PAU VERGARA: Con La voz de Hind, la cineasta tunecina Kaouther Ben Hania ha firmado una de esas obras que llegan al público antes incluso de que se apaguen las luces de la sala. El eco de su paso por Venecia —donde logró el Gran Premio del Jurado y una ovación de 23 minutos— había creado una expectativa poco habitual para una película que no es espectáculo, ni evasión, ni entretenimiento, sino memoria viva. Ahora, en su estreno en salas, esa intensidad se confirma: estamos ante una de las películas más necesarias del año, un testimonio cinematográfico que se sostiene sobre una verdad tan dolorosa como irrefutable.
Esa verdad comienza el 29 de enero de 2024. Aquel día, los voluntarios de la Media Luna Roja Palestina recibieron una llamada de auxilio de una niña de seis años. Su nombre era Hind Rajab. Estaba atrapada dentro de un coche ametrallado en el norte de Gaza, rodeada por los cuerpos de sus familiares —dos tíos y cuatro primos— mientras intentaban huir tras una orden de evacuación del ejército israelí. Minutos antes había llamado también su prima de 15 años, Layan Hamada, intentando pedir ayuda mientras describía la presencia de un tanque a escasos metros. Las comunicaciones quedaron registradas. Y esa voz, pequeña pero luminosa, suplicando que “por favor, vengan a por mí”, es el corazón del filme.
Ben Hania construye toda la película alrededor de esos audios reales. Lejos de cualquier morbo, decide no mostrar la violencia directamente, sino enfocarse en el espacio donde se recibe la llamada, un centro de operaciones de la Media Luna Roja que se convierte, por necesidad, en el escenario de una tragedia que se desarrolla sin que nadie pueda intervenir. El espectador escucha lo mismo que escucharon los operadores aquel día: la respiración temblorosa de una niña que intenta mantenerse despierta, el sonido lejano de la artillería, las instrucciones desesperadas de quienes intentan mantenerla en línea. La directora filma el interior del centro de emergencias con una precisión casi quirúrgica, sin dramatización, sin sentimentalismo, con la sobriedad de un cine que entiende que el impacto no necesita adornos.

A lo largo de la película, el trabajo del reparto —entre ellos Amer Hlehel, Saja Kilani y Motaz Malhees— sirve de apoyo emocional para un material real que ya está cargado de devastación. Los actores interpretan a los operadores que, durante horas, intentan convencer al ejército israelí para que permita el acceso de una ambulancia. Ben Hania sostiene el suspense sin artificios: la agonía, la impotencia, los intentos fallidos, la comunicación que a ratos se corta y vuelve, las dudas, la esperanza mínima. En ese clima de tensión contenida, el público asiste a la forma más cruel en que puede mostrarse una guerra: a través de una llamada telefónica de una niña que nunca debió existir.
Doce días después, el cuerpo de Hind fue encontrado dentro del coche, que había recibido 335 impactos de bala, según el análisis de Forensic Architecture y Earshot. A apenas 50 metros de distancia se hallaron los restos de los dos paramédicos que habían sido enviados a rescatarla. La Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas concluyó posteriormente que las acciones del ejército israelí constituían crímenes de guerra, incluido el homicidio intencional. Consultado por medios internacionales, el ejército israelí se limitó a afirmar que “el incidente sigue bajo investigación”.
En manos de otro cineasta, estos datos podrían haber convertido la película en un panfleto. Pero Ben Hania evita ese camino. Lo que propone no es una tesis, sino una escucha. Una escucha radical, incómoda, necesaria. Una escucha que convierte a Hind en un símbolo, sí, pero también en una presencia íntima, real, irrepetible. La directora ya había demostrado, en trabajos como Las cuatro hijas o Beauty and the Dogs, su habilidad para moverse entre la ficción y el documental, borrando las fronteras tradicionales para explorar nuevas formas de verdad. Aquí lleva esa búsqueda a su expresión más contundente.

En Venecia, durante la presentación, dijo: “Cuando escuché por primera vez la voz de Hind sentí algo más allá de sus palabras. Era la voz de la propia Gaza pidiendo ayuda y nadie podía contactarla”. La actriz Saja Kilani, hablando en nombre del equipo, añadió que esta película “no es una fantasía ni una opinión: está anclada en la verdad”. Y esa verdad tiene nombres, rostros, edades —seis años— y una historia que no debería repetirse jamás.
En su estreno, la película llega a un público que sabe que no asistirá a una proyección sencilla. La voz de Hind no ofrece refugio emocional, no propone consuelo, no cierra heridas: las abre para que puedan ser vistas. En ese proceso revela también el poder político del cine cuando decide no callar. La directora, formada en la École des Arts et du Cinéma de Túnez y más tarde en La Fémis y La Sorbona, ha desarrollado una filmografía marcada por la valentía formal y ética: desde sus inicios con Les imams vont à l’école y Zaineb odia la nieve, pasando por Le Challat de Tunis o El hombre que vendió su piel, hasta Las cuatro hijas, que le valió su segunda nominación al Óscar y el Golden Eye en Cannes. Con La voz de Hind, Ben Hania alcanza una madurez cinematográfica que combina contundencia estética, rigor documental y una sensibilidad profundamente humana.
El título del filme no es metafórico: es literal. Es la voz de una niña que llamó a un número de emergencia y permaneció en línea durante horas sin que la ayuda pudiera llegar. Es la voz que quedó registrada y que hoy se transforma en cine para evitar que se borre. Es también la voz de muchas otras historias que nunca fueron grabadas, de vidas que desaparecieron sin dejar rastro más allá del recuerdo de quienes las amaron.
El estreno de La voz de Hind invita a mirar, escuchar y asumir lo que ocurrió aquel día. No para quedarse en el dolor, sino para recordar que, ante la barbarie, el cine tiene la capacidad —y quizás la obligación— de convertirse en un acto de memoria. Hind Rajab tenía seis años. Su voz sigue resonando. Y esta película, con una valentía poco común, se asegura de que el mundo también la escuche.

