Cartelera Turia

VERANO EN EL HEMISFÈRIC: VIAJAR SIN SALIR DE VALÈNCIA

Hay pocas formas mejores de escapar durante un par de horas del calor de agosto que entrar en el Hemisfèric y dejar que desaparezca el mundo exterior. Fuera quedan el sol, las terrazas y el movimiento constante de la Ciutat de les Arts i les Ciències. Dentro esperan la oscuridad, una pantalla gigantesca y esa sensación, todavía sorprendente después de tantos años, de que el cine puede ocupar prácticamente todo nuestro campo de visión. Pasar una tarde de verano en el Hemisfèric sigue siendo una de esas pequeñas experiencias valencianas que merece la pena recuperar.

Porque el Hemisfèric no es exactamente una sala de cine. Tampoco pretende serlo. Entrar en su enorme estructura diseñada por Santiago Calatrava significa acceder a otra manera de mirar las imágenes. Su pantalla cóncava de aproximadamente 900 metros cuadrados envuelve al espectador y convierte una película en algo mucho más próximo a una experiencia física. Aquí no basta con mirar hacia delante: el paisaje parece extenderse alrededor de nosotros.

Y ahí está precisamente su encanto. Estamos acostumbrados a consumir imágenes constantemente. Las vemos en el móvil, en el ordenador, en televisores cada vez mayores y, afortunadamente, todavía en las salas cinematográficas. Pero el formato IMAX Dome del Hemisfèric juega en otra liga. La escala modifica nuestra percepción y convierte determinados documentales y películas inmersivas en viajes donde resulta muy fácil olvidarse de que continuamos sentados en una butaca en pleno centro de València.

RECOMBINATION: MÁS ALLÁ DE LA MATERIA

Una de las propuestas más singulares de este verano es Recombination. Más allá de la materia, del artista digital neerlandés Julius Horsthuis. Y quizá sea también una de las películas que mejor permiten comprender las posibilidades de una pantalla como la del Hemisfèric.

No estamos ante una película convencional. No hay personajes a los que seguir ni una historia construida según las reglas habituales del cine. Recombination es, fundamentalmente, un viaje visual. Horsthuis trabaja con fractales y estructuras matemáticas para construir universos imposibles que parecen existir en algún lugar situado entre la materia, el espacio y nuestra propia imaginación.

La experiencia resulta hipnótica. Las formas se multiplican, se transforman y vuelven a aparecer bajo configuraciones diferentes. Hay momentos en los que creemos atravesar gigantescas arquitecturas extraterrestres; otros parecen introducirnos en organismos microscópicos, ciudades imposibles o paisajes pertenecientes a planetas que nunca han existido.

Precisamente por eso verla en una pantalla doméstica sería una experiencia completamente diferente. En el Hemisfèric las dimensiones alteran la relación con las imágenes. No contemplamos los fractales desde fuera: tenemos la sensación de penetrar en ellos. La enorme cúpula permite que las formas ocupen nuestra visión periférica mientras la música acompaña este extraño desplazamiento hacia mundos abstractos.

Es cine entendido casi como una instalación artística. Y también demuestra que las grandes pantallas pueden servir para algo más que aumentar el tamaño de una película convencional. Cuando imagen, sonido y arquitectura trabajan conjuntamente, el propio espacio cinematográfico pasa a formar parte de la obra.

EL PLACER DE VOLVER A MIRAR HACIA ARRIBA

Una visita al Hemisfèric comienza, además, mucho antes de que se apaguen las luces. Pocas construcciones valencianas conservan una capacidad semejante para sorprender. Su gigantesco ojo reflejado sobre el agua continúa siendo una de las imágenes más reconocibles de la València contemporánea.

En verano tiene además algo especial. Pasear por la Ciutat de les Arts i les Ciències, acercarse al edificio y después entrar en una sala fresca y oscura produce un agradable cambio de mundo. Durante unos minutos desaparecen la temperatura exterior y el ruido de la ciudad.

Y quizá ahí encontremos una de las virtudes menos reivindicadas del Hemisfèric: nos obliga a volver a mirar hacia arriba.

Parece una tontería, pero hemos pasado los últimos años inclinando progresivamente la cabeza hacia pantallas cada vez más pequeñas. Aquí ocurre exactamente lo contrario. La imagen vuelve a hacerse gigantesca. Nos supera. Recuperamos incluso algo de aquella sensación infantil de entrar en un cine y descubrir que la pantalla era mucho mayor de lo que habíamos imaginado.

UN CINE DIFERENTE PARA EL VERANO

La programación del Hemisfèric permite además convertir la visita en algo más que una actividad destinada exclusivamente a turistas. Ciencia, naturaleza, astronomía, exploración y creación audiovisual encuentran en este espacio unas condiciones de exhibición difíciles de reproducir en cualquier otro lugar.

Ese componente divulgativo es importante, especialmente para acudir con niños. Pero sería injusto reducir el Hemisfèric a una actividad familiar. Producciones como Recombination demuestran que la inmersión puede acercarse también al cine experimental, al arte digital y a nuevas maneras de entender la creación audiovisual.

Ahí existe incluso un camino especialmente interesante para el futuro. En una época en la que la creación digital está experimentando una revolución enorme, espacios como este pueden convertirse en laboratorios privilegiados para imágenes concebidas específicamente para pantallas envolventes. No adaptar películas al formato, sino crear pensando desde el principio en la cúpula.

Porque la gran diferencia está precisamente ahí. Una película tradicional nos pide que observemos una historia. Una buena experiencia inmersiva intenta hacernos sentir que estamos dentro de ella.

Y durante Recombination ocurre varias veces. El suelo parece desaparecer, las estructuras se aproximan, el espacio pierde referencias y durante unos segundos nuestro cerebro acepta el engaño. Sabemos perfectamente que estamos sentados en una butaca, pero nuestros ojos dicen otra cosa.

Eso continúa siendo magia cinematográfica.

Por eso un verano en el Hemisfèric puede ser mucho más que buscar refugio del calor. Puede convertirse en una pequeña excursión hacia lugares imposibles sin abandonar València. Entramos desde el Jardín del Turia, nos sentamos bajo una pantalla gigantesca y, durante aproximadamente una hora, podemos viajar por el universo, sumergirnos bajo el océano o atravesar los mundos fractales imaginados por Julius Horsthuis.

Después se encienden las luces, salimos nuevamente al exterior y allí continúa la Ciutat de les Arts i les Ciències, blanca y deslumbrante bajo el sol valenciano.

Pero durante un rato hemos estado bastante más lejos.

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CRÍTICA DE LA DAMA BOBA, de Lope

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