, ni arisca en el sentido más radical del texto de Camus. Tampoco se entrega del todo a una relectura personal que rompa con el original. Ozon parece caminar por una línea intermedia, a veces insegura: entre la reverencia académica y la apropiación autoral.
Narrativamente, el filme avanza sin prisas, con una cadencia casi hipnótica. No busca el impacto inmediato ni el clímax emocional. El juicio —entendido tanto en sentido legal como moral— se convierte en un espacio donde lo absurdo no estalla, sino que se filtra lentamente. La sensación que deja no es de shock, sino de extrañamiento progresivo.
Quizá ese sea el mayor acierto de la película: no intentar actualizar el texto ni forzarlo hacia una lectura contemporánea explícita. Ozon no convierte El extranjero en un alegato ni en una denuncia directa. Prefiere dejar que el espectador confronte la incomodidad de un personaje que no encaja en los códigos emocionales esperados, y de una sociedad que necesita explicarlo, juzgarlo y condenarlo para restaurar su propio orden.
Al mismo tiempo, esa prudencia juega en su contra. En algunos momentos, la película parece quedarse a medio camino: ni completamente fiel al despojamiento radical de Camus, ni lo suficientemente audaz como para traicionarlo con una mirada nueva. Esa indefinición puede percibirse como elegancia o como falta de riesgo, según el punto de vista.
El extranjero de François Ozon es, en definitiva, una película cuidada, reflexiva y visualmente poderosa, que se enfrenta a un clásico sin estridencias ni excesos. No revoluciona el texto ni lo traiciona, pero tampoco lo desarma del todo. Es un ejercicio de equilibrio delicado, a veces incómodo, a veces fascinante, que invita más a la contemplación que a la conmoción.
Tal vez no sea la adaptación definitiva ni la más radical posible. Pero sí una prueba de que algunos textos siguen resistiéndose, incluso cuando el cine se les acerca con respeto, talento y convicción. Y en esa resistencia —en esa imposibilidad de cierre— El extranjero encuentra, paradójicamente, su sentido más fiel.
