Cartelera Turia

A CERTA DISTÀNCIA, DE LAURA PÉREZ Mucho más que unos minutos de película

VERÓNICA PUIG: Hacer un cortometraje sigue siendo una de las pruebas de resistencia más exigentes del audiovisual. Presupuestos ajustados, financiación difícil, agendas imposibles, equipos que deben concentrar el trabajo en muy pocos días y una distribución posterior en la que centenares de películas compiten por conseguir un espacio en los festivales. Los diez, quince o veinte minutos que finalmente llegan a una pantalla pueden esconder meses, y muchas veces años, de trabajo. A certa distància, escrito y dirigido por Laura Pérez Gómez y producido por Iñaki Sánchez Arrieta desde El Camino PC, es un buen ejemplo de ese recorrido mucho menos sencillo de lo que parece cuando la película finalmente aparece en el programa de un festival.

Porque antes de que alguien se siente en una sala y se apaguen las luces hay que conseguir que el proyecto exista. Una idea debe convertirse en guion; después hay que buscar financiación, preparar un presupuesto, encontrar localizaciones, reunir un equipo y conseguir que las agendas de todos coincidan durante unos pocos días. En un cortometraje casi siempre se trabaja contra el reloj y con recursos limitados. Cada jornada cuenta y cualquier imprevisto puede obligar a reorganizar un plan construido durante meses. Finalmente pudo rodarse en Godella con un reparto encabezado por Elsa Moreno, Sonia Almarcha y Teresa Lozano, además de la colaboración de Joaquín Climent poniendo voz al personaje del padre.

La película parte de una situación aparentemente pequeña. Alba regresa a su pueblo durante un frío sábado de otoño para celebrar el cumpleaños de su abuela. Su madre la espera en casa, pero ella quiere encontrar también un momento para ver a su padre. A partir de ahí, Laura Pérez Gómez construye una historia sobre las heridas familiares, la incomunicación y nuestra resistencia a aceptar que determinadas relaciones quizá nunca vuelvan a ser como las recordamos.

Esa aparente sencillez es también uno de los desafíos del cortometraje. No hay dos horas para explicar quiénes son los personajes. Una mirada, una pausa o una conversación deben contar aquello para lo que un largometraje dispondría de varias secuencias. Hacer poco cine en términos de minutos no significa hacer menos cine. Y cuando termina el rodaje comienza otra carrera casi igual de complicada. Quedan montaje, sonido, etalonaje y todos los procesos necesarios para cerrar la película. Después llegan las inscripciones, los festivales y las esperas. Centenares de cortometrajes aspiran cada año a entrar en unas secciones oficiales donde solamente caben unos pocos. Cada selección supone conseguir una nueva pantalla y prolongar la vida de una obra que, sin ese circuito, tendría enormes dificultades para encontrar espectadores.

A certa distància está superando también esa segunda prueba. Tras su estreno en Cinema Jove, continúa ahora su recorrido con la selección en FESCIGU, el Festival de Cine Solidario de Guadalajara y certamen calificador para los Premios Goya, y en la 42.ª edición de Quartmetratges, el festival de cortometrajes de Quart de Poblet. Además, la película es candidata al Premio Lola Gaos como Mejor Cortometraje de Ficción.

Para Laura Pérez Gómez tampoco es un territorio nuevo. Su anterior La voz queda formó parte del catálogo Curts del Institut Valencià de Cultura, fue candidato a los Lola Gaos y recorrió numerosos festivales. Actualmente continúa desarrollando nuevos trabajos y prepara su primer largometraje de ficción, Especies distintas.

Visto desde fuera, un cortometraje puede parecer una película pequeña. Desde dentro ocurre prácticamente lo contrario: obliga a poner en marcha buena parte de la maquinaria de un largometraje para conseguir apenas unos minutos de pantalla. Meses de escritura y preparación, unos pocos días frenéticos de rodaje y después otra larga espera para comprobar si la película encuentra su lugar.

Por eso cada nueva selección de A certa distància significa bastante más que añadir un nuevo laurel al cartel. Es la recompensa a esa parte invisible del cine que el espectador nunca llega a conocer. Cuando se apaguen las luces en FESCIGU o Quartmetratges, verá únicamente una historia sobre Alba y las distancias que pueden abrirse dentro de una familia. Todo lo que hizo falta para conseguir que esos minutos existieran habrá quedado fuera de campo.

Y quizá esa sea precisamente la dureza —y también la belleza— de rodar un cortometraje: trabajar durante meses para que, al final, todo parezca sencillo.

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