Cartelera Turia

HOMO ARGENTUM’: EL ESPEJO INCÓMODO QUE NADIE PIDIÓ PERO TODOS MIRAN

PAU VERGARA:Homo Argentum arranca con una provocación que no busca consenso, sino reacción. La idea, formulada casi como un chiste cruel, es sencilla y demoledora: como colectivo, los argentinos no funcionan; como individuos, se consideran insuperables. No es una tesis científica ni sociológica, es un lugar común, una frase escuchada mil veces en sobremesas, taxis y tertulias. Pero ahí está la astucia de Mariano Cohn y Gastón Duprat: no parten de la verdad, sino de lo que se dice.

La película se articula como un mosaico de dieciséis relatos breves que funcionan a la vez como sketches, fábulas morales y caricaturas feroces. No hay una historia que avance, sino un desfile de situaciones donde el “hombre argentino” se mira a sí mismo con una mezcla de autosuficiencia, miedo, astucia y contradicción permanente. Empleados que creen haber tocado el cielo, empresarios aterrorizados por el qué dirán, oportunistas profesionales, patriotas de ocasión, figuras del poder… nadie sale indemne, pero tampoco nadie queda señalado como excepción.

Cohn y Duprat no intentan describir un país real. Eso sería absurdo. Lo que hacen es poner en escena una autoimagen, una mitología urbana que Buenos Aires ha construido sobre sí misma. En ese sentido, Homo Argentum no es una radiografía de Argentina, sino un retrato exagerado de su ego porteño. Una película que podría haberse titulado, sin problema, Homo Portenium.

El humor es el arma principal, pero no uno amable. Aquí la sátira es incómoda, seca, a ratos cruel. La película no busca la carcajada unánime, sino el gesto de incomodidad: esa risa que se corta porque uno reconoce algo demasiado cercano. Esa es, probablemente, la razón de su éxito masivo. No tanto por su forma cinematográfica —discutible, irregular, deliberadamente fragmentaria— como por su capacidad para interferir en la conversación pública.

Porque Homo Argentum no se quedó en las salas. Saltó al debate político, mediático y moral. Y eso, hoy, es casi más raro que hacer un millón de espectadores.

La polémica terminó de explotar cuando el presidente argentino celebró la película como una enmienda a lo que llamó la “agenda progresista”. La apropiación fue inmediata, pero también tramposa. Porque si algo queda claro en la película es que no hay héroes ideológicos. La sátira apunta en todas direcciones y se permite el lujo de ridiculizar también al cine “comprometido”, a los discursos grandilocuentes y a la impostura moral de quienes convierten las causas en atrezzo.

Esa ambigüedad —o esa incorrección— es lo que hace que Homo Argentum funcione como artefacto cultural. No ofrece respuestas, no propone soluciones, no tranquiliza. Simplemente expone. Y al hacerlo, incomoda tanto a quienes se sienten atacados como a quienes querrían verla alineada sin matices.

En el centro de todo está Guillermo Francella, que carga sobre sus hombros el peso completo de la película. Interpretar dieciséis personajes distintos sin esconderse tras prótesis ni maquillajes extremos es una apuesta arriesgada. Francella no desaparece: se multiplica. Cambia el cuerpo, la voz, el ritmo, la mirada. Y esa continuidad visible entre personajes refuerza la idea central del film: no son dieciséis hombres distintos, es el mismo molde repetido con variaciones.

La elección de no abordar la figura femenina no es inocente. Homo Argentum no pretende ser un fresco total de la sociedad, sino una disección del imaginario masculino dominante. De sus tics, sus miedos, su narcisismo y su permanente sensación de estar por encima de un sistema que, paradójicamente, dice detestar.

Cinematográficamente, la película es irregular. Algunos episodios funcionan con precisión quirúrgica; otros se estiran o se agotan antes de tiempo. Pero esa desigualdad forma parte del dispositivo. No estamos ante una obra cerrada y pulida, sino ante una película punk, como la definen sus propios autores: más interesada en el impacto que en la armonía.

Quizá por eso ha generado tanta reacción. Porque no busca gustar a todos. Porque no pide permiso. Porque se atreve a tocar temas “sagrados” sin protegerse con comillas. Y porque, al final, demuestra algo cada vez más infrecuente: que el cine todavía puede meter el dedo en el ojo del presente y obligar a la sociedad a hablar de sí misma, aunque no le guste lo que ve reflejado.

Que Homo Argentum tenga o no secuelas es casi secundario. Ya ha cumplido su función principal: convertirse en un espejo incómodo. Y en tiempos de discursos cuidadosamente alineados, eso sigue siendo un pequeño acto de resistencia cultural.

HOMO ARGENTUM’: EL ESPEJO INCÓMODO QUE NADIE PIDIÓ PERO TODOS MIRAN

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