PAU VERGARA:Hay una constante que se repite con una precisión casi matemática cada vez que la ultraderecha alcanza el poder. Da igual el continente, el idioma o la bandera. Antes o después llega el turno de la cultura. Y, dentro de ella, el cine ocupa un lugar privilegiado en la lista de enemigos.No es casualidad.
Javier Milei lo ha demostrado en Argentina con una brutalidad difícil de encontrar en una democracia consolidada. La práctica desaparición del INCAA como motor de la producción nacional no solo supone un recorte presupuestario. Es un cambio de paradigma. La idea es sencilla: si el mercado no financia una película, esa película no merece existir. Como si el cine fuera una fábrica de tornillos y no una herramienta para pensar un país.
Italia empieza a recorrer un camino inquietantemente parecido. El Gobierno de Giorgia Meloni ha endurecido las condiciones de acceso a las ayudas públicas, ha paralizado convocatorias y ha generado una enorme incertidumbre en un sector que hasta hace poco era uno de los grandes motores culturales europeos. No es casual que cineastas como Paolo Sorrentino hayan levantado la voz denunciando el desmantelamiento progresivo del sistema que convirtió al cine italiano en una referencia mundial. No protestan por privilegios. Protestan porque saben que destruir una industria cultural cuesta meses; reconstruirla puede llevar décadas.
Y Francia, que durante años fue el gran ejemplo europeo de protección cultural, empieza a mostrar otra forma de amenaza: la concentración privada del poder audiovisual. El caso de Vincent Bolloré, propietario de Vivendi y figura señalada por su influencia conservadora y ultraderechista en los medios franceses, resulta especialmente inquietante. Canal+, uno de los grandes financiadores del cine francés, llegó a amenazar con no trabajar con centenares de profesionales del sector que habían firmado una carta crítica contra la influencia política de Bolloré. Entre los firmantes figuraban nombres como Juliette Binoche, Arthur Harari o Swann Arlaud. No hablamos ya de recortes públicos, sino de algo igual de peligroso: la posibilidad de convertir la financiación privada en una lista negra ideológica.
Ahí aparece la verdadera dimensión del problema. La ultraderecha no necesita siempre cerrar ministerios o eliminar fondos. A veces basta con ocupar consejos de administración, comprar medios, controlar plataformas y decidir quién trabaja y quién no. El resultado puede ser el mismo: menos diversidad, menos riesgo, menos memoria, menos conflicto. Un cine más dócil, más neutro, más inofensivo.
Lo curioso es que quienes atacan las ayudas al cine jamás cuestionan las subvenciones a otros sectores económicos. Nadie escucha discursos furibundos contra las ayudas al automóvil, al campo, a la banca o a las grandes industrias. Solo molestan las del cine. ¿Por qué?Porque el cine hace preguntas.
Y los gobiernos con pulsiones autoritarias prefieren las respuestas únicas.Las películas construyen memoria, cuestionan relatos oficiales, hablan de derechos humanos, de desigualdad, de violencia machista, de corrupción, de memoria democrática, de inmigración. Exactamente los temas que los nuevos populismos intentan convertir en guerras culturales. Controlar el relato siempre ha sido mucho más importante que controlar el presupuesto.
Por eso el ataque nunca empieza hablando de censura. Empieza hablando de “chiringuitos”. De “cine subvencionado”. De “vividores”. De “élite cultural”. Primero se desacredita al sector. Después se reducen los recursos. Finalmente llega la autocensura. No hace falta prohibir películas cuando basta con hacer imposible financiarlas.
España todavía no ha llegado ahí. Pero conviene mirar alrededor.
Vox lleva años defendiendo la eliminación de las ayudas al cine y cuestionando abiertamente el modelo público de financiación cultural. Si algún día gobierna con capacidad suficiente para imponer su agenda, no hará falta imaginar demasiado cuál será el siguiente capítulo. Basta con observar Buenos Aires, Roma o París.
Paradójicamente, España vive uno de los mejores momentos internacionales de su cinematografía. Las películas españolas viajan, ganan premios, coproducen con medio mundo y atraen inversión extranjera gracias a un ecosistema construido durante décadas entre administraciones, televisiones públicas, incentivos fiscales, escuelas de cine y productores independientes. Nada de eso apareció por generación espontánea. Publicado el 10 de julio de 2026.
CUANDO EL CINE ES LA PRIMERA VÍCTIMA


