ANDREA MOLINER: Como ya sabéis (y si no es que vivís bajo una piedra lo cual, a estas alturas, tal vez se estaría más fresquito) durante el atardecer del próximo miércoles 12 de agosto tendrá lugar un eclipse total de Sol. Si habéis estado atentas/os a las noticias ya sabréis más del eclipse que de vuestra propia familia. De hecho, es tal el tratamiento que desde los medios de comunicación tanto tradicionales como alternativos están haciendo, que ya casi podría sentarse a la mesa durante las próximas navidades.
Es de dominio público que hace más de un siglo que un fenómeno de estas características no tiene lugar en la Península Ibérica. Nos han repetido hasta la saciedad que la franja de totalidad, en otras palabras, el momento en el que el eclipse alcance su máximo esplendor, cruzará el país de oeste a este, pasando por numerosas capitales de provincia tales como A Coruña, Palma, León, Bilbao, Oviedo o Zaragoza entre otras muchas. Siendo en Valencia -la terreta siempre por delante por si cabía alguna duda- uno de los lugares en los que más se va a poder disfrutar, si la contaminación lumínica o un inesperado cielo encapotado no lo impiden. Lo han repetido hasta la saciedad pero, cabe recordar que sucederá cuando el Sol se esté poniendo muy cerca del horizonte. Ello obligará a observar el bendito eclipse desde un lugar hacia el oeste y cuando eso suceda, más vale que un edificio o cualquier tipo de barrera arquitectónica no dificulte las probabilidades de ser testigos de el fenómeno que tiene a todo un territorio obsesionado.
Y como ante todo acontecimiento que, a pesar de hallarnos en la era de mayor y más fácil acceso al conocimiento universal, en ocasiones puede escaparse a nuestro entendimiento; no hay que olvidarse del sentido común y, sobre todo, de quienes carecen de él. De ahí que se hayan redoblado esfuerzos para que nadie, absolutamente nadie, vuelva a su casa con graves problemas en la vista por culpa de la belleza. Suena demasiado poético, cursi si lo preferís, pero es que es así. Si no observas el eclipse tras unas gafas homologadas y preparadas para ello es más que probable que a tus ojos les cueste observar el resto de fenómenos maravillosos que puedan tener lugar en un futuro más o menos cercano o incluso la puerta que tienes delante. Por supuesto, y a pesar de que han habido ayuntamientos y otras entidades públicas que se han puesto las pilas a la hora de repartirlas gratuitamente a la población, ello no ha impedido el surgimiento de un mercado alternativo sujeto a la especulación más salvaje. Al igual que sucedió con las mascarillas en tiempos pandémicos, parece que en eso no hemos aprendido nada.

Por último, y como cabría de esperar, el tardocapitalismo turbochetado no podía estarse quieto. Sus tentáculos ahora son los rayos del futuro eclipse, representación que gracias a él la tenemos hasta en la cuchara con la que removemos la sopa. La industria del turismo, como consecuencia, se ha frotado las manos con el FOMO de todos y cada uno de nosotros. A estas alturas ya tendrás guardados en favoritos los lugares más idílicos desde los que poder observar el eclipse, pocas serán las plazas que queden para esa experiencia inmersiva que seguro han montado en algún lugar tan exclusivo como privilegiado y, por descontado, habrán reforzado la vigilancia al tráfico en zonas tan espectaculares como el embarcadero de la Albufera o cualquier playa de nuestro aventajado litoral. Si hasta nos han preparado una lista de Spotify para que vivamos el momento de la forma más plena posible. Coronada por el increíble “Total Eclipse Of The Heart” de la tristemente fallecida Bonnie Tyler al “Total Eclipse” de Iron Maiden, pasando por el “Black Hole Sun” de Soundgarden, el “Eclipse de Mar” de Joaquín Sabina o el “Sansón (Oratorio)” de Händel inspirado en el poema de John Milton. Y hablando de libros, muchas publicaciones culturales se han apuntado al carro de las recomendaciones literarias, en algunas de ellas siendo absolutamente cachondos incluyendo en sus listas la tercera entrega de la saga Crepúsculo sin cortarse un pelo o, por el contrario, pasándose de elevados citando pasajes de la “Odisea” de Homero o “La canción de Roldán”. En esto no hay termino medio.
A estas alturas de la redacción del presente artículo me percato de que cuando éste vea la luz habrán pasado dos días de que el día E (permitidme la broma) haya tenido lugar y, por tanto, el fenómeno se habrá desinflado como un globo tras una fiesta de cumpleaños. Ya nadie hablará de él, todo el misterio que debería envolver a dicho milagro astronómico y que –con la ciencia siempre de nuestro lado- tendríamos que haber abrazado, jamás sucederá. Sólo el recuerdo de unas gafas olvidadas en un cajón, del estribillo de una canción y de una foto que a duras penas has conseguido realizar –con su posterior publicación en Instagram- reflejarán una efímera pasión que, al igual que el eclipse, dura un insignificante instante. Objetos de nuestro paso por la tierra, de una sed de pertenencia, no de comprensión o introspección, para posteriormente alardear de que “estuviste ahí” aun sin haber entendido del todo qué es lo que se ha visto y por qué fue importante. Al menos podremos decirle a nuestros nietos que, vimos un eclipse y que sobrevivimos a una pandemia de eclipsados.


