La legislatura no está agotada, pero sí está fatigada. No por falta de mayoría parlamentaria ni por ausencia de agenda, sino por una inercia política que empieza a pesar más que los logros. El Gobierno tiene aún recorrido, pero ese recorrido exige cambios visibles, decisiones claras y un nuevo impulso que conecte con una ciudadanía cansada del ruido y necesitada de horizonte.
No se trata de una enmienda a la totalidad. Esta legislatura ha tenido avances indiscutibles: en derechos sociales, en agenda climática, en políticas laborales y en reconocimiento de la pluralidad territorial. Pero los logros pasados no garantizan el futuro si no se actualiza el rumbo. Gobernar no es solo resistir; es marcar dirección.
Hoy el principal riesgo no es la oposición, sino la desmovilización. Cuando la política se percibe como gestión defensiva, cuando el relato se diluye entre polémicas menores y batallas tácticas, el proyecto pierde fuerza. Y sin fuerza política no hay reformas estructurales posibles.
Por eso, es el momento de mover piezas. Cambios en el Gobierno no como castigo ni gesto cosmético, sino como señal política. Renovar equipos, reforzar perfiles con capacidad ejecutiva y comunicativa, y alinear ministerios con prioridades claras: vivienda, salarios, servicios públicos, transición ecológica y regeneración democrática. Menos dispersión, más foco.
La legislatura necesita también un relato renovado. No basta con advertir de lo que vendría si gobierna la derecha. Ese argumento moviliza poco cuando se usa como coartada permanente. Hace falta explicar para qué se gobierna ahora, qué queda por hacer y cómo se va a hacer. La gente no vota solo por miedo al retroceso; vota por expectativas de mejora.
Además, es imprescindible abrir una nueva fase de diálogo político y social. No solo entre socios parlamentarios, sino con la sociedad civil, los territorios y los sectores más golpeados por la precariedad y el encarecimiento de la vida. La política no puede vivirse desde un búnker ni desde la trinchera mediática: necesita calle, escucha y pedagogía.
Impulsar la legislatura significa también asumir riesgos. Reformar de verdad, incomodar intereses, explicar decisiones complejas y abandonar la tentación del cálculo corto. El inmovilismo no protege: erosiona. Y la historia reciente demuestra que quien no gobierna con iniciativa acaba gobernado por los acontecimientos.
No es tiempo de resignación ni de repliegue. Es tiempo de reactivar el proyecto, corregir inercias y recuperar ambición. La mayoría parlamentaria existe. La agenda existe. Lo que hace falta ahora es voluntad política para relanzarlas.
Porque una legislatura no se mide solo por lo que resiste, sino por lo que transforma. Y aún hay tiempo.

