Cartelera Turia

REFUGIO CLIMÁTICO: LAS MOSCAS

Man in an orange robe and headscarf leans toward the camera with a curious expression in a stone courtyard set piece.

ANDREA MOLINER: Julio de 2026. Días antes de que un futbolista de Foios desatase la euforia de todo un país. Durante la segunda o tercera o cuarta ola de calor consecutiva en lo que llevamos de verano. Semanas después de que mi perfecto flequillo rizado se convirtiera en una cortina estufada e imposible de domar. Con el insistente eco de la tragedia en forma de llamaradas avanzando hacia pueblos y parajes naturales. Rodeados de las robustas columnas del claustro y bajo la atenta mirada de Luis Vives me hallaba junto a mi pareja, abanico en mano, a punto de ver Golfus de Roma. O lo que es lo mismo, esperando a que el cine de verano – una de las mejores cosas que se pueden hacer sola o acompañada, igual da, para soportar el tedio de tener que ir a currar con semejante panorama- dé comienzo.
Los “uf”, los tirantes, los pelos adheridos a los hombros, los óvalos de sudor devorando espaldas y sobacos, el bocata de tomate, queso, mostaza y piparras que te sabe a gloria, la leve brisa que consigue orgasmar a más de una/o, los mosquitos sacando la artillería pesada o las moscas, sobre todo las moscas, posándose sobre pieles que se asemejan al caldo humeante en el que entre todos hemos convertido al Mediterráneo. Pese no haberla revisado desde mi época universitaria, os puedo asegurar que esta joyosa que mezcla el vodevil con las comedias de Pláuto me hizo reír como la primera vez, pero también ser partícipe de ese sudor (palabra mágica) que abrillantaba el rostro de unos intérpretes especialmente inspirados, que apelmazaba la peluca de Zero Mostel, que caía cual cascada bajo el sombrero de Buster Keaton o que tornaba aún más ridícula la estrambótica egolatría de Leon Greene en el papel del Capitán Miles Gloriosus. Ni las murallas de Ávila allá a lo lejos, ni el acueducto de Segovia convertido en una loquísima pista de baile o la desternillante persecución a toda pastilla sobre carros y cuadrigas por los montes de la sierra Madrileña consiguieron desviar mi atención de aquellos puntitos negros con alas posados sobre la túnica de la falsa Phillia.
Lejos quedaron climáticamente otros cines de verano, los de la infancia, en los que no sabíamos como abrigarnos bajo el cielo despejado de un doce o trece de agosto. Cierto es que en un pequeño pueblo de la Sierra de Albarracín las temperaturas nocturnas solían caer en picado y, por tanto, quedarte sin sitio en medio de la hilera de sillas de plástico blancas era arriesgarte a levantarte al día siguiente con un resfriado. De todas aquellas sesiones de cine a la fresca – esta vez de verdad- recuerdo muy especialmente aquella en la que vi la primera entrega de la saga de Narnia en la que la nieve del paisaje nos caló tanto en los huesos que tuvimos que agregar una capa más a nuestras rebequitas y chaquetas vaqueras. Hubo quien, incluso, se echó una manta encima para poder disfrutar de la cinta sin pelarse de frío. Por aquel entonces nos empachábamos de pipas Grefusa, de chupa-chups, de pelotazos, de Lays Campesinas y de moscas, de nuevo ellas, a las que no parábamos de espantar entre plano y plano.
A estas alturas, sobre todo teniendo en cuenta el poder que lo nostálgico tiene en nuestra relación con el presente, dudo mucho que los cines al aire libre desaparezcan. Aunque nos acabemos derritiendo en la cola de las palomitas, quizá ahora seria mejor hacer cola para unos helados, seguiremos disfrutando de uno de los pocos placeres que nos quedan: imaginar otras vidas posibles sobre una tela/pantalla blanca. Tal vez deberíamos seguir el ejemplo de las moscas las cuales, quiero pensar, han decidido dejar este mundo cada vez más extraño para compartir protagonismo y humor con Hystericus, Pseudolus o Erronius. Y aunque la historia dice que, en realidad, fue la fruta y verdura fresca que utilizaron como atrezzo lo que hizo que el plató y por consiguiente la imagen para la historia se llenase de este molesto insecto, sostengo que son afortunadas, que han conseguido escapar, que los que nos quedamos sólo nos queda contemplar, reír, suspender el tiempo mientras otros no dudan en arrebatárnoslo.

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