Cartelera Turia

LARGO Y CÁLIDO VERANO: SI LAS PISCINAS PÚBLICAS NO EXISTIERAN TENDRÍAMOS QUE INVENTARLAS

ANNA ENGUIX: El pasado 7 de agosto abrió frente a la Volksbühne, uno de los grandes teatros de Berlín, una piscina pública. Se llama Volksbad (piscina/baño del pueblo) y, en principio, se quedará allí hasta principios de octubre, ocupando la calle que separa el teatro de Rosa-Luxemburg-Platz: veinticinco metros de piscina, una caseta de patatas fritas (pommes) snack preferido de cualquier alemán un día de piscina y acceso gratuito en mitad de Mitte. La idea es de Matthias Lilienthal, el nuevo director de la Volksbühne, una institución nacida a comienzos del siglo XX con una idea bastante literal de lo que debía ser un teatro del pueblo eso significa, de hecho, Volksbühne: un lugar al que pudiera acceder también la clase trabajadora. Más de un siglo después, Lilienthal ha decidido comenzar su etapa al frente del teatro recuperando esa vieja pregunta sobre lo público de una manera bastante menos metafórica de lo habitual: construyendo una piscina. Lo cierto es que Berlín lleva un tiempo descubriendo que el espacio público tiene un inconveniente bastante serio: que la gente lo usa. Tempelhofer Feld, el gigantesco antiguo aeropuerto convertido en parque, lleva años despertando fantasías inmobiliarias sobre todo ese terreno absurdamente dedicado a volar cometas, cultivar tomates o no hacer absolutamente nada. En Görlitzer Park, uno de los grandes parques de Kreuzberg, el Gobierno llegó un poco más lejos: lo rodeó con una verja y empezó a cerrarlo por las noches. Algunos vecinos llevaron la medida a los tribunales y, por ahora, han conseguido que vuelva a permanecer abierto.

En junio, cuando presentó su primera temporada al frente de la Volksbühne, Lilienthal situó la piscina dentro de una lista bastante menos veraniega: trenes, escuelas, universidades y otras infraestructuras públicas berlinesas que, según él, llevan años deteriorándose. Podría haber programado una obra de teatro sobre el asunto. Pero, en lugar de eso, ha construido una piscina. Sin embargo, era cuestión de tiempo que una piscina concebida como experimento sobre el espacio público acabara descubriendo que el espacio público también viene con problemas. A los pocos días de abrir, la Volksbühne reservó una tarde de la piscina para Each One Teach One (EOTO), una asociación que trabaja con personas negras y la diáspora africana, con la idea de que niños y jóvenes negros pudieran bañarse durante unas horas en un entorno pensado específicamente para ellos. La iniciativa no tardó en convertirse en otra cosa. Políticos de la AfD y otros sectores hablaron de discriminación contra los blancos; después llegaron los mensajes racistas y las amenazas. EOTO canceló la jornada por motivos de seguridad y la Volksbühne optó por cerrar la piscina aquel día. De pronto, un rectángulo de agua de veinticinco metros había conseguido concentrar algunas de las preguntas más incómodas sobre eso que llamamos «de todos»: quién entra, quién queda fuera y si, para que un espacio sea verdaderamente público, a veces tiene que dejar de serlo para todo el mundo. La cuestión de si hay también algo de condescendencia pedagógica, incluso un poco brechtiana, en que Lilienthal y la Volksbühne decidan de qué manera debe escenificarse todo esto la dejamos para otro artículo, que se nos acumula la faena.

El otro día treinta y cinco grados convertían Berlín en una ciudad que no puede permitirse ser dadas sus limitaciones. Aquí sigue habiendo muchos hospitales sin aire acondicionado y, en raras ocasiones uno lo nota en el transporte público. Pero repito: el sábado pasado treinta y cinco pesados grados se filtraban por las paredes de las discotecas que todavía seguían abiertas, obligando a todo berlinés a buscar un lugar fresco tras una noche que seguramente llevaría consigo la penitencia del día después. Ya he hablado en otros artículos de la devoción que existe aquí por los lagos, con razón, por supuesto. Pero su visita requieree en ocasiones de una logística un tanto complicada. A veces suponen más de una hora en transporte público y precisamente por eso algunas personas, como yo, optamos por las piscinas públicas. Desconfío enormemente de la gente que siente cierta animadversión hacia las piscinas públicas. Ya sabéis, de esa gente que responde con un «¡puaj!» ante la sugerencia de ir a una. Como si el agua municipal escondiese alguna variedad inédita de germen que no hubieran conocido ya agarrándose a la barra del metro, entrando al baño de una discoteca o poniendo el código en el datáfono de un kebab a las tres de la mañana. Hay algo raruno en la escrupulosidad selectiva. En general, desconfío mucho de la gente que necesita de cierto aislamiento en momentos de ocio. Porque una piscina pública es, entre otras cosas, un ejercicio bastante elemental de convivencia. Uno no escoge quién se le tumba al lado, quién se tira al agua, quién pone música demasiado alta o qué familia decide instalarse a dos metros con comida suficiente para pasar el día entero. Hay adolescentes, jubilados, niños, cuerpos viejos, jóvenes, gordos, delgados, musculados, blandos, cuerpos con cicatrices, con estrías, con prótesis, con tatuajes, cuerpos embarazados, cuerpos con diversidad funcional, pieles blancas, negras, bañadores olímpicos, bikinis, tangas, burkinis, gorros de natación, manguitos, gafas graduadas, audífonos que se quedan en la toalla, sillas de ruedas junto al bordillo, señoras que hacen largos sin mojarse el pelo, adolescentes que ocupan demasiado espacio, padres que pierden de vista a sus hijos, tipos que nadan como si estuvieran clasificándose para algo, gente que chapotea, gente que toma el sol, gente que ha venido sola y gente que ha traído a toda la familia. Y los tienes a todos cerquita, medio desnudos, sudados, mojados, igual de acalorados que tú, compartiendo el mismo césped, el mismo bordillo, la misma ducha y la misma agua. Y menos mal.

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