REDACCIÓN: El cine español cierra 2025 en una posición incómoda: no está en ruinas, pero tampoco en movimiento. Resiste. Y resistir, aunque suene épico, no debería ser el objetivo de una industria cultural madura.
Las cifras no son catastróficas. Tampoco buenas. Son, sobre todo, reveladoras. La taquilla nacional aguanta gracias a un puñado de títulos muy concretos, casi siempre comedias familiares o productos claramente identificables, mientras el resto del cine español —más diverso, más arriesgado, más representativo— sobrevive en una franja de visibilidad mínima. No fracasa: desaparece rápido.
Durante años se nos dijo que el problema era el público. Luego, que eran los jóvenes. Después, que eran las plataformas. En 2025 ya no se sostiene ninguna de esas coartadas. Los jóvenes siguen yendo al cine más que ningún otro grupo de edad. Las plataformas no han matado al cine español: lo están viendo millones de personas allí. El problema no está fuera. Está dentro del sistema.
Seguimos midiendo el cine con una cinta métrica vieja. Miramos la taquilla del primer fin de semana como si fuera una sentencia judicial, ignorando que muchas películas encuentran su público semanas o meses después, en otras ventanas. Seguimos comparando el presente con un 2019 que ya no existe, como si el mundo no hubiera cambiado. Y seguimos confundiendo “no arrasar” con “no funcionar”.
El cine español de 2025 es profundamente desigual. Conviven películas que superan con holgura los dos millones de espectadores con decenas de títulos que apenas pisan salas durante unos días. Entre ambos extremos hay una clase media cada vez más frágil, sostenida por distribuidoras independientes, festivales y un público fiel, pero limitada por la falta de tiempo, copias y promoción.
Y, sin embargo, hay algo que no falla: el cine se sigue haciendo. Con talento. Con riesgo. Con diversidad de miradas, lenguas y territorios. El problema no es creativo. Es industrial, estructural y político.
Porque no se puede fortalecer un sector sin datos claros. No se puede exigir resultados sin ofrecer herramientas. No se puede hablar de “marca país” mientras se deja a las películas solas frente al mercado. Y no se puede pedir ambición cuando el mensaje implícito es conformarse con resistir.
2025 no es un año perdido para el cine español. Es un año que deja una advertencia muy clara: si no cambiamos la forma de medir, acompañar y comunicar el cine, seguiremos contando siempre la misma historia. La del aguante. La del “no ha ido tan mal”. La del consuelo.
Resistir está bien.
Pero el cine no se hace para resistir.
Se hace para ocupar espacio, generar conversación y permanecer.
El reto ya no es salvar el cine español.
El reto es dejar de administrarlo a la defensiva y empezar a pensarlo a largo plazo.
Y ese debate, en 2025, ya no se puede seguir aplazando.

