Cartelera Turia

PRISA PONE LA CABEZA DE PEDRO SÁNCHEZ EN UNA PICA (Y EL CORO EMPIEZA A AFINAR)

JUAN SINCOCHES: La columna firmada por Soledad Gallego-Díaz la pasada semana en El País titulada “Sánchez no debería volver a ser candidato” no es un simple artículo de opinión más en el debate poselectoral. Es una toma de posición política que va mucho más allá del análisis coyuntural y que propone —aunque de manera elíptica— una salida concreta para el PSOE. El problema no es la propuesta en sí, sino la ambigüedad calculada con la que se formula y el contexto mediático en el que se inscribe.

El texto parte, además, de errores factuales relevantes. Si Pedro Sánchez decidiera no presentarse, el PSOE estaría estatutariamente obligado a convocar primarias. No existe la posibilidad de designar sucesor a dedo, ni siquiera en un escenario de retirada pactada. Y la experiencia reciente debería haber dejado una enseñanza clara: las primarias del PSOE no suelen ganarlas los candidatos del aparato. Más bien al contrario. Plantear un relevo ordenado desde arriba es desconocer —o fingir desconocer— la realidad interna del partido desde hace más de una década.

La columna, además, se contradice en su núcleo. A la vez que sugiere la retirada de Sánchez, reconoce que el PSOE no tiene hoy un candidato mejor que él. La pregunta es inevitable: ¿por qué un partido renunciaría a su principal activo electoral para presentar a otro liderazgo definido únicamente por su “voluntad de diálogo”? ¿Diálogo con quién? ¿Para qué? ¿Y con qué consecuencias?

Ahí es donde el texto deja de ser equívoco y se vuelve revelador.
Lo que realmente se plantea —sin decirlo abiertamente— es la conveniencia de una abstención del PSOE que facilite un gobierno del PP. Una hipótesis que muchos sectores del establishment verían con agrado y que se presenta, de manera más o menos explícita, como una versión española del modelo portugués. Dicho de forma más clara: si la tesis es “Sánchez debe irse porque no se va a abstener”, sería más honesto escribirlo así.

El contexto político, además, debilita el planteamiento. El PP no está pidiendo ninguna abstención del PSOE. Al contrario: repite de manera insistente que está cómodo gobernando con Vox y que no considera esa alianza un problema. Sugerir que la retirada de Sánchez desbloquearía una derecha moderada es ignorar —o minimizar deliberadamente— el discurso real del PP en los últimos meses.

Pero la columna de Gallego-Díaz no aparece en el vacío. Forma parte de una deriva más amplia del ecosistema mediático, donde empiezan a alinearse análisis, datos y marcos narrativos que apuntan todos en la misma dirección. No siempre con el mismo tono, pero sí con una lógica compartida.

Ahí encaja el giro discursivo de Estefanía Molina, cuyo endurecimiento del antisanchismo no puede leerse solo como crítica coyuntural. Es, sobre todo, un reposicionamiento profesional. La personalización extrema de las derrotas, el uso de metáforas como “búnker”, la idealización de un pasado de baronías fuertes frente a una Ferraz omnipotente y la ausencia de contexto estructural componen un relato muy reconocible. No es nuevo. Es el que premia el ecosistema mediático conservador cuando se huele cambio de ciclo.

A todo esto hay que añadir un elemento que no conviene olvidar: la estructura de poder de PRISA. El grupo no es un ente abstracto. Tiene propietario, dirección y una historia reciente que pesa. Joseph Oughourlian, como principal accionista, marca un horizonte empresarial. La dirección de El País y el papel de Cadena SER forman parte de un mismo ecosistema que influye —directa o indirectamente— en los marcos editoriales.

Y aquí aparece una herida que no está cerrada. El País arrastra una mácula, un estigma que proviene de etapas anteriores marcadas por derivas editoriales muy concretas. Los años de Caño, de Alandete y, más atrás, de Cebrián dejaron una huella profunda en una parte de su lectorado. Esa experiencia explica la hipersensibilización actual ante cualquier desplazamiento hacia la derecha del medio. No es paranoia: es memoria.

Los medios no se deben a sus propietarios ni a sus tertulias. Se deben a sus lectores. Y cuando un periódico con la historia y el peso simbólico de El País parece alinearse —aunque sea de forma oblicua— con una operación política que pide sacrificios a una parte sin nombrarlos, la desconfianza no surge de la nada.

Por todo ello, la columna de Soledad Gallego-Díaz debe leerse no como un análisis aislado, sino como una pieza más de un clima. No se cuestiona a Pedro Sánchez por perder elecciones, sino por no aceptar el papel que algunos consideran funcional en el nuevo tablero político.

Si se quiere una abstención del PSOE, que se diga.
Si se quiere un PSOE más dócil, también.

Pero cuando opinión, análisis y dato empiezan a cantar la misma melodía, conviene preguntarse quién ha elegido la partitura.

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