Cartelera Turia

EL MUR: ESCUCHAR A LOS MAYORES

CARLOS LÓPEZ-OLANO: Me gusta hablar con los mayores. Por supuesto que me agrada oír lo que tienen que contar que es mucho, pero también es importante para mí el sentir su felicidad cuando se dan cuenta de que después de tanto tiempo, alguien quiere escuchar lo mucho que tienen que contar.  Ahora que llegan las Navidades y todos nos acordamos de nuestros seres queridos, yo pienso en estos ancianos que no son familia pero a las que les debo, de alguna forma, la libertad para poder escribir este artículo. Y a los que me une un sentimiento cosido con el fino hilo de la emoción, la empatía y el cariño. Para mí, oír la voz de los centenarios que cuentan como presenciaron la tragedia de los pelotones de fusilamiento o que cruzaron de la mano de sus padres la frontera con Francia en el 39, es una experiencia mágica.

Estos últimos años he tenido el privilegio de conocer y entrevistar a una decena de lo que llaman los Niños de la guerra, esos chicos y chicas que enviaron separándolos de sus padres y de su entorno a países como Reino Unido, México o la antigua URSS para huir de los ataques de la aviación franquista, y del telón de violencia y después tristeza que estaba a punto de caer sobre una España en llamas. Algunos ya centenarios, todos acercándose a esa edad. Fueron miles, ahora quedan sólo un puñado. Y he recorrido el mundo para poder hablar con ellos, para recoger un testimonio a veces tembloroso, siempre emocionante. En ocasiones  lamentablemente dañado por el deterioro mental, por el Alzheimer, ése que conozco tan bien por motivos familiares. Fíjense, es curioso: hasta en esos casos, muchos recordaban bien lo que pasó hace 90 años, aunque les costaba reconocer a sus hijos.

 Conxeta ya habrá cumplido los 100 rodeada de su familia en el piso de Montpellier donde vive. Recuerda a su marido, un combatiente republicano que cruzó la frontera en el invierno del 39 huyendo de Franco y fue a parar al campo de concentración de Septfonds: Jo Espanya la vaig conèixer de molt petita, però el meu home només tenia el seu poble al cap. Sí, tornar, tornar… sempre deia: “quan anirem a casa…”. Sempre, no hi havia un dia que no parlara del seu poble.

A Carlos Renau lo conocí en su casa de la colonia Banjidal en Ciudad de México con un patio lleno de limoneros que plantó su padre para recordar su Valencia natal. Carlos es sobrino de los artistas Josep Renau y Manuela Ballester. Nació en el 52 ya en México, pero aún chapurrea un poco el valenciano que siempre hablaban en casa. Como un legado a sus hijos, como un recordatorio para que no olvidaran sus orígenes. En el Centro Español de Moscú pude hablar con otra Conchita que llegó a la URSS junto con sus hermanos con solo cuatro años en 1938. Su madre salió huyendo de los bombardeos hacia Barcelona, pero murió de camino dejándolos desamparados. Por mediación de la Pasionaria, subieron en un barco rumbo a Leningrado: Mi padre cuando salió de prisión, nos buscó por todos los países, menos Rusia, ni pensarlo… Por Francia, por América Latina, le decían: no, aquí estos niños no vinieron… y, al pasar diez años, me mandó mi hermano el mayor una carta del padre, porque los alemanes, cuando cogían españoles, los mandaban a España, y se dirigieron allí donde mi padre estaba. Decían: “vete, pregunta si vienen de Rusia, por si acaso…”. Y allí había niños que precisamente conocían a Alberto, que estuvieron con él en las casas de niños, en Tbilisi y en el Cáucaso. Conchita, toda bondad a sus 91 años, nunca volvió a ver a su padre, y sigue viviendo en Moscú.

 

A la izquierda, Conchita con su hermano nada más llegar a Leningrado. A la derecha, justo después de la entrevista en el Centro Español de Moscú.

Paco Robles tenia sólo nueve cuando se embarcó en el carguero La Habana rumbo al puerto de Southampton. Lo entrevistamos en su casa de Londres, en un bloque para antiguos empleados de la British Airways donde trabajó toda su vida. El gobierno de Churchill dejó entrar a cuatro mil niños vascos después de conocer la barbarie del bombardeo de Gernika: Antes de salir  las madres, porque los padres estaban todos en el frente luchando, estaban allá besando a los niños, todos llorando. Y todavía yo, que estaba con mi hermana, aún noto las lágrimas de mi madre, que me caen, todavía lo noto, cuando me estaba besando. Ese recuerdo me ha acompañado toda mi vida.  Pero no crean que siempre son necesarios los largos viajes para entrevistar a los Niños de la guerra. Mercedes Hernández vive ahora en Alfafar, y salió del mismo puerto que Paco, Bilbao, pero rumbo a la URSS con solo 6 años, en 1938. Aún no habían bajado del barco cuando la ciudad cayó en manos de los fascistas. Se alejó de la miseria y la violencia con la amarga penitencia que pagó toda su vida de no volver a ver nunca a su familia. Además, poco después los nazis invadieron el país comunista y los niños españoles, tan lejos de casa, padecieron otra vez las bombas de la Luftwaffe.

Esos testimonios de primera mano del horror son necesarios para recordar, para saber lo que pasó, para que nos lo cuenten los protagonistas de la tragedia. Están todos recogidos en la cuarta temporada del podcast multimedia “#ElMur, Exili i memòria”. Algún día, los podremos oír –eso espero– en À Punt Mèdia, donde entregué el trabajo periodístico hace casi un año. La esperanza, los Niños de la guerra lo saben bien, es lo último que se pierde.

 

 

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