Cartelera Turia

(2) NUREMBERG, de James Vanderbilt. EL DÍA QUE EL HORROR SE SENTÓ A DECLARAR.

PAU VERGARA: Hay películas que se acercan al pasado con guantes de látex, como si temieran contaminarse con cualquier detalle incómodo. Nuremberg opta por lo contrario: hunde las manos hasta el codo en la historia y las saca manchadas, incómodas, difíciles de mirar. Y en ese gesto está su fuerza. Porque este no es un thriller judicial al uso; es un intento de entender qué queda del mal cuando uno le quita la bandera, el uniforme y la épica venenosa que lo alimentó.

Aunque el cartel y la intuición nos lleven directamente a Hermann Göring —interpretado por un Russell Crowe que firma una de sus mejores composiciones en años—, la película está construida alrededor de la figura del psiquiatra Douglas Kelley, al que Rami Malek dota de una mezcla de ingenuidad científica y horror creciente. Kelley no quiere juzgar, quiere comprender, y ese deseo se convierte en el núcleo tensado de todo el relato: ¿qué ocurre cuando la ciencia se adentra en la mente de quien diseñó el infierno?

Las entrevistas entre el psiquiatra y el jerarca nazi se convierten muy pronto en enfrentamientos silenciosos, duelos en los que no se levanta la voz pero sí se desnudan intenciones. Y es ahí donde Crowe demuestra que sigue siendo un actor formidable. Sin necesidad de explosiones emocionales, solo con la economía precisa de sus gestos, compone un Göring inquietante no por grandilocuente, sino por razonable. Ese es su logro: hace aterrador lo cotidiano. Su capacidad para encarnar la vanidad fría y calculada del personaje recuerda, inevitablemente, el espíritu de los grandes dramas judiciales. Es imposible no pensar en Vencedores o vencidos (1961) de Stanley Kramer, aquel clásico monumental que marcó la primera aproximación seria del cine a los juicios de Núremberg. Pero ahí donde Kramer levantaba monumentos morales, Crowe prefiere el barro: no interpreta un símbolo universal del mal; interpreta a un hombre que supo seducir a un país entero con su discurso. Es más escalofriante así.

El juicio filmado casi en tiempo real, el interrogatorio del fiscal es una pieza de precisión quirúrgica, un golpe seco que no busca el espectáculo sino la verdad histórica. Michael Shannon interpreta al fiscal con la solemnidad de un hombre que sabe que, por primera vez en la historia, la justicia se atreve a enfrentarse al crimen absoluto.

Y entonces llega la secuencia que divide a los espectadores: la proyección del horror. No una recreación, sino imágenes reales. La película obliga a mirar lo que muchos preferirían evitar. Y aunque mi estómago se encogió, no pude evitar pensar que, mientras veía el Holocausto, una parte de mí no dejaba de pensar en Palestina, en cómo la violencia sigue repitiéndose bajo otras banderas y otros pretextos. Pensé si esta no era una versión más de la propaganda sionista que usa el Holocausto para justificar otros crímenes de guerra. Una vez más. Siempre he sido defensor de mostrar la crudeza del exterminio, pero me surgen dudas si hoy esos crímenes no deberían resignificarse.

Nuremberg es, al final, una película que aporta poco, pero en ese equilibrio frágil, la película encuentra su sentido: recordar que el mal no es un mito, sino una suma de decisiones humanas. Entonces y ahora.

(2) NUREMBERG, de James Vanderbilt. EL DÍA QUE EL HORROR SE SENTÓ A DECLARAR.

LA VOZ DE HIND, LA PELÍCULA QUE

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *