EN LA entrega anterior recordábamos los rescoldos dejados por la dimisión de Álvaro López-Jamar, la concentración provisional de sus competencias en Ignacio Prieto y aquella sorprendente llamada a “despolitizar” el Institut Valencià de Cultura después de tres años en los que PP y Vox han convertido prácticamente cada decisión cultural en una declaración ideológica. Ahora el desastre adquiere nombres, cifras y damnificados concretos.
HAY ADMINISTRACIONES que elaboran planes estratégicos para ordenar una legislatura. La Conselleria de Cultura de Carlos Mazón y ahora de Pérez Llorca, ha conseguido algo mucho más difícil: anunciar tres planes estratégicos diferentes sin presentar ninguno. Vicente Barrera prometió el suyo. José Antonio Rovira «comegambas», aseguró que estaba prácticamente terminado y que solo había que actualizarlo. Después llegó el anuncio de un nuevo plan elaborado junto al IVIE y finalmente Carmen Ortí volvió a abrir otro proceso de escucha para redactar un nuevo documento. Mientras tanto, la legislatura toca a su fin y el único plan que parece existir es el de dejarlo todo para el siguiente gobierno. La cultura valenciana lleva tres años esperando una hoja de ruta que solo existe en las notas de prensa.
LA EXCLUSIÓN de Pot de Plom del Circuit Cultural Valenciano no puede despacharse como un simple desacuerdo técnico. Cuando una compañía con más de treinta años de trayectoria desaparece completamente del catálogo público junto a otras como L’Om-Imprebís, Xarop Teatre, Eventime, Con Ustedes o Rafa Alarcón, el debate deja de ser artístico para convertirse en político. Hoy ya no hace falta prohibir una obra desde un despacho. Basta con dejarla fuera del catálogo que financia las actuaciones de los ayuntamientos. Es una censura mucho más sibilina : nadie prohíbe nada, simplemente convierte determinadas compañías en invisibles.
HA SIDO AVETID, la asociación que representa a buena parte de las empresas de artes escénicas valencianas la que ha denunciado la situación. Su comunicado debería hacer reflexionar a cualquier responsable público: “No queremos que la censura se institucionalice”. No son palabras menores. Cuando quienes producen, distribuyen y sostienen el teatro valenciano empiezan a hablar de censura institucional significa que el problema ha dejado de ser una polémica puntual. La administración podrá negar esa percepción, pero ya no puede ignorar que una parte muy importante del sector ha dejado de confiar en sus decisiones.
RESULTA PARADÓJICO que una gestora llegada en su día de la mano de Compromís para dirigir Dansa València haya terminado convirtiéndose en uno de los nombres más cuestionados por el propio sector escénico. María José Mora, conocida desde hace años por muchos profesionales como “María José Moñas”, acumula una larga lista de conflictos con compañías, programadores y creadores. La exclusión de Xavi Castillo ha terminado de convertir su gestión en símbolo de una forma de entender la cultura donde el diálogo parece consistir únicamente en escuchar a quien piensa igual. Cuando una responsable cultural genera más titulares por las polémicas que por los proyectos impulsados, quizá convenga empezar a preguntarse si el problema no reside precisamente en la gestión.
Además, Once asociaciones profesionales han firmado el mismo comunicado. AAPV, AVETID, AVEET, APCCV, ADVAEM, APDCV, AVED, PROART, FETI, Gestió Cultural y el Comitè Escèniques coinciden en denunciar retrasos, recortes, exceso de burocracia, falta de personal y ausencia de diálogo. Nunca antes un gobierno valenciano había conseguido poner de acuerdo a prácticamente todo el sector escénico en su contra. Quizá la Consellería debería preguntarse por qué el consenso solo aparece cuando se trata de criticar su errática gestión.
ADEMÁS, ONCE asociaciones profesionales han firmado el mismo comunicado. AAPV, AVETID, AVEET, APCCV, ADVAEM, APDCV, AVED, PROART, FETI, Gestió Cultural y el Comitè Escèniques coinciden en denunciar retrasos, recortes, exceso de burocracia, falta de personal y ausencia de diálogo. Nunca antes un gobierno valenciano había conseguido poner de acuerdo a prácticamente todo el sector escénico en su contra. Quizá la Consellería debería preguntarse por qué el consenso solo aparece cuando se trata de criticar su errática gestión.
EL INSTITUT Valencià de Cultura nació para impulsar la creación, producir espectáculos, apoyar a las compañías y proyectar la cultura valenciana. Hoy buena parte de su actividad parece girar alrededor de expedientes, subsanaciones, requerimientos, minoraciones y trámites interminables. Los profesionales dedican más tiempo a responder requerimientos administrativos que a preparar nuevos proyectos. Cuando la burocracia acaba ocupando el lugar de la política cultural, algo ha dejado de funcionar. Y no precisamente las compañías.
EL NUEVO hombre fuerte de Cultura, Ignacio Prieto, acumula la Dirección General de Cultura y las funciones administrativas del IVC. No porque exista un gran plan de reorganización, sino porque no hay otra salida inmediata. Gobernar a base de interinidades transmite exactamente la sensación que produce: improvisación. Una administración que presume de planificación no puede tener a una misma persona intentando apagar todos los incendios mientras promete que, esta vez sí, el gran proyecto estratégico está a punto de llegar.
RESULTA CURIOSO Comprobar cómo los planes estratégicos nunca llegan, las ayudas culturales se retrasan y las compañías denuncian recortes, mientras aparecen con sorprendente rapidez nuevas partidas para los festejos taurinos. La cultura lleva tres años escuchando que no hay recursos suficientes, pero determinadas prioridades presupuestarias parecen resolverse con admirable agilidad. Quizá el problema nunca fue la falta de dinero. Quizá siempre fue la falta de voluntad política.
LA LISTA resulta casi interminable: Vicente Barrera, José Antonio Rovira, Carmen Ortí; Pilar Tébar, Miquel Nadal, Marta Alonso; Álvaro López-Jamar, Ignacio Prieto... Cambian los nombres, cambian los despachos y cambian las fotografías oficiales. Lo único que permanece inalterable es la ausencia de un proyecto reconocible. Se ha confundido la renovación de cargos con la renovación de ideas. Y no son lo mismo.
CADA RESPONSABLE de Cultura que aterriza en la Consellería repite exactamente el mismo discurso:“recuperar el diálogo con el sector”La frase se ha convertido ya en un género literario. Lo paradójico es que cuanto más habla la administración de diálogo, más comunicados críticos publican las asociaciones profesionales. Debe de existir una conversación paralela que nadie conoce, porque la real solo produce desencuentros. Escuchar no consiste en convocar reuniones. Escuchar implica modificar decisiones cuando prácticamente todo un sector advierte que se está equivocando.
UNO DE los argumentos más repetidos por los nuevos gestores culturales es la necesidad de eliminar la ideología de las instituciones. Curiosa manera de entender la neutralidad cultural el PP apoyado por la extrema derecha de VOX Porque la cultura nunca ha sido neutral. Ni Lorca, ni Berlanga, ni Estellés, ni Shakespeare, ni Valle-Inclán lo fueron. Pretender un teatro sin conflicto, sin crítica y sin incomodidad equivale a convertirlo en un simple entretenimiento decorativo. Cuando una administración empieza a preocuparse más por el contenido de las obras que por su calidad artística, deja de gestionar cultura para empezar a gestionar obediencias.
AHORA TODA la esperanza institucional parece depositarse en un plan audiovisual elaborado por PwC. Otra consultora privada, tan inútil como la de la DANA, que pasará la minuta correspondiente , que elaborará Otro diagnóstico, otro informe, otro documento que probablemente llegará cuando la legislatura ya haya terminado. El sector cultural valenciano no necesita más estudios sobre sí mismo. Lleva años explicando cuáles son sus problemas. Lo que necesita es que alguien tome decisiones y las mantenga durante el tiempo suficiente para que den resultado. Gobernar no consiste en encargar informes; consiste en asumir responsabilidades.
CUANDO TERMINE esta legislatura será difícil recordar una gran política cultural impulsada desde la Generalitat. En cambio, sí quedarán en la memoria la censura a Xavi Castillo, la exclusión de compañías históricas del Circuit Cultural, las protestas de AVETID y del conjunto del sector, la dimisión de Álvaro López-Jamar, el deterioro del CCCC, los planes estratégicos fantasma y una interminable sucesión de cambios de responsables. Demasiados titulares para tan pocas ideas. La cultura valenciana no necesita una revolución. Solo necesita que alguien la gobierne con rigor, continuidad y respeto. Tres años después, sigue esperando.
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