Cartelera Turia

(3) AVATAR: FUEGO Y CENIZA. EL ESPECTÁCULO QUE NO SABE CUÁNDO TERMINAR

PAU VERGARA: Ver una nueva Avatar es, a estas alturas, una experiencia doble. Por un lado, está la certeza de que James Cameron sigue siendo, probablemente, el cineasta más obsesivo y brillante cuando se trata de empujar la tecnología cinematográfica un paso más allá. Por otro, la sensación —cada vez menos difusa— de que ese empuje visual avanza en círculos, mientras el relato se queda atrapado en una reiteración casi mecánica.

Lo primero es indiscutible: Pandora sigue siendo un prodigio. La expresividad de los rostros digitales es asombrosa, más orgánica y precisa que nunca. Los cuerpos, las miradas, los gestos mínimos transmiten emociones con una naturalidad que ya no parece un alarde técnico, sino un nuevo estándar. Cameron ha conseguido que dejemos de pensar en “muñecos digitales” para aceptar a los Na’vi como cuerpos plenamente cinematográficos. Y en lo puramente sensorial, la película es un espectáculo continuo: el ritmo interno de las batallas, las persecuciones y las escenas de aventura está cuidadosamente calibrado para que nunca decaiga del todo.

El problema es que todo eso dura demasiado. Cameron sigue confundiendo épica con acumulación, emoción con insistencia. Cada conflicto genera una crisis, cada crisis una contracrisis, cada clímax parece definitivo… hasta que llega otro clímax, y luego otro más. La película avanza como si tuviera miedo de terminar, como si cerrar una escena fuera renunciar a otra demostración de músculo técnico. El resultado es una experiencia agotadora, no por aburrida, sino por saturación.

Narrativamente, la saga vuelve a pisar terreno conocido. Las ideas ecológicas, espirituales y casi new age que atraviesan Avatar siguen ahí, pero ya no sorprenden ni incomodan: se repiten. Funcionan como discurso, pero no como descubrimiento. Cuando la película se abandona al espectáculo puro, cuando deja de explicar y simplemente muestra, es cuando realmente despega. En cambio, cuando se detiene a subrayar su filosofía, se vuelve más plana, más previsible, incluso algo ingenua.

Eso sí, hay elementos que revitalizan el conjunto. La introducción de nuevos clanes y, sobre todo, el giro hacia una Pandora más oscura, más violenta y menos idealizada, aporta un matiz interesante. Aquí la saga parece querer hablar no solo de la amenaza externa, sino también de los conflictos internos, de cómo incluso los mundos “puros” se fracturan desde dentro. En ese terreno, la película gana densidad y humanidad. Y algunas interpretaciones —especialmente un personaje femenino antagonista muy potente— aportan una energía distinta, menos maniquea y más incómoda.

Visualmente, no hay discusión posible: Cameron sigue en otra liga. El uso del 3D, especialmente en las escenas acuáticas, es el mejor que se ha visto nunca en una sala de cine. No es un añadido, sino una herramienta narrativa y sensorial. El agua, la profundidad, el movimiento… todo está pensado para que el espectador no mire la pantalla, sino que entre en ella. En ese sentido, Avatar sigue siendo una experiencia cinematográfica en el sentido más físico del término.

Y, sin embargo, queda la gran pregunta: ¿qué más tiene que contar esta saga? Porque lo que ha ganado en aparato tecnológico, Cameron parece haberlo perdido en riesgo narrativo. La historia no es mala, pero es reiterativa. Funciona, pero no avanza. Deslumbra, pero no sorprende. Y tres horas largas de “más de lo mismo, pero mejor hecho” acaban pesando como una losa.

Avatar sigue siendo cine-evento, cine-espectáculo, cine de pantalla grande en estado puro. Hará las delicias de sus fans y volverá a recordarnos por qué Cameron es quien es. Pero también confirma que la revolución ya ocurrió hace años, y que ahora estamos en la fase de explotación perfeccionada de una fórmula que empieza a mostrar fatiga.

Quizá bastaba con recortar media hora. O con arriesgar un poco más.
Porque Pandora sigue siendo maravillosa.
Lo que empieza a cansar es no saber salir de ella.

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