Cartelera Turia

REFUGIO CLIMÁTICO: ¿QUIÉN DIJO GRATIS?

ANDREA MOLINER: La vuelta al trabajo, tras las vacaciones y más en una librería de una ciudad pequeña, está resultando ser una balsa de aceite a punto de ebullición. Hay días en los que observas la vida pasar tras el amplio cristal de la tienda: parejas de ancianos caminando a paso de tortuga, grupos de jóvenes lechosos yendo o regresando enrojecidos de la playa, mujeres que cada tarde sin excepción sacan sus sillas a la plaza para ponerse al día aprovechando la caída del sol, tres adolescentes (con puntualidad británica, lo tengo comprobado) quedando para grabar algún TikTok con Bad Bunny o Bad Gyal como hilo musical, los que esperan con paciencia y al sol el autobús que los lleve a Valencia o simplemente el que atraviesa la avenida – con obligatorio vistazo a las novedades previas a la reentrée- para después proseguir en su camino hacia su respectivo trabajo o a su querido hogar. Por otro lado, los hay en los que una servidora querría convertirse en tortuga para refugiarse bajo su caparazón: el que arrasa con la sección de bolsillo, la que busca “Las gratitudes” o “Dorayaki”, el que te pregunta si hacemos fotocopias, la que de pronto te pide el libro descatalogado de turno y, el más temido, los padres/madres/abuelos/abuelas/toda clase de parentela que apura sus encargos de texto. Estos últimos, os confesaré, se me aparecen en sueños, como Freddy Krueguer, para tornarlos en la más terrible de las pesadillas. Ahora mismo no extraño los momentos de mayor vorágine y exigencia, aunque próximamente me encuentre con la cabeza inundada de ISBNS de Work Books y Student´s Books. Ojalá no me alcancen, ojalá siempre así, habitando la justa medida, contemplando la cotidianidad a la que aún le cuesta bostezar.

Sin embargo, hace unos días ocurrió algo curioso. Tal vez la historia que a continuación os contaré os parezca una chorrada si la comparamos con del terremoto de Granada, los incendios que asolan el país o la depresión posvacacional (ombliguistas ante todo). Y seguramente tengáis razón. A fin de cuentas que una revista de moda regale un producto de belleza con la compra de un ejemplar es algo bastante habitual, cero sorpresivo. No obstante, que el obsequio escogido fuese un iluminador de Charlotte Tilbury que de normal cuesta 40€ provocó no sólo que el teléfono no dejase de sonar durante toda la mañana en la librería, también que el dueño del quiosco más cercano tuviese que colgar el cartel de “Revista Elle agotada” para evitar que le preguntasen cada dos por tres por la dichosa publicación. Al conocer la razón por la que de pronto diez personas seguidas me preguntaron si teníamos revistas entré en redes sociales. Ahí lo que me encontré fue demencial: colas a las siete de la mañana, jóvenes eufóricas tras hacerse con su ansiado iluminador, discusiones, kiosqueros pidiendo paciencia a voz en grito o a través de comunicados publicados en sus respectivos perfiles de Instagram e improvisados unboxings mostrando su hazaña, como si hubiesen conseguido entradas para la última gira de Taylor Swift. Por supuesto, todo fenómeno espontáneo tiene sus altibajos y el bajón llegó en forma de especulación pues, a las pocas horas, ya había quien lo había subido a Vinted al triple de su precio original. Una vez más, la picaresca patria poniéndonos de cachonda evidencia.

El debate está servido. O al menos desde la superficie. En la era del consumo inmediato, ese que hunde al pequeño comercio y llena los bolsillos de cuatro hombres poderosos, los kioscos (últimos bastiones de un tejido urbano en vías de extinción) se han llenado de jóvenes. De esa generación más conectada y, en teoría, más alejada del consumo a la antigua usanza, el papel. Lo cual, si lo pensamos, supone una pequeña victoria para todos aquellos medios que aún siguen apostando por este formato. Sin embargo, la paradoja tiene sus pequeños matices ya que, aunque el beneficio habrá sido provechoso, no podemos pasar por alto la claudicación ante la tiranía del algoritmo por parte de este tipo de publicaciones. Si antaño comprar una revista de moda significó tanto una aceptación de los roles tradicionales de la mujer en los 50, como un símbolo de revolución feminista en los años 70 y 80 (todo acorde con la evolución de las mentalidades y una progresiva elevación en la calidad de los artículos que en ellas se podían encontrar), a partir de la década de los 2000 y muy especialmente en los últimos tiempos la supervivencia en el mar de tiburones digitales es feroz. Por lo que, a pesar de que la calidad de sus contenidos sigue siendo alta, al final lo que importa es venderse al mercado, a sus ciclos y agarrarse a ese producto viral como a un clavo ardiendo. Seguidamente, cabría preguntarse si este repentino consumo en tan poco tiempo – el fenómeno duró a penas unos días- resulta sostenible respecto al medio ambiente. Pues es importante tener en cuenta que la velocidad a la que ahora disfrutamos de un producto no es la misma que a la de unas décadas atrás. Tal vez estemos ante el renacer de una estrategia de marketing más antigua que la tos pero bajo unas lógicas que impulsan un interés aceleracionista cada vez más fugaz. Como esa pompa de jabón que explota al mínimo roce con el desinterés.

Dicho esto, y a modo de contradictoria conclusión, sostengo que en ocasiones tendemos a recrearnos en el excesivo sobreanalisis tan común de los tiempos que nos han tocado vivir. A veces las cosas no tienen una explicación tan enrevesada dando lugar a una sesuda reflexión digna de publicarse en una revista cultural. A veces, simplemente, la respuesta es tan pueril como una discusión sobre quién se sienta en el extremo de la mesa. Como que aquí, entiéndase como nación, al escuchar la palabra “gratis” nos tiramos de un puente si hace falta con tal de conseguir el preciado objeto de deseo.

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