Cartelera Turia

HUEVO DE COLÓN: LA IZQUIERDA SE REARMA EN VALENCIA

COCOLISO: Hay momentos en política que no se anuncian: irrumpen. Es como si los astros se reeliniearan y todo el puzzle político comenzara a cuadrar. El regreso de Mónica Oltra no es un movimiento más en el calendario, es una alteración del clima. Llevaba meses flotando en el ambiente, en conversaciones a media voz, en ese runrún que se instala cuando algo está a punto de suceder. Y de pronto sucede. Sin red, sin anestesia, sin el guion habitual. Y lo que parecía una pieza fuera del tablero vuelve a convertirse en el eje sobre el que todo gira.

Durante estos años, Oltra no ha estado. Y, sin embargo, ha estado. Su ausencia no fue un vacío neutro, sino una grieta. La izquierda valenciana ha vivido en ese hueco, reorganizándose sin encontrar del todo el tono, sosteniendo estructuras sin lograr recuperar pulso. Mientras tanto, la derecha ha avanzado con claridad y la extrema derecha ha logrado fijar parte del lenguaje del debate público. En ese paisaje, el regreso no es solo una decisión personal: es una respuesta a un ciclo político que pedía algo más que gestión. Y si queréis una película sería la llegada de Sean Connery en El último Caballero o la llegada de Gandalf en El señor de los anillos.

Lo relevante no es que aspire a la Alcaldía de València. Eso es apenas la superficie visible. Lo importante es la lógica que hay detrás: no recomponer lo que había, sino construir algo distinto. No una suma de siglas, sino una corriente política capaz de ordenar el espacio. Una plataforma en la que quepan Compromís, Esquerra Unida, Podemos, Sumar e incluso Esquerra Republicana de Catalunya, pero que no se limite a ellas. Es una operación política en toda regla.

Durante años, la izquierda ha funcionado como un equilibrio delicado entre sensibilidades, cuotas y estructuras. El regreso de Oltra introduce otra lógica: la de un liderazgo reconocible capaz de articular ese espacio. No elimina las diferencias, pero sí ofrece un punto de referencia común. En un momento de fragmentación, esa claridad puede ser más decisiva que cualquier acuerdo orgánico.

En la derecha, el movimiento se lee con atención. No porque cambie inmediatamente la aritmética, sino porque altera el contexto. Oltra tiene capacidad de generar agenda, de ocupar espacio mediático y de introducir temas en la conversación pública. Eso obliga a sus adversarios a reaccionar, a ajustar discurso y a prepararse para una contienda menos previsible.

Para el PSPV, el regreso abre un escenario complejo. Por un lado, reactiva al electorado progresista y facilita una posible suma. Por otro, complica cualquier aspiración de liderazgo claro en la ciudad. La presencia de Oltra reconfigura las expectativas y obliga a redefinir estrategias. La cuestión deja de ser quién encabeza y pasa a ser si el bloque puede volver a ser competitivo.

Oltra regresa con una causa judicial abierta y decide no supeditar su futuro político a su resolución. Es una decisión arriesgada, pero coherente con la idea de que la agenda política no puede quedar subordinada al calendario judicial. Este elemento formará parte del debate público, pero no parece condicionar la determinación de su regreso. El alcance del movimiento no se limita al ámbito municipal. València es una pieza clave por su peso político y simbólico, pero el efecto puede extenderse al conjunto de la Comunitat Valenciana. La reactivación de un liderazgo con proyección mediática tiene capacidad de influir también en el escenario autonómico.

Tras un periodo marcado por la contención y la fragmentación, el regreso de Oltra introduce un cambio de tono. Se vuelve a hablar en términos de disputa, de posibilidad, de proyecto. No garantiza resultados, pero sí modifica el estado de ánimo de un espacio político que necesitaba recuperar iniciativa.

Queda tiempo por delante y muchas incógnitas por resolver. Habrá tensiones, ajustes y confrontación. Pero lo que ya es evidente es que la política valenciana ha dejado de estar en pausa. El regreso de Mónica Oltra reabre la partida y obliga a todos a jugarla en condiciones distintas.

ASÍ que finalmente se verán las caras Pilar Bernabé (PSPV), Mónica Oltra (Compromís), Maria José Catalá (PP) y próximamente se espera el desembarco de Vicente Barrera (Vox) que sirve para todo, además de torero para cerrar el círculo.

SEGÚN las últimas encuestas publicadas antes del desembarco de nuestra Gandalf, la derecha sigue teniendo mayoría por 1 concejal. Así que la noche electoral dentro de un año será de auténtico infarto.

Si el regreso de Mónica Oltra ha cambiado el tono, el siguiente movimiento pasa por algo aún más delicado: escribir el guion colectivo. Porque una cosa es tener protagonista y otra muy distinta levantar una película entera. Ahí aparece Joan Baldoví, dispuesto a asumir el papel de cabeza de cartel en el ámbito autonómico mientras Oltra lidera la batalla municipal. Una especie de doble dirección narrativa que busca evitar lo que tantas veces ha condenado a la izquierda: demasiados actores compitiendo por el plano corto y ningún plano general que ordene la historia.

La idea que sobrevuela es conocida, casi un cliché del cine político español: la fragmentación como giro final. Baldoví lo plantea sin rodeos: o se construye una candidatura amplia o se repite el desenlace de las últimas elecciones. No se trata solo de sumar partidos, sino de recuperar a quienes se quedaron en casa, de activar a un electorado desmovilizado y, sobre todo, de evitar que cada sigla juegue su propia película en paralelo. Porque cuando eso ocurre, el resultado suele ser el mismo: la derecha gana sin necesidad de hacer una gran actuación.

La clave está en cómo se articula esa unidad. La propuesta no pasa por diluir identidades, sino por generar un espacio común bajo el paraguas de Compromís que funcione como eje vertebrador. No como límite, sino como punto de encuentro. Una estructura lo suficientemente amplia como para integrar a Esquerra Unida, Podemos y Sumar sin que ninguno sienta que desaparece en el montaje final. En términos cinematográficos, no se trata de eliminar personajes, sino de conseguir que todos encajen en la misma historia.

Desde fuera puede parecer una cuestión técnica —reparto de puestos, listas, equilibrios internos—, pero en realidad es una cuestión de voluntad política. Lo ha dejado claro Rosa Pérez Garijo: sin generosidad no hay acuerdo posible. Y sin acuerdo, no hay proyecto competitivo. La palabra clave no es nueva, pero adquiere ahora un sentido más urgente. Porque esta vez no se trata solo de negociar espacios, sino de decidir si se quiere formar parte de algo con opciones reales de gobierno.

Baldoví apunta otra idea que suele pasar desapercibida pero que resulta decisiva: discreción. En un ecosistema político donde todo se filtra, se comenta y se desgasta antes de nacer, la construcción de esta candidatura exige justo lo contrario: conversaciones sin foco, acuerdos sin ruido, cesiones sin espectáculo. Es el tipo de política menos visible y, probablemente, la más necesaria en este momento.
Lo que se abre ahora no es solo una negociación entre partidos. Es una oportunidad poco habitual: la posibilidad de recomponer un espacio político con una dirección clara, un liderazgo definido y una estrategia compartida. No es fácil. No es automático. Y, desde luego, no está garantizado. Pero pocas veces se alinean tantos elementos a la vez: una figura que moviliza, una necesidad evidente de unidad y un contexto que empuja a intentarlo.

Si la izquierda valenciana logra cerrar ese guion, tendrá algo más que una candidatura: tendrá una historia que contar. Y en política, como en el cine, quien consigue que el público se quede hasta el final… suele tener mucho ganado.

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