REDACCIÓN: Joaquín Reyes llega a La Rambleta convertido en algo más que un humorista, ilustrador o icono chanante: ahora es Miguel, un mentiroso compulsivo que habita en un ecosistema donde todos los demás mienten todavía mejor que él. Y ese es, quizá, el drama —o la delicia— de esta comedia escrita por Florian Zeller, que juega con la verdad, la mentira y esa zona gris donde todos vivimos más cómodos de lo que admitimos.
Porque La verdad plantea un dilema universal: ¿queremos realmente saberla? ¿O preferimos que nos la envuelvan en papel de regalo, con un lacito de mentira piadosa? Para Reyes, la obra funciona porque toca algo que todos hacemos: «Todos nos manejamos con mentirijillas en la vida», confiesa sin rubor. Y, claro, cuando Miguel empieza a sostener su vida a base de equilibrios imposibles entre su esposa, su amante y su mejor amigo, el público no solo se ríe: se reconoce.
Miguel, el personaje que interpreta Reyes, es —según él— “un regalo”. «Hago de Miguel y lo bordo», asegura, reivindicando la figura del galán cómico, ese espécimen en extinción que él interpreta con un entusiasmo contagioso.Pero lo fascinante de Miguel no es que mienta: es que vive rodeado de personas que le mienten aún mejor. Su amante amenaza con destapar su relación; su esposa sospecha; su mejor amigo desconoce que lo traiciona… o no tanto. Miguel maniobra, argumenta, se enreda y desenreda, convencido de que lo mejor para todos es callarse la verdad… siempre que sea su verdad.

Zeller construye así una comedia de enredo que funciona como una trampa de espejos:
nadie dice lo que piensa, nadie piensa lo que dice y, cuando la verdad empieza a emerger, todos desean volver a enterrarla.
Reyes lo resume con su estilo inconfundible:«A veces la verdad raya con la mala educación… esas opiniones que no pedimos. El exceso de sinceridad también puede ser un problema.»
Aunque Reyes ha pisado muchos escenarios, esta vez no llega como monologuista, sino como actor de teatro. Y reconoce que la experiencia le ha sorprendido:«Nunca me hubiera figurado que se trabaja tanto. Es como trabajar en hostelería: estás de miércoles a domingo sin parar.» Sin embargo, la exigencia también le ha dado alas:
«Ha sido un regalo, una experiencia muy enriquecedora.»Trabajar bajo la dirección de Juan Carlos Fisher y compartir escena con Natalie Pinot, Alicia Rubio y Raúl Jiménez ha despertado en él un gusanillo nuevo, tan nuevo que ya confiesa que seguirá “explorando este camino”.
Y en medio de ensayos y funciones, aún tiene tiempo para su otra faceta:está terminando una novela satírica sobre el mundo del arte contemporáneo, un ecosistema que conoce bien desde sus tiempos de Bellas Artes. «Es un proyecto que me tiene muy ilusionado.»
Uno de los grandes aciertos de esta obra es que no sermonea: muestra. Muestra cómo la mentira construye, destruye, maquilla, suaviza o dinamita relaciones.Y muestra, también, ese mecanismo psicológico tan inquietante como común: las personas que acaban creyendo sus propias mentiras.Reyes lo explica con humor: Y, sobre todo: ¿cuánta parte de nuestra convivencia social está hecha de pequeñas ficciones? Reyes asegura que el humor ha sido fundamental en su vida, no solo como profesión, sino como forma de sobrevivir: «Me gusta bromear con mis hijos y mi mujer, hacer el tonto, decir chorradas…»
Y no es casualidad: en su casa ya venía de fábrica.Sus padres encaraban la vida con humor, y eso, en algún momento, se convirtió en una forma de estar en el mundo. Por eso Reyes defiende que la comedia es un vehículo natural para tratar temas serios: «Con la comedia estos temas entran mejor.» Aunque su carrera ha evolucionado, él dice que sigue siendo el mismo:
“Sé que suena cursi, pero es así.” La esencia chanante —la curiosidad, el absurdo, la libertad creativa— sigue ahí, solo que ahora convive con la disciplina teatral y la madurez artística.
Eso sí, entre todos los personajes que ha creado, hay uno que ocupa un lugar sentimental privilegiado:Enjuto Mojamuto.«Le tengo cariño… es muy especial para mí.»La verdad no ofrece soluciones. No dice qué está bien o qué está mal.Lo que hace es poner un espejo, uno ligeramente deformante, como los que tanto gustan a Reyes, en el que todos podemos ver nuestras propias contradicciones.
Lo que sí es seguro es que la llegada de Joaquín Reyes a La Rambleta será una de las grandes citas escénicas de la temporada: inteligente, divertida y con esa mezcla tan suya de ternura, ironía y absurdo.

