PAU VERGARA: Hay dos certezas absolutas en la vida: que Hacienda siempre vuelve… y que en Semana Santa alguien, en algún canal, está poniendo Los 10 mandamientos, Ben-Hur. O Espartaco. O Rey de reyes. Da igual el año, el gobierno, el algoritmo o la plataforma que jure conocerte mejor que tu madre: cuando llegan estas fechas, el cine se convierte en una especie de procesión audiovisual donde desfilan siempre los mismos títulos, con la solemnidad de un paso y la inevitabilidad de una torrija.
Y lo curioso es que lo sabemos. No hay sorpresa posible. Sabemos que Charlton Heston va a fruncir el ceño como si llevara siglos cargando con el peso de la historia, que los romanos hablarán como si cada frase fuera una sentencia eterna y que todo avanzará con una calma que hoy, en tiempos de TikTok, parece casi revolucionaria. Y aun así… nos sentamos a verlo. Porque hay algo profundamente reconfortante en esa repetición, en ese déjà vu que, lejos de aburrirnos del todo, nos sitúa en un lugar reconocible, casi íntimo.
Semana Santa tiene algo de suspensión del tiempo. Las ciudades cambian de ritmo, las persianas bajan antes, las calles se llenan de pasos o de silencio, y en casa sucede algo parecido: se abre un paréntesis. En ese paréntesis, ver una película de cuatro horas no es un exceso, es un plan. Y esas películas —las de siempre— encajan perfectamente en ese estado mental. No hay prisa, no hay urgencia, no hay necesidad de “optimizar” el tiempo. Solo hay sofá, algo dulce en la mesa y una historia que ya conoces pero que vuelves a recorrer.
Películas como Los diez mandamientos, La túnica sagrada o Jesús de Nazaret no son solo cine, son memoria colectiva. Están asociadas a momentos muy concretos: tardes en casa de los abuelos, discusiones familiares sobre quién tenía el mando, cabezadas en el sofá mientras alguien insistía en que “ahora viene lo mejor”. Son películas que hemos visto a trozos, empezadas a mitad, retomadas al día siguiente, comentadas sin demasiado interés pero con una familiaridad absoluta.
Y luego está el espectáculo. Ese cine hecho a lo grande, sin ordenador, sin efectos invisibles, con miles de extras y decorados que parecían ciudades enteras levantadas para la ocasión. Hoy lo vemos con una mezcla de admiración y cierta sonrisa irónica, pero hay algo innegablemente hipnótico en esas imágenes. Todo es excesivo, sí, pero también profundamente físico, tangible. Los caballos corren de verdad, el polvo se levanta de verdad, la épica no está renderizada, está construida.

Ese exceso, que podría resultar ridículo, acaba funcionando como un refugio. Porque frente al consumo rápido y fragmentado de hoy, estas películas te obligan a detenerte, a aceptar su ritmo, a entrar en su lógica. No puedes ver Ben-Hur “mientras haces otra cosa”. O te entregas o te vas. Y en Semana Santa, curiosamente, estamos más dispuestos a entregarnos.
Pero no todo es cariño. También hay rechazo, y es legítimo. Ese momento en el que haces zapping y te invade una sensación de déjà vu televisivo casi agresivo. Ese pensamiento inevitable: “¿de verdad no hay otra cosa?”. Porque estas películas, vistas desde fuera del ritual, pueden resultar pesadas, previsibles, incluso un poco anacrónicas. Representan una forma de hacer cine que ya no existe y que, en ocasiones, cuesta digerir con la mirada actual.
Además, hay algo de imposición en todo esto. Como si alguien hubiera decidido que la Semana Santa viene con un pack cerrado: procesión, torrijas y cine bíblico. Y claro, en una época donde todo es personalizable, donde cada uno construye su propia parrilla, esa repetición puede generar una especie de rechazo instintivo.
Y sin embargo, seguimos cayendo. Porque en el fondo no vemos estas películas solo por lo que cuentan, sino por lo que activan. Nos conectan con una idea de continuidad, de tradición, de tiempo compartido. Nos recuerdan que hubo un momento en el que no elegíamos tanto, en el que ver lo que había también tenía su encanto.
En un presente donde cada semana hay diez estrenos imprescindibles, donde siempre hay algo que “no puedes perderte”, volver a lo mismo tiene algo casi liberador. No tienes que decidir, no tienes que estar al día, no tienes que demostrar nada. Solo tienes que sentarte y dejar que la historia avance, aunque ya sepas exactamente hacia dónde va.
Quizá por eso, aunque protestemos, aunque hagamos bromas, aunque juremos que este año no caeremos… siempre hay un momento en el que te quedas mirando la pantalla y piensas: “Bueno… ya que estoy, la dejo un rato más”. Y ese rato, como siempre, acaba siendo toda la película.
Porque en el fondo, Semana Santa sin Ben-Hur, sin ese exceso, sin esa repetición casi absurda, no sería exactamente Semana Santa. Sería otra cosa. Y probablemente, un poco menos nuestra.

